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Cierta tarde estaba un viajero atravesando un bosque, buscando algún lugar donde descansar, cuando se topó con un viejo y hermoso árbol. Sus ramas se extendían como si se tratara de unos brazos acogedores. A lo largo de su vida había acumulado conocimientos y sabiduría. Sus ramas daban una sombra que invitaba a detenerse y a descansar durante unos instantes. El viajero se acurrucó sobre las raíces que sobresalían y que le proporcionaron un confortable asiento. A través de las ramas y las hojas se perfilaba un cielo claro, y el viajero, sentado bajo el árbol, experimentó una sensación de intemporalidad y se quedó dormido.
Tras la tarde cayó la noche y él continuó sumido en el sueño hasta que repentinamente le despertó un extraño alboroto. ¿Qué podía estar pasando? Silenciosamente se puso a inspeccionar el extenso tronco del árbol. Cientos de ojos (ojos de animales) brillaban en la oscuridad. Sin hacer ruido, trepó por las ramas para conseguir ver mejor aquella rara concurrencia. Todos los animales del bosque estaban representados. Se trataba del Gran Consejo de los animales.
Por lo que oyó, parecía que el Consejo se reunía regularmente bajo ese mismo árbol para discutir aquellos asuntos que eran importantes para todos los animales del planeta. Las quejas acerca de los seres humanos y de su forma de tratar a los animales eran el asunto principal del orden del día. Los animales, uno tras otro, explicaron historias sobre cómo los hombres siempre se aprovechaban de ellos sin dar casi nunca nada a cambio.
Dijo la gallina: «Cogen mis huevos. Me pongo a incubarlos con la esperanza de tener una familia, pero mucho antes de que haya transcurrido el tiempo necesario, vienen los humanos y me los arrebatan.»
«Me consta», exclamó enfáticamente la vaca. «Imagino que por lo menos tengo la oportunidad de concebir un ternero, pero ellos se llevan a mi hijo recién nacido. Pero con esto no tienen suficiente y todavía quieren obtener un mayor provecho. También se quedan con la leche que he generado para alimentar a mi pequeño.»
«Ellos cogen mi lana», dijo la oveja. «Me paso un año entero dejándola crecer para darme calor durante los fríos meses de invierno, y justo cuando tiene la medida necesaria para abrigarme, vienen y me esquilan. Consienten dejarme aterida de frío para poderse calentar ellos.»
«Eres afortunada», exclamó un triste elefante. «Los hombres se dedican a darme caza. A mí me matan para arrancarme los colmillos y con ellos hacer teclas de piano y otros objetos de adorno.»
Como era normal, el caracol esperó a que todos acabaran de hablar para intervenir. No tenía ninguna prisa, pues sabía que le escucharían. Incluso antes de que empezara su exposición, el viajero, que permanecía en silencio observando la escena, ya quedó impresionado por la actitud del caracol. Estaba acostumbrado a ver a sus congéneres humanos librando una desesperada carrera, como si la vida dependiera del siguiente documento que tenían que examinar en su mesa de trabajo, o saltándose un semáforo en rojo para ganar diez segundos de tiempo.
Y pensó que, con suma facilidad, la vida se hace agitada y ajetreada, lo que propicia que el tiempo se emplee en hacer cosas en lugar de vivir la existencia. Damos prioridad a las cosas que creemos que necesitamos, i expensas de lo que realmente deseamos hacer. Alargamos más y más nuestra jornada laboral, y cada vez dedicamos menos tiempo a cultivarnos y a nuestro cuidado personal.
Los comentarios de los animales habían causado una honda sensación en el viajero. Sabía que lo que habían dicho era cierto. Sabía también que la sabiduría era algo más que el conocimiento de las cosas. La información intelectual no necesariamente es suficiente para cambiar lo que sucede. La sola constancia de que se prioriza el trabajo sobre la propia persona o la familia no propicia un cambio de actitud. Ser conscientes del estrés que provoca un atasco en el tráfico no basta para que nos sintamos más relajados, incluso aunque estimemos que ello constituye una necesidad ineludible. La sabiduría es la suma del conocimiento y de la acción, consiste en aprender las cosas y en llevar a la práctica esos aprendizajes, en ser capaz de utilizar el conocimiento de una forma útil y beneficiosa.
El viajero tuvo oportunidad de reflexionar extensamente sobre todos estos aspectos mientras el caracol, de manera pausada, comenzaba su intervención. Cuando empezó a hablar, lo hizo de forma tranquila y con parsimonia. «Yo poseo algo que todos los seres humanos desean. Tengo algo que me arrebatarían si pudieran. Afortunadamente no me lo pueden arrebatar. Poseo la capacidad de disfrutar el tiempo. La ironía es que no se imaginan que ellos podrían disfrutar también de ese mismo don.»
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