Niños, aprender a ser autónomos

Por María Jaime

Desde el nacimiento el bebé va adquiriendo una serie de aprendizajes, propios del entorno en que se desarrolla, que van a favorecer su integración en el medio. De esta manera en distintas culturas se producen distintas respuestas ante las mismas necesidades. Estas diferencias son propias de cada lugar y costumbre, y transmitidas por los adultos de generación en generación. Son estos adultos los encargados de inculcar a estos niños ese tipo de hábitos y son ellos igualmente los que deciden cuando es adecuada la enseñanza de cada conducta particular.

El aprendizaje de cada conducta exige la adquisición de un hábito que sólo se consigue con la cotidianeidad de ese acto aprendido. De nada sirve pues para ello un acto puramente esporádico, aislado, sin haber sido previamente interiorizado.

Este tipo de conductas pretende igualmente una cierta mecanización. Masticar con la boca cerrada, dar las gracias o pedir las cosas por favor no sólo son hábitos saludables y de buena conducta social sino que de alguna manera quien lo practica no es ciertamente consciente de hacerlo sino que lo hace de manera automática.

En cada edad esos hábitos de autonomía deben ser ejecutados con una cierta corrección específica de la edad. No puede exigirse de la misma manera una práctica a un niño pequeño que a uno más mayor, puesto que este último ha debido desarrollar una mayor destreza tanto por la mayor coordinación como por la repetición continuada de esos hábitos.

Cepillarse los dientes antes de irse a dormir puede parecer una pérdida de tiempo cuando se trata de un niño pequeño que sólo tiene dos. Pero el hábito de higiene que va aprendiendo hará que cuando ya sea más mayor lo siga haciendo cada vez con mayor destreza y con los resultados esperados para su salud dental.

Podemos decir que un hábito ha sido definitivamente inculcado en un niño cuando después de retirar cualquier tipo de estimulación externa, como por ejemplo los premios y castigos, éste sigue repitiendo esos mismos hábitos con normalidad.

Los hábitos de autonomía deben servir al individuo en una doble corriente. Por un lado debe ayudarle a ser cada vez más independiente alcanzando una mayor madurez individual.

Por otro lado estos hábitos deben servirle igualmente para alcanzar también una madurez social, es decir comprender su papel dentro de su entorno, saber que dispone de unas capacidades y habilidades para actuar en sociedad.

Esta doble maduración comienza desde el momento de su nacimiento en el entorno familiar.

Dentro de esta, el niño comenzará a desarrollar su madurez personal e individual tanto en el campo del conocimiento como en lo emocional.
Así mismo, el entorno familiar es el idóneo para comenzar a desarrollar su madurez social, reconociendo los tipos de relaciones sociales existentes así como los valores de convivencia, de respeto, de igualdad, de libertad, etc…

El modelo de familia en el que el niño comienza a desenvolverse será fundamental en la concepción que más adelante tenga sobre las relaciones con sus semejantes.

Dentro de la familia el niño aprende cómo se comportan los adultos, sus padres, sus relaciones entre ellos. Si tiene hermanos mayores o pequeños, las relaciones que se establecen en el plano de igualdad, la resolución de conflictos, etc… Sus relaciones con otros adultos, abuelos, tíos, primos, amigos le darán la perspectiva adecuada para observar como cada cual tiene su sitio, su papel, un rol que asume y que desempeña con mayor o menor aceptación por parte de los demás.

No hay modelos fijos de comportamiento. Nadie sabe cómo debe portarse el padre o la madre ideales.

Más tarde todos esos esquemas y hábitos adquiridos desde la más tierna infancia serán puestos a prueba en un nuevo ámbito de actuación: la escuela.

En la escuela el niño se verá obligado a aceptar otro tipo de actuaciones, de puntos de vista y ese roce le hará moldear su personalidad. En la escuela el niño dejará de ser simplemente él para pasar a ser simplemente uno más del grupo.

Cada grupo, cada clase, cada escuela, cada sociedad humana tiene una organización y unas estructuras propias en las que cada individuo debe tratar de integrarse.

Para ello debe haber una cierta coherencia entre lo que se le trasmite dentro de esa escuela y lo que se le ha enseñado en su entrono familiar.

Generalmente los alumnos que peor se integran en una organización educativa son aquellos que ya sufren un entorno familiar problemático.

Al fomentar en el niño el desarrollo de hábitos de autonomía no debe caerse en el error de fomentar el individualismo o la competitividad sino que, por el contrario, lo más beneficioso para él será favorecer su integración en la sociedad.

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