Desencadenantes

Foto: Holding(LCC)

Por Ignacio María García

Existen tantos estímulos que automáticamente desencadenan respuestas en nuestro comportamiento que sería interminable su enumeración.

Siempre suelo poner el despertador a las siete en punto dela mañana. Sin embargo, hoy era domingo y me he despertado automáticamente a la misma hora. Incluso la mayoría de los días me suelo despertar automáticamente a esa misma hora, sin necesidad de oírlo. Mi organismo reacciona automáticamente ya sin necesidad del estímulo.

En estos momentos en los que estoy escribiendo este artículo y estoy al mismo tiempo saboreando una exquisita taza de café, acuden a mi mente (como en la canción de Gardel) aquellos momentos felices en los que nos conocimos.

Se puede decir que fue Proust el gran descubridor de los desencadenantes.

Proust fue el primero, si no me equivoco, que describió el enorme poder evocador de determinados estímulos en nuestra manera de pensar y en nuestro comportamiento, cuando en sus narraciones nos describió el tremendo efecto sugestivo del sabor de las magdalenas.

Existen miles de desencadenantes en nuestras vidas pero su existencia es para nosotros mismos invisible.

Los desencadenantes son para cada uno de nosotros algo normal, automático, inconsciente, puesto que si dejara de serlo dejaría de ser un desencadenante.

Siempre me ha llamado la atención cómo cuando alguien va a al cine a ver una comedia, la gente ya está de buen humor hasta cuando espera su turno para comprar la entrada en la taquilla. Mucha gente comienza ya a reír incontroladamente antes incluso de que comience la película.

Lo mismo sucede con otro tipo de películas.

En las dramáticas el público va predispuesto a llorar y en las de acción a subirse por encima de los asientos mientras el Séptimo de Caballería carga contra los Sioux.

Solemos decir que la gente ya va predispuesta a experimentar determinadas emociones. Son desencadenantes.

En el magnífico libro “Thought viruses” (Elimina los virus mentales), Donald Lofland nos habla de los desencadenantes, de los virus desencadenantes, de sus ventajas y de sus peligros.

Para Lofland, los desencadenantes tienen la ventaja de actuar en muchas ocasiones como verdaderos “prejuicios automáticos”.

Favorecen de esta manera una respuesta rápida ante una situación de emergencia.

Lofland nos aporta el ejemplo de él mismo, cuando era un niño. Metió los dedos en un enchufe con sus previsibles consecuencias: “Como podéis suponer, jamás repetí el experimento”.

Lofland nos habla también de sus peligros. Ante un mismo estímulo, esperamos la misma respuesta. Siempre se ha dicho que el gato escaldado del agua fría huye.

En muchas ocasiones esos mismos desencadenantes nos hacen un flaco servicio.

Este mismo autor nos dice que “los virus desencadenantes son el resultado de una asociación errónea entre un estímulo externo y un estado emocional”.

“El problema es que la mayoría de las personas viven emociones que se disparan al azar… Somos como pelotas emocionales que rebotan al azar, de un lado al otro.”

Los Juegos Olímpicos o los certámenes de mises son una prueba de ello. Los vencedores “lloran de alegría”.

Algunos personajes de la ópera “ríen de tristeza”

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia
Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
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– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.


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