Convivencia

Por B.H.

Lo primero de todo es conocerse. Intentar conocerse, saber cómo es uno mismo de verdad. Cada uno tiene —normalmente— una halagadora impresión de si mismo: se cree bueno, justo, equilibrado, encantador. Siempre tiene la impresión de que los equivocados, los “malos”, son los otros, Suele ser alarmante y un poco tontorrona la buena idea que tenemos de nosotros mismos. ¡Qué escasa capacidad de autoanálisis!

Primer mandamiento: conocerse

Porque el más perfecto de nosotros es un ser imperfecto. Todos andamos cargados, más o menos cargados, pero… “cargados” de defectos psicológicos y morales, de condicionamientos y fragilidades. También llevamos todos —¡faltaria más!— otra suave carga de virtudes, posibilidades y esperanzas. Somos una mezcla de blanco y negro, de sí y de no. Todo ello ha de ser tenido en cuenta a la hora de proyectar la convivencia o de realizarla. A la hora de enderezarla, si amenaza con venirse a bajo, a base de fortalecerla. Porque siempre, siempre, puede ser mejorada. Si no empezamos por conocernos bien y porque no duelan prendas reconociendo nuestros fallos, es imposible que nuestros “retratos corporales” salgan medianamente armoniosos y con posibilidades de éxito. Es muy fácil saber si uno es blanco o negro, culto o analfabeto, gordo o flaco… Incluso es fácil reconocer si se es nervioso o tranquilo, activo o apático. Lo que ya no resulta tan fácil es tener las agallas suficientes para decir, por ejemplo, “pues sí, soy un tipo suspicaz y acomplejado, dominador y algo cargante; no resulta fácil vivir conmigo”.

Y no vale conocerse y reconocerse, saber confesar las propias limitaciones en un momento fugaz de sinceridad o de alta tensión emocional. El “reconocimiento” ha de ser “normal”, práctico, vigilante y… consecuente. El mundo está lleno de gente que se “reconoce” tal o cual y parece presumir de ello, de sus defectos; los esgrime como carnet de identidad. “Conocerse” para “cambiar”. Lo demás es bla-blabla…

Segundo: conocer al otro

Como parece que la tendencia natural es creernos perfectos y cargar todas las culpas al otro, hay que hacer un esfuerzo contrario: ser implacable en el “retrato” de uno mismo y tratar de “comprender” los defectos ajenos. Es un buen sistema. Muy difícil, pero bueno. Hace falta la vida entera para ir aproximándose a esa utopía; no es cuestión de una semana.

Entonces, ¿hay que hacerse “los ciegos” ante los defectos ajenos? No, no hay que hacerse los ciegos. Basta con mirar bien, con profundizar lo más posible en la mirada. Exactamente lo contrario de hacerse los ciegos. Si cuando tratamos de analizar al “otro” nos quedamos en la superficie, nos conformarnos con ver las apariencias sin calar en las raíces, nos quedaremos en ayunas. Veremos lo que ve cualquiera en una fugaz mirada de paso. No basta descubrir que el “otro” tiene mal genio o que es suspicaz o que es un engreído o un ingenuo. Eso lo ve cualquiera. Hace falta preguntarse y saber responderse por qué es así. Todo tiene una raíz y sólo las raíces de los comportamientos humanos ayudan a comprender a los hombres. Ayudan a mirarlos con más ternura y menor rigor judicial.

A todos nos va mucho el papel de jueces, que consiste en descubrir unos hechos y aplicar la ley. ¡Y ya está! Pues no está: hay que descubrir hechos, buscar raíces, analizarlas y… echar una mano sin que esa “mano” tenga que pasar por la condena y el rechazo. Es posible que nadie cambie del todo, pero todo el mundo puede suavizarse, evolucionar, limar aristas, hacerse menos intratable, más conviviente. Y cuando eso no ocurra, quizá nos encontramos ante la patología, y ese sí que es otro cantar…

Además, ¿hasta qué punto no es verdad que cada uno de nosotros influimos en el comportamiento del “otro”? ¿Hasta qué punto no hago yo más irascible al que ya lo es de por sí y puedo, por tanto, lograr que lo sea menos? Porque no se trata de dar la vuelta a la gente como si fuese un calcetín, sino de “suavizar”, “mejorar”, “retocar”…

No somos únicamente responsables de nosotros mismos, también lo somos del “otro”. “Yo soy responsable de mi rosa…”, se repetía el principito.

Uno más uno… uno y medio

La vieja y escolástica definición de persona decía que “la persona es incomunicable”. Ser persona quiere decir, entre otras cosas, ese recinto amurallado que nadie puede saltar. Jamás dos personas podrán ser una sola, fundirse del todo. Lo sabemos. Pero pueden acercarse mucho y unirse hasta hacerse casi “una”. Casi. Vamos a dejarlo en una y media. El retrato conyugal es el de esa “persona y media” que casi es una sola. Nada compete a una sola parte y todo afecta a los dos. Por eso no valen los retratos separados, los análisis aislados. La pareja forma un conjunto que nuestros chicos pueden estudiar en las nuevas fórmulas matemáticas. La secreta corriente psicológica, casi física, que recorre la pareja en emocional simbiosis y termina por configurar incluso similitudes físicas no es más que una realidad constante y sonante de cada día. Tan real como misteriosa.

Por eso las virtudes y defectos de cada cual se contagian al otro, y lo mismo puede resultar una triste amalgama de neuróticas hilachas que un gozoso conjunto de valores.

El cónyuge equilibrado y sano puede curar los desequilibrios del otro si se da a sí mismo lugar y tiempo. Si, ya sé que también puede ocurrir al revés, y una persona sana y recta puede salir de la experiencia traumatizada por los desniveles insoportables del “otro”. Todo son posibilidades. Por eso la experiencia de la pareja es una colosal aventura. Esa aventura cuyas consecuencias van a disfrutar o a sufrir los hijos en segundo lugar.

 

Anorexicas y bulimicas


Ricardo Ros – Anoréxicas y bulímicas, Cómo cambiar la autoimagen

Cómo cambiar la autoimagen. Es un libro para los padres y otro para las hijas. Las personas tienen una autoimagen distorsionada, del cuerpo en general o de alguna de sus partes. Ven su autoimagen diferente a la realidad. También tienen sentimientos y emociones en relación con el cuerpo en general o sobre alguna parte de su cuerpo, así como la satisfacción del cuerpo o comportamientos relacionados con la apariencia. Es decir, las personas con anorexia y bulimia cambian las percepciones y pensamientos, sus creencias sobre el cuerpo y su propia experiencia corporal, haciendo autoafirmaciones internas, diálogos internos, en relación con su propio cuerpo distorsionado. En la autoimagen mental de estas personas hay una diferencia entre la realidad corporal y su propia percepción de su cuerpo. La anorexia y la bulimia están basadas en una autoimagen mental distorsionada, pero también en pensamientos, sentimientos y conductas sobre su propio cuerpo y su experiencia corporal junto con temas culturales y sociales

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