No domar, sí educar

Por J. Martínez  ©

La frustración no es específica de una edad determinada; puede experimentarse desde los primeros meses de la vida y puede ser tanto más patógena cuanto más precoz. Consiste en que el niño se ve privado de las satisfacciones que él espera y necesita y que forman parte integrante de su sentimiento de plenitud o de seguridad. En cierto sentido, la ausencia total de frustración, o sea la satisfacción de cualquier clase que se da inmediatamente al niño apenas éste la solicita, la sumisión integral del medio al deseo y al capricho, son factores patógenos tan graves como la frustración excesiva. El niño mimado, exactamente como el niño mártir, aunque en una situación diametralmente opuesta, tendrá más tarde un “yo” anormal, insuficiente o perturbado, generador de una existencia desdichada.

Entre los seis y los doce años, es indispensable una cierta frustración en el sentido de que el niño debe observar la necesidad de unas reglas a su alrededor, reglas que necesita no sólo para instituir su autocontrol, sino también para constituir una idea exacta del universo legislado y determinista que le rodea y sobre el cual podrá obtener, por consiguiente, un punto de apoyo, y, por último, para afirmar su propio sentimiento de seguridad, puesto que “no puede suceder cualquier cosa”. Es también preciso que las reglas que halle en el medio familiar sean estables y resulten comprensibles o, por lo menos, que le sean explicadas.

Así planteados los principios elementales de una frustración necesaria, conviene describir los efectos de una frustración excesiva a la que tienden con demasiada frecuencia los padres, con el pretexto de “domar” al niño en la edad en que, precisamente, ellos consideran esta doma como indispensable y prometedora.

En la edad de que nos ocupamos, la frustración se acentúa, por una parte a causa de la estructura del carácter (que implica una repercusión más o menos prolongada de las impresiones) y, por otra, por la preocupación refleja, muy agudizada, acerca de la justicia y de la injusticia. La actitud punitiva de los padres intensifica el complejo de frustración, sobre todo si los castigos consisten en privaciones (del postre, de las salidas, de los juegos, de la libertad, de las caricias, etc.) o de trabajo suplementario impuesto (ampliación en casa de las sanciones recibidas en la escuela). Ocurre incluso que los castigos adoptan la forma de una humillación familiar o pública.
Todo esto contribuye en los complejos problemas que agitan al niño de esta edad, y que pesarán sobre su comportamiento del momento, como también sobre su comportamiento ulterior, en la medida en que la frustración pueda coexistir en él con un sentimiento de inferioridad o con una rabia impotente contra los padres. Al no comprender el resentimiento inconsciente del niño y al no observar sus efectos, éstos reaccionarán a su manera y ello podrá dar lugar a un círculo vicioso de violencia y de incomprensión, apto para favorecer en el niño unas imágenes fantásmicas de sus padres, imágenes que, al persistir, podrán motivar su comportamiento durante la pubertad e incluso hasta su crisis de independencia juvenil.

Bajo este aspecto, tal fenómeno es muy importante. Entre los seis y los doce años, período durante el cual los padres tienen efectivamente, o se los arrogan, todos los derechos e imponen al niño sus puntos de vista por la fuerza, en tanto que el niño edifica sus imágenes y reacciona con sentimientos que no puede expresar, por falta de libertad para ello, puedo afirmar (en función de una experiencia médico-psicológica cotidiana) que, durante dicho período, se forjan los sentimientos violentos que se manifestarán mucho más tarde, cuando las fuerzas del niño hayan aumentado, cuando de los catorce a los dieciocho años posea la superioridad fisica y se inicie entonces lo que llamo con toda propiedad la expiación de los padres.

Cuando tienen dificultades con su hijo mayor o con su hija, los padres no imaginan que están “pagando” todo lo ocurrido cuando el muchacho o la joven tenían de seis a doce años. Además, es mucho más difícil dárselo a entender, ya que, generalmente, han olvidado todo lo que sucedió en dicho período. El propio niño lo ha olvidado y no hace más que vivir sus sentimientos y expresar los mecanismos de reacción que se construyeron en aquel momento.

 

 

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