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El Verdugo

Durante la Revolución Francesa, un abogado, un médico y un ingeniero estaban sentenciados a morir. Cuando llegó el día de la ejecución, el abogado ocupaba" el primer lugar en el patíbulo sobre el que estaba colocada la guillotina. Permanecía en pie y con porte orgulloso, fiel valedor de sus principios.

«¿Con los ojos tapados o destapados?», preguntó el verdugo. El abogado, que no quería ser tildado de miedoso o de cobarde ante la muerte, mantuvo alta su cabeza y contestó: «Con los ojos destapados.» «¿Con la cabeza mirando hacia arriba o hacia abajo?», continuó preguntado el ejecutor. Y aunque ello no tenía ninguna consecuencia, el abogado respondió con orgullo: «Con la cabeza hacia arriba.»

El verdugo hizo oscilar su hacha y cortó limpiamente la cuerda que sostenía la cuchilla afilada en lo alto del cadalso. La hoja cayó velozmente en la oquedad y se frenó justo a unos pocos centímetros del cuello del abogado.

«Lo siento», dijo el verdugo. «Esta misma mañana la he inspeccionado, como siempre hago. Esto no debía haber sucedido.»

El abogado vio en ello una oportunidad, y aunque no le importaba morir por sus principios, prefería vivir. «Pienso», dijo dirigiéndose al verdugo, «que si consulta el manual del procedimiento para la ejecución por guillotina verá que hay una cláusula que dice que si la guillotina no funciona correctamente se ha de dejar al condenado en libertad».

El verdugo consultó su manual y vio que el abogado tenía razón, por lo que lo dejó marchar libre.

El médico era el siguiente en la plataforma. «¿Con los ojos tapados o destapados?», preguntó el verdugo. «Destapados», contestó el médico igual de orgulloso que el abogado. «¿Con la cabeza mirando hacia arriba o hacia abajo?», prosiguió el verdugo. «Hacia arriba», dijo el médico que continuaba altivo y desafiante.

El verdugo blandió el hacha y de un golpe seco cortó la cuerda. Una vez más la hoja de la guillotina se detuvo justo a unos centímetros del cuello del médico.

«¡No me puedo creer lo que está sucediendo!», exclamó el verdugo. «¡Dos veces seguidas! Esta mañana he examinado concienzudamente la guillotina, pero las normas son las normas, y he de cumplirlas. Como ha sucedido con el abogado, te debo perdonar la vida. Ya te puedes ir.»

El ingeniero era el tercero en subir al cadalso. El verdugo, avergonzado, inspeccionó dos veces el mecanismo de la guillotina; todo parecía correcto.

«¿Con los ojos tapados o destapados?», preguntó el verdugo al ingeniero. «Destapados», contestó éste. «¿Con la cabeza mirando hacia arriba o hacia abajo?», prosiguió el ejecutor. «Hacia arriba», dijo el ingeniero.

Por tercera vez, el verdugo se dispuso a cortar la cuerda que sostenía la hoja de la guillotina. Justo en el momento en el que blandió el hacha para proceder a la ejecución, el ingeniero gritó: «¡Deténgase! Creo que ya sé dónde está el problema.»



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