El control de la relación (Primera Parte)

Un artículo clásico de Jay Haley

Cuando una persona comunica un mensaje a otra, realiza con este acto una maniobra para definir la relación. Mediante lo que dice y la forma en que lo dice está indicando: «éste es el tipo de relación que hemos de mantener entre nosotros». La otra persona se encuentra así con el problema de aceptar o rechazar esta maniobra. Le cabe la posibilidad de dar validez al mensaje, aceptando así la definición de relación del otro, o responder con una maniobra propia para definirla de distinto modo. También puede aceptar la maniobra de su interlocutor, pero calificando esta aceptación con un mensaje que indica que le concede al otro continuar con su maniobra.

En cualquier intercambio entre dos personas, éstas no sólo se tienen que ocupar del tipo de conducta que ha de caracterizar su relación, sino también de cómo se ha de calificar o etiquetar esta conducta. Una joven puede protestar en el caso de que el hombre que la acompaña la coja por la cintura, pero no obrará así si primeramente le ha invitado a que lo hiciera. Si la iniciativa es suya, es ella quien controla el tipo de conducta que han de seguir y, por lo tanto, quien define la relación. Si es el joven quien inicia espontáneamente este mensaje, ella tiene que aceptarlo, dejando así a cargo de él la definición de la relación, o rechazarlo, reservándose de este modo para sí dicha tarea. También puede aceptarlo y dejar a la vez en claro que le permite hacerlo. Subrayando así que el mensaje de él es permitido por ella, mantiene el control del tipo de relación que existe entre ellos.

En el encuentro entre dos personas ambas se enfrentan con dos problemas: a) ¿qué mensajes o tipos de conducta han de caracterizar su relación? y b) ¿quién ha de controlar lo que ocurra en esta relación y, por lo tanto, la definición de la misma? Nuestra hipótesis es que la naturaleza de la comunicación humana plantea siempre estos problemas y que las relaciones interpersonales pueden clasificarse según las distintas formas de enfocarlos o resolverlos.

Nadie puede evitar verse envuelto en la competición con otra persona por la definición de la relación con ella. Todo el mundo está constantemente ocupado en definir sus relaciones o contrarrestar la definición de los demás. Cuando una persona habla, está señalando inevitablemente qué tipo de relación tiene con la otra. Con lo que dice, indica: «éste es el tipo de relación en que digo esto». Quien permanece callado indica también el tipo de relación con el otro, ya que al no hablar está calificando la conducta de éste. Así como no es posible dejar de calificar un mensaje, tampoco se puede dejar de indicar cuál es el tipo de conducta que ha de prevalecer en la relación. Si una persona desea evitar la definición de su relación con otra y habla por ello tan sólo del tiempo, da a entender inevitablemente que el tipo de comunicación entre ellos ha de ser neutral, lo que define la relación.

Una regla básica de la teoría de la comunicación demuestra que nadie escapa a la necesidad de definir su relación con el otro o intentar el control de la misma. De acuerdo con esta regla, ningún mensaje es simplemente informativo, sino que todos influyen o mandan. Una frase como «hoy me encuentro mal» no es tan sólo la descripción del estado interno de quien la dice, sino que significa también «ayúdame», «trátame como una persona enferma» o algo semejante. Todo mensaje de una persona a otra tiende a definir el tipo de intercambio que ha de establecerse entre ellas. Incluso cuando alguien intenta quedarse callado para no influir en su interlocutor, su silencio se convierte en un factor que influye en el intercambio. Es imposible que nadie renuncie completamente en favor del otro a toda iniciativa sobre el tipo de conducta que han de mantener en su relación. En cuanto indica que quiere hacerlo así, está ya controlando cuál tiene que ser el tipo de relación: uno en el que ha de ser el otro quien escoja la conducta a seguir. El paciente puede, por ejemplo, decir al psicoterapeuta: «Soy incapaz de decidir nada por mí mismo; deberá usted decirme lo que he de hacer». Al manifestarse así, le está pidiendo que se haga cargo de la conducta a seguir en la relación entre ellos y, por lo tanto, que sea él quien controle el tipo de relación que han de mantener. Pero en cuanto el paciente solicita al terapeuta que le diga qué ha de hacer, ya le está señalando también lo que, como terapeuta, tiene que hacer. Esta paradoja es posible porque la comunicación se establece siempre en dos niveles: a) «dígame lo que he de hacer», y b) «obedezca mi orden y dígame lo que he de hacer». En cuanto alguien no quiere controlar la definición de relación, controla necesariamente —a un nivel más general— el tipo de relación que se establece, puesto que decide que sea una relación de la que él no tenga el control.

Hay que destacar aquí que no utilizamos la palabra control en el sentido de controlar a la otra persona como si se tratara de un robot. Nos referimos a la lucha por el control de la definición de relación con otro, más que a la lucha por controlar a éste. En la relación que mantienen dos personas, ambas elaboran conjuntamente el tipo de relación al indicar la clase de conducta que han de observar entre ellas. Comportándose de determinada forma, definen la relación calificándola con su conducta. Una persona puede mostrar una conducta desvalida y controlar las características de la relación, como también puede conseguir este control actuando autoritariamente. El manifestarse desvalido influye sobre el otro tanto o más que el comportamiento autoritario. La persona desvalida puede conseguir los cuidados de otra y, en cierto modo, depender de ella, pero actuando así define el tipo de relación al reservarse para sí el papel de ser cuidado.

Cuando la relación entre dos personas se estabiliza, ambas han llegado a un acuerdo mutuo sobre el tipo de conducta que han de seguir. Más que un pacto abierto, se trata de un acuerdo que se establece implícitamente por medio de lo que dicen y cómo lo dicen al responderse entre sí. Para describir una determinada relación son necesarios al menos algunos términos rudimentarios que permitan diferenciar los distintos tipos que existen.

Si consideramos todos los tipos de conducta comunicativa que pueden establecerse entre dos personas, cabe clasificarlos groseramente en dos grandes grupos: en uno se incluyen las formas de conducta que definen una relación como simétrica y en el otro las que la definen como complementaria. Relación simétrica es aquella en la que se intercambia el mismo tipo de conducta entre dos individuos; uno y otro pueden indistintamente tomar la iniciativa, criticarse, aconsejarse, etc. Este tipo de relación tiende a ser competitiva: cuando uno manifiesta haber tenido éxito en alguna empresa, el otro señala que también él ha conseguido objetivos de dificultad similar. Los dos, en esta relación, acentúan su igualdad o simetría.

Relación complementaria es la que se establece cuando dos personas intercambian tipos diferentes de conducta. Una da y la otra recibe o una enseña y la otra aprende. Su conducta se complementa; una se halla en posición superior y la otra es secundaria, puesto que una ofrece ayuda y la otra la acepta, una da consejos y la otra los sigue, etc.

La simple división de las relaciones en estos dos tipos es útil para clasificar relaciones diferentes o secuencias distintas en una misma relación. La relación entre dos personas no es siempre la misma en todas las circunstancias y, generalmente, tiene también características diferentes para las distintas áreas en que puede manifestarse. Las relaciones pueden cambiar de naturaleza con rapidez, como ocurriría en el caso de dos personas que se turnaran para enseñarse distintas ramas del saber, o lentamente. Cuando un niño crece, pasa progresivamente de una relación complementaria con sus padres a otra más simétrica conforme se va haciendo adulto.

Hay ciertos tipos de mensajes que definen más la clase de relación que otros. Cuando un profesor explica la lección, el estudiante puede hacer preguntas para aclarar varios puntos y así continúan definiendo mutuamente su relación complementaria. Mas si el estudiante hace la pregunta en un tono que significa implícitamente «yo sé tanto de esto como usted», queda en duda la naturaleza de la relación. El profesor responderá tal vez de un modo que la redefina nuevamente como complementaria, pero también puede aceptar este paso del estudiante hacia la simetría. Llamaremos maniobras a este tipo de mensajes que ponen en duda la naturaleza de la relación. En el ejemplo citado, el estudiante ha efectuado una maniobra simétrica encaminada a definir su relación con el profesor como relación entre iguales. Estas maniobras sé intercambian constantemente en cualquier relación y son características de relaciones inestables en las que las dos personas buscan una definición común de su relación.

Las maniobras para definir la relación se dividen esencialmente en dos grupos: a) peticiones, órdenes o sugerencias para que la otra persona haga o diga algo o piense o sienta de tal forma, y b) comentarios sobre la conducta comunicativa del otro. En cuanto A le pide a B que haga esto o aquello, se plantea inmediatamente el problema de si el tipo de relación entre ellos permite a A hacer tal petición. El efecto de ésta sobre B dependerá también de que haya sido formulada seductora o aduladoramente o se trate de una orden ruda. B puede hacer lo que se le pide, aceptando pues la definición de relación complementaria, o negarse y maniobrar así hacia la simetría. Hay una tercera posibilidad: que obedezca, pero de modo que quede claro que tolera la orden de A mas no está de acuerdo con la definición de la relación. Si, por ejemplo, un empleado le pide a otro de igual categoría que vacíe la papelera, puede decirse que está haciendo una maniobra para definir la relación como complementaria. El gesto de sorpresa del segundo será una contramaniobra para definirla como simétrica y a él podrá responder el otro diciendo: «Bien, si usted no quiere hacerlo, no me importa hacerlo yo», con lo que da a entender que su petición no era una maniobra complementaria, sino que se trataba en realidad de algo admisible entre iguales. La duda sobre la relación, que provocó el gesto de sorpresa del empleado, surgió porque el primero empleó el tipo de mensaje al que llamamos maniobra. De la misma forma, cuando alguien hace un comentario sobre la conducta de otra persona, se plantea inmediatamente la cuestión de si el mismo es o no adecuado al tipo de relación que mantiene.

Hay que añadir una nueva complicación a este sencillo esquema relacional. En ocasiones una persona permite que la otra ponga en práctica determinada maniobra. Si A se comporta lastimeramente y mueve a B a prodigarle sus cuidados, dispone la situación de tal forma que él, que es el cuidado, se queda en posición secundaria. No obstante, puesto que ha sido A quien ha dispuesto la situación así, B está haciendo lo que le piden y A se halla pues, en cierto modo, en una situación superior. Lo mismo ocurre cuando una persona pide a otra que le trate como a un igual, lo que equivale ostensiblemente a disponer una relación simétrica en el contexto de lo que es en realidad una relación complementaria. Siempre que alguien permite a otra que defina la relación, o le fuerza a ello, está ya definiendo tal relación, en un nivel superior, como complementaria. Por lo tanto habremos de añadir a las dos clases de relación citadas (simétrica y complementaria) una tercera, que denominaremos relación metacomplementaria. La persona que establece una relación metacomplementaria con otra controla las maniobras de ésta y, por lo mismo, su modo de definir la relación entre ellas.

Puesto que todo el mundo ha de encararse con el problema de qué tipo de relaciones ha de establecer con otras personas y de quién ha de ser el que controle el tipo de relación, es de suponer que existen medios más o menos corrientes de manejar tales problemas. La psicopatología puede concebirse también como un grupo de métodos especiales para obtener el control de la relación. Estudiaremos aquí los síntomas psiquiátricos en función de las ventajas que consigue el paciente por medio de los mismos al hacer más predecible su medio social.

Segunda parte

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