Dejarlo para después

Foto: James Morley(LIcensed Under Creative Commons)

Foto: James Morley(LIcensed Under Creative Commons)

Por Erika Boeck

La contradicción continua en la que vivimos todos los seres humanos nos lleva a desear continuamente cosas que luego no estamos dispuestos a llevar a cabo. Son muchos los ejemplos de buenas intenciones en los que nos prometemos cambiar de vida para sentirnos más felices, dejar de fumar, comer menos grasas, no beber alcohol o hacer más ejercicio y a las primeras de cambio nos dejamos vencer o emprendemos el camino justo para no conseguirlo.

¿Si realmente queremos algo por qué nos resulta tan difícil llevarlo a cabo?

Si necesitamos algo para sentirnos mejor y más felices no tiene sentido el aplazar su consecución indefinidamente.

Dejar las cosas para después, aplazar las decisiones, es posiblemente la mejor forma para no conseguir nada en esta vida. Sin embargo cuando al final conseguimos poner en marcha alguno de nuestros planes y vemos nuestros objetivos cumplidos nos sentimos realmente satisfechos con nosotros mismos.

Sabiendo la satisfacción que nos produce planear algo en nuestras vidas y cumplirlo ¿por qué nos resulta tan difícil ponernos en marcha?

El defecto de dejarlo todo para más adelante afecta por igual a cualquier tipo de persona, hombre o mujer, de cualquier nivel económico, social o cultural, de cualquier país y de cualquier religión.

Dejamos para última hora el hacer las compras que necesitamos, hacer la comida, acabar el trabajo, estudiar para un examen, entregar los papeles para solicitar una beca o hacer las aportaciones para el plan de pensiones. Llegamos al banco cuando ya está cerrado, a la tienda de la esquina cuando ya están barriendo y echamos la carta en el buzón cuando ya es imposible que llegue a tiempo.

Este tipo de dilación es especialmente grave cuando se trata de nuestra salud.

Sabemos que debemos ir todos los años al dentista pero solo vamos cuando nos duelen las muelas.

Incluso hay muchos casos de personas que con síntomas evidentes de enfermedades atrasan la decisión de ir al hospital hasta que ya es irremediable.

Cuando la dilación se convierte en una forma de vida afecta a todos los aspectos de nuestra vida, a nuestro trabajo, a nuestras relaciones personales y sociales, a nuestra economía, a nuestra salud, y puede, además, llegar a ser el origen de ansiedad y de depresión.

El sentimiento de culpa es el compañero inseparable del “tardón” por que nunca consigue hacer las cosas bien, realmente bien. Dejarlo todo para el último momento es condenar el éxito de cualquier actividad.

Si hacemos las cosas con anticipación podemos rectificar, corregir, ajustar, puntualizar, ser, en resumen, más perfeccionistas, más brillantes.

Si todo lo dejamos para el último momento es muy fácil que todo salga mal y que no haya tiempo para arreglarlo, y aunque salga bien nunca esté terminado con la suficiente perfección. El acabado será corriente, vulgar.

Sin embargo, hay mucha gente que necesita sentir como los plazos para terminar las cosas se le acaban para sentir el suficiente impulso como para hacer las cosas.

Esperar al último instante les proporciona una necesaria descargar de adrenalina para comenzar algo, aunque sea tarde.

Esta última postura no es tan negativa como la del que ve como el tiempo se consume y piensa que no va a llegar. Esa ansiedad no solo no le estimula sino que le paraliza. ¿Para qué lo voy a empezar si ya no hay tiempo? Así ni siquiera no intento.

En general nos gusta dejar las cosas para el último momento. Dejarlo para el último instante da emoción a la vida. ¿Será suficiente? ¿Legaré a tiempo? ¿Conseguiré mi propósito a pesar de no haber puesto todo mi empeño en el asunto? La perfección nos asusta y no ser capaces de alcanzarla nos asusta todavía más.

Preferimos dejar todo para el final porque con ello nos evitamos el total compromiso con la causa o con el objetivo propuesto. Haremos simplemente lo que podamos. Nadie nos puede exigir más si el tiempo nos apremia.

Tomar las curvas con anticipación evita complicaciones y riegos, pero también le quita la emoción a la vida.

¡La mayoría de las cosas serían tan sencillas y tan fáciles si las hiciéramos bien!

¿Y qué hay de nuestra creatividad? ¡Todos somos tan creativos! Pero tenemos el defecto de que sólo nos estimulamos a base de faltarnos el tiempo para entregar nuestros trabajos.

La mayoría de la gente necesita el estímulo del reloj, del calendario, de un limite de tiempo para hacer las cosas. Sin tener un horario o una hora fijada carecemos del estímulo necesario para hacer nada.

Necesitamos esa descarga de adrenalina para emprender las cosas. Sin ella lo único que hacemos es ir posponiendo las cosas para hacerlas en el último momento.

La dilación también puede ser una forma de rebeldía. “No pienso hacerlo. No pienso cortar el césped más. No voy a hacer ese trabajo. No voy a estudiar para ese examen. No voy a presentar la declaración de la Renta.”

El resultado es que nos damos cuenta de que todas estas cosas son imprescindibles de hacer demasiado tarde y al final debemos hacerlas a regañadientes, tarde y mal.

Otro tipo de “tardón” es el perfeccionista.

Nadie quiere hacer las cosas de manera vulgar, mediocre. Todos aspiramos a ser brillantes, perfectos en todo lo que hacemos.

Algo aparentemente tan sencillo como colgar un cuadro en la pared puede llevar años para un “perfeccionista”. Nunca será el momento adecuado para hacerlo. Necesitará tener un espíritu especial, una inspiración para emprender la tarea. ¿Dónde será exactamente el mejor lugar para hacerlo? Cuando todos estos factores se hayan reunido posiblemente le falte la herramienta adecuada. En fin será mejor dejarlo para otro día antes de hacerlo mal…

El “perfeccionista” teme además el ridículo de no hacer las cosas suficientemente bien, de no estar a la altura de las circunstancias, de que los demás lo señalen con el dedo.

En realidad nadie se fija en si hacemos o no las cosas o si las hacemos bien o mal, únicamente nosotros mismos.

Nosotros somos nuestros propios jueces a veces, como en este caso tan implacables que nos llevan a la inacción.

Algunas personas dejan para después aquello que más les desagrada. Esto es normal hasta cierto punto. A nadie le gusta recoger la cocina o pasar el aspirador, pero a veces hay cosas que aunque no nos gusten hay que hacer.

Dejamos para el último momento las cosas porque no nos gustan, o porque pensamos que no lo vamos a hacer lo suficientemente bien, o porque necesitamos sentir la emoción de no llegar a tiempo o porque nos rebelamos contra nuestros deberes, pero en realidad la dilación nos ayuda en nada.

Dejarlo todo para más tarde lo único que hace es complicarnos la vida.

Démonos el placer de anticipar nuestro futuro, trazar nuestros planes y conseguir nuestros objetivos sin más problemas, con brillantez y sin más pérdidas de tiempo.

Ricardo Ros – Cómo dejar de fumar en un día


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