Ricardo Ros - Como saber que me ama
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Dulce y amarga miel

Un domingo por la mañana, a la esposa le despertó el aroma de un café recién hecho y de unos croissants recién salidos del horno. Unos minutos después su marido apareció por la puerta del dormitorio portando una bandeja de desayuno. Antes incluso de que él tuviera la oportunidad de desearle los buenos días, e!la empezó a hablar.

«No hay nada tan dulce como la miel de tus croissants por la mañana. ¿Alguna vez
te has dado cuenta de cuántos tipos diferentes de miel hay? Cada miel, como cada
vino, tiene unas características propias únicas. La miel ha sido valorada durante gene-
raciones por muchas culturas. Los recolectores arriesgan sus vidas escalando las pare-
des de los acantilados y trepando a elevados árboles para conseguir miel silvestre. La
miel es apreciada por su valor curativo. Cuando alguien obtiene un éxito decimos
que saborea las mieles del triunfo. Sin ninguna duda la miel es lo que prefiero para
untar en mis desayunos.»

Su sorprendido marido le preguntó: «¿Qué significa todo esto? ¿Por qué te muestras tan lírica con la miel?*»

Su esposa, ignorándolo, continuó: «Por otra parte, la miel no es saludable. ¿Has pensado en alguna ocasión en todos los sucios insectos que se posan sobre ella, arras-
trando por encima de su superficie sus cuerpos, elaborándola en condiciones antihigiénicas y almacenándola en algún tronco remoro? Las abejas nunca han oído hablar de LOUÍS Pasteur.

»Además, un exceso de miel es malo para el nivel de azúcar en sangre. Aparte de todas las impurezas que contiene, la miel en sí misma puede causar problemas de salud.
¿Y cómo se sabe que se ha consumido en exceso? ¿Cómo se conoce el propio nivel de
tolerancia? No, pensándolo bien, detesto la miel.»

El marido quedó desconcertado por este monólogo. Pensaba que le iba a dar a su
esposa una romántica sorpresa al llevarle el desayuno a la cama. Estaba sorprendido
por los enfáticos y contradictorios comentarios de su mujer. «Espera un momento»,
le dijo. «¿Cómo puedes mantener simultáneamente dos opiniones tan contradictorias
sobre el mismo obieto?»

«No lo hago», replicó la esposa. «Tengo la posibilidad de escoger aquella opinión
que quiero mantener y todo depende de si tenemos o no miel en la despensa.»



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