El equilibrio personal

Foto: jmtosses(LIcensed Uder Creative commons)

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Por Robert Sidelsky

Ante cualquier tipo de relación que establezcamos con los demás es básico encontrarnos en una situación de igualdad. Las relaciones desiguales, ya sea por superioridad o inferioridad ante los demás, son relaciones viciadas ya desde sus inicios y que están destinadas al fracaso.

Las relaciones personales deben basarse en este fundamento: todos hemos nacido exactamente iguales, con los mismos derechos y los mismos deberes. Nadie es más que nadie y si alguno se siente mejor o pero que los demás estará dando a sus relaciones con los demás unos matices realmente enfermizos.

Gay Hendriks en su libro “The ten second-miracle” afirma que hay tres posturas que toda persona siente la tentación de adoptar en sus relaciones con los demás, pero que debe evitar a toda costa.

Estas tres posturas son las denominadas: víctima, verdugo y salvador.

Según el autor, adoptar el papel de víctima es tremendamente sencillo. Es al que rápidamente acudimos cuando nos sentimos defraudados por algo, cuando nos ha sucedido algo que no nos gusta. Nos sentimos “victimas de algo: de su jefe, del mundo, de su dolor de cabeza. Además la energía que se consume representando el papel de víctima es justo la que hace falta para cambiar el rumbo de la existencia”.

Asumir que cada uno es dueño de su propia existencia, de su destino, de su vida puede ser duro al principio pero es la única manera de no caer en el victimismo de sentirnos desgraciados por culpa de algo externo: de las circunstancias, de la mala suerte o de los demás.

Para Hendriks la existencia de víctimas hace posible la existencia de la segunda postura que hay que evitar: la de verdugos.

El papel de vengador o de salvador (la tercera postura que hay que evitar) es muy similar. “El salvador es que hace muchas veces que el problema persista”

Ser excesivamente compasivos o condescendientes con los demás en los malos momentos, puede producir que esa persona se siga refugiando en su papel de victima y no le ayudemos a salir de esa situación, regocijándose en su mala suerte.

Consolar a los demás ante el dolor es bueno pero no hasta el punto de “reforzar su sensación de debilidad”.

El autor prosigue: “Mi recomendación radical es: limitemos las amistades a tres o cuatro personas que acepten tratarnos como seres responsables en nuestra vida, y tratémoslas a ellas del mismo modo”.

Debemos asumir ser responsables de nosotros mismos, de nuestra existencia. Todo aquello que evite nuestra responsabilidad sobre nuestras propias vidas nos impedirá tomar las riendas de nuestro destino.

Lo pero que, para Hendriks, tiene el victimismo es que “crea adicción”. “Una vez que se prueba, uno tiene que aumentar un poco la dosis cada día. Y para mantener este hábito hace falta tiempo y energía y rodearse de una serie de colegas de victimismo”.

Para tomar el mando, el autor recomienda dar dos pasos importantes: hacer una declaración de la toma de poder de nuestra existencia y darlo a conocer a los demás.

“Toma el teléfono y llama a tu mejor amigo y pídele que nunca más vuelva a pensar en ti como una víctima… Pídeles que cuando se te olvide te digan: despierta , tú estás al mando, si no te gusta el rumbo que están tomando las cosas, cámbialas”



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