El cuerpo como metáfora

Foto: Álvaro Canivell (Licensed Under Creative Commons)

Foto: Álvaro Canivell
(Licensed Under Creative Commons)

Por G. Leonar

Durante el acto sexual, el cuerpo de cada amante experimenta dramáticas perturbaciones. Los músculos se convulsionan rítmicamente. El aire entra y sale de los pulmones con mayor ímpetu. El sistema cardiovascular se aproxima a sus límites. Las glándulas sudoríparas y las membranas mucosas segregan líquidos. Los contornos corporales se alteran. Mensajes urgentes, hormonales y neuronales, corren por el organismo, y los circuitos de información del cuerpo se sobrecargan, por la misma razón por la que se bloquearía una central telefónica. El exceso de datos inicia un vaciamiento en los cinco sentidos y en el climax del orgasmo conduce a una especie de inconsciencia, de éxtasis: «la petite mort”.

¿Son necesarias todas estas alteraciones corporales para que Eros se exprese? No necesariamente. La persona es llamada al amor a través de la resonancia con otra. De forma que puede haber amor erótico sin que exista el más mínimo roce entre los cuerpos. Pero este contacto es importante. El poeta Abraham Cowley así lo expresaba “Cuando las almas entran en contacto existe felicidad; pero no es completa hasta que se unen también los cuerpos”

El cuerpo abre cada amante al otro, ofrece a ambos la posibilidad de recrear el mito de la creación y llegar a formar, siquiera por un instante, un organismo singular, algo nuevo en el universo. El acto de amor es un punto crítico, un momento de peligro y una oportunidad. La sobrecarga de energía e información es tan grande en ese sistema que forman los dos cuerpos, que requiere nuevas conexiones a través de! tacto, palabra o de los lazos invisibles de profunda empatía a fin de evitar que el sistema se disipe. En éste, como en otros sistemas, el ritmo cumple la función de organizador. Los verdaderos amantes se mueven sincrónicamente, irán juntos. Sus palabras y sonidos acompañan los movimientos; dos péndulos de pasión se balancean al unísono. Las violaciones o abusos de cualquier tipo son irremediablemente antieróticos, precisamente por no existir sincronía. Mas cuando el ardiente ritmo del amor corporal pulsa acorde, pueden ocurrir maravillas.

Cuando en un sistema se dan perturbaciones dramáticas, se produce una transformación. El acto de amor, el cuerpo nos proporciona una apertura nueva al universo físico, y la fusión de los dos cuerpos nos abre a un estado más elevado.

El cuerpo como metáfora
Lejos de oponerse a la voluntad de la mente y del espíritu, el cuerpo responde con asombrosa fidelidad. El cuerpo de una persona —no necesariamente su apariencia externa, sino el modo en que se sostiene y es utilizado— ofrece una clara representación de su forma de vida.

Estos conceptos pueden parecer tan obvios que no precisen explicación, pero en nuestra cultura, en la que hemos sido programados para creer que el cuerpo es algo separado y opuesto a la mente y al espíritu, lo obvio es difícil de comprender. Estilos de vida una práctica denominada “entrenamiento energético” que proviene del aikido (arte marcial no agresiva). Uno de los principios es que el cuerpo puede servir como metáfora de cualquier otra forma de vida. Con todo, es común que en la primera sesión, tras sólo dos o tres horas, no se entiendan aún las relaciones que existen entre la rigidez con que sostenemos un brazo y el haber recibido una educación rígida o ser rígido en ideas. La resistencia a comprender persiste a pesar de la abundante bibliografía sobre el lenguaje corporal y a pesar de las metáforas que involucran al cuerpo en el lenguaje cotidiano: “tengo el corazón destrozado”, “lleva una carga sobre los hombros”, “anda con pies de plomo”, “no podía sacármelo de encima”, “es un cara dura”, etc.

Con un breve apretón de manos podemos captar un montón de información sobre la forma de vida y relaciones de quien lo da. Bastan pocos minutos de baile para intuir cómo sería hacer el amor con la otra persona. De acuerdo con un estudio reciente de la Penitenciaría Estatal de Nueva Jersey, los atracadores eligen a sus víctimas por su forma de caminar. Los mensajes corporales son profundos y siempre confiamos en ellos, aunque sólo sea a nivel subconsciente. Pero por culpa del dualismo mente-cuerpo que tenemos interiorizado, a veces no creemos en estos mensajes o evitamos darnos cuenta de su existencia.

La metáfora es la forma de utilizar algo no demasiado claro. Pero la metáfora no es sólo un recurso poético. Si pudiéramos retroceder lo suficiente por la senda de la etimología, como nos dicen los lingüistas, descubriríamos que el lenguaje es una red tejida hilo a hilo, que entrelaza una cosa con otra y ésta con la anterior. Cada palabra contiene su metáfora oculta que alguna vez tuvo que ver probablemente con el cuerpo y sus funciones. Muchas de ellas quizá provengan de gruñidos y gritos.

La metáfora es conexión y también transformación. Podemos observarlo en la doctrina cristiana de la transustanciación. El pan y el vino no sólo representan el cuerpo y sangre de Cristo: se convierten en éste. Pan y vino son cuerpo y sangre. Lo que está velado en el discurso se revela en la poesía.

El desprecio religioso y filosófico del cuerpo constituye una herejía fundamental de Occidente. En nuestro afán por dominar el mundo a través de la abstracción y la generalización, los occidentales parecemos haber olvidado que todo lenguaje y pensamiento, incluso las abstracciones hechas a la ligera, tienen su génesis en el cuerpo. En este intento de descorporeizar la vida, las enfermedades se presentan como algo que poco a nada tiene que ver con las personas. De igual forma, el sexo parece ser asunto de profesionales, algo sobre lo que se debe discutir desde afuera.

En la actualidad, esta actitud sobre el cuerpo está sufriendo modificaciones. Millares de personas que vuelven a “habitar” su cuerpo redescubren una antigua verdad: lo mucho que éste puede decirles. Cuando recupero mi cuerpo y tomo conciencia de mí estabilidad e inestabilidad, obtengo un conocimiento de primera mano sobre todos los equilibrios y desequilibrios de cosas, acontecimientos e ideas. Cuando pago el precio de la rigidez de mi cuerpo, descubro ese mismo precio en el mundo. A partir de este aprendizaje corporal puedo experimentar la verdadera flexibilidad, que engendra energía e inhibe violencia.

La metáfora corporal es aún más patente en el terreno de Eros. Las curvas y planicies del cuerpo representan las curvas y planicies del mundo. El verdadero amante es un explorador y todo acto de amor verdadero es una exploración. La forma y la función son metáforas: el pecho femenino no sólo está relacionado con la maternidad sino también con la generosidad de la naturaleza. Y en la pelvis, masculina y femenina, vemos el poder fundamental y rítmico de toda gestación.

¿Las palabras enmarcan o simplemente reflejan el mundo? ¿Es el pene una vara, una herramienta, un vengador, o más bien una torre, un tótem, un dios? Podemos elegir. El lenguaje crea realidad que a su vez crea lenguaje. ¿Es la vagina una caja, una bolsa, o un torbellino de misterios, un pasaje hacia un verano eterno? Elijamos otra vez: la experiencia crea palabras que crean experiencias. ¿Es toda erección una insurrección de la carne (como lo hubiera sido para San Agustín) o más bien un símbolo de creación? La verdad se sostiene en palabras, pero brota de fuentes más profundas.

¿Experimentas sensaciones eróticas en todo tu cuerpo o sólo en tus genitales? La pregunta está lejos de ser trivial. Según Freud, “genitalidad” u “organización genital” es “una tiranía bien organizada de una parte del cuerpo sobre el resto”. Es la manifestación corporal de lo que llamamos sexo. Norman O. Brown da un paso más allá al comparar la genitalidad con la monarquía o cualquier tipo de organización jerárquica. “El pene como cabeza del cuerpo —dice Brown— es el equivalente erótico de la cabeza misma como cabeza del cuerpo”. Desde este punto de vista, genitales y cerebro son esencialmente lo mismo: tiranos. Alguien que sufre esta tiranía en su cuerpo está preparado para tolerar o imponer una tiranía similar en el mundo. El erotismo corporal total inspira, en cambio, relaciones fundadas en la colaboración, un gobierno empalico.

Cuando me uno a tu cuerpo, participo de toda esta unión. Uno todo lo mío con todo lo tuyo. Tu cuerpo no es un objeto ni el mío un instrumento. Nos unimos con plena consciencia y responsabilidad, con el deseo de tolerar los tiempos de separación y espera, las aproximaciones equivocadas, los juegos inintencionados, las tonterías, vulnerabilidades, esfuerzos y entregas. En esta unión hay éxtasis y también tristeza (pues no puede durar eternamente) y también transformación: la creación de una nueva totalidad mayor que la suma de sus partes, una apertura a misterios más profundos.

No podemos negar el misterio. Desmitificar lo erótico no es sólo trivializarlo, sino también falsificarlo. Tomemos como ejemplo la metáfora que se desprende de cubrir y descubrir el cuerpo. Los nudistas tienen razón al considerar su práctica como algo no sexual. Soy un veterano en la práctica del nudismo mixto en baños turcos, y finalmente llegué a la conclusión de que esta actividad es por lo general antierótíca y en realidad una ligera perversión del potencial erótico. Espero que me perdonen mis compañeros de baños. Según los ideólogos, la desnudez pública es natural y liberadora. En realidad no lo es. La desnudez no erótica en grupos mixtos es poco natural, pues son pocas las culturas, incluso las más primitivas, en las que no se usa ningún tipo de vestimenta. Cubrir el cuerpo no supone sólo un adorno o una protección, sino una metáfora del misterio de la creación. Desnudarse es descubrirse y revelar el cuerpo tiene que ver con una total revelación. Reservar la desnudez completa para el encuentro erótico personal realza tanto al desnudo como al erotismo.

Últimamente, hileras e hileras de cuerpos desnudos niegan ese misterio y no hacen otra cosa que despersonalizarse. En la masa, los cuerpos se tornan abstractos y generalizables. Las diferencias son meramente anatómicas.

Una vez me encontraba en un baño turco cuando llegó una hermosa mujer llevando sólo un collar de perlas. El efecto fue electrizante y erótico. Creo que prefiero baños donde una ligera excitación es reconocida como natural, donde se puede mirar abiertamente otros cuerpos, en lugar de tener que alejar la vista tras echar un rápido vistazo sobre las zonas genitales. Estos destellos encubiertos, esas pequeñas excitaciones, mantienen la mentira que acompaña todos los intentos de trivializar y desmitificar lo erótico. La verdad mítica sobrevive a la mentira, y el viejo mito de descubrirse, de desnudarse eróticamente, renace una y otra vez al vestir y desnudar el cuerpo: carne y sangre son metáforas de todo misterio.

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