Cuerpo y mente. El ser humano como unidad

Foto: Domiriel(Licensed Under Creative Commons)

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Por Mario Rábal

La ciencia ha diseccionado físicamente al ser humano. Esto le ha permitido avanzar científicamente. Pero también ha dividido al ser humano en dos mitades que no se pueden separar: el cuerpo y la mente

El cerebro o, por denominarlo más técnicamente, el Sistema Nervioso Central, es la gran “torre de control” que organiza y dirige todas nuestras actividades. Sin la función armonizadora y directora de este sistema el cuerpo no podría vivir.

Aunque avances recientes en la investigación neurofisiológica nos han demostrado la existencia de zonas auditivas, motoras, sensitivas, olfativas, intelectuales, etc. el hombre aún se siente perdido ante la inmensa telaraña de fibras y conexiones que tiene el Sistema Nervioso Central. Se ha calculado que el cerebro humano posee varios billones de conexiones en su interior. Quizá esta cifra no nos diga gran cosa, pero por hacer una comparación, podríamos decir que si pudiéramos reducir a la escala cerebral todas las conexiones de la red telefónica mundial, ésta ocuparía en el cerebro el tamaño de un garbanzo (aproximadamente). Es comprensible, pues, que ni los microscopios de resolución más alta, ni los estudios más serios y meticulosos hayan resuelto el misterio del funcionamiento cerebral; y es evidente que ese misterio aún va a permanecer oculto durante muchos siglos, si es que algún día se resuelve.

La capacidad de la mente humana es inconmensurable. Evidentemente ha de tener unos límites, pero éstos aún no han sido determinados, y se puede afirmar que podríamos estar estudiando día y noche sin parar durante toda nuestra vida sin agotar por ello la capacidad intelectual del cerebro. Algunos investigadores optimistas han afirmado que Albert Einstein (por poner un ejemplo de una persona que utilizó bastante su capacidad intelectual) tan sólo había empleado un 10% de su potencial mental.

Hemos de tener en cuenta que aunque las funciones del cerebro perceptibles por nosotros son la mental e intelectual (pensar), así como la sensorial (tacto, vista, olfato, oído, etc.), éstas tan sólo representan una parte proporcionalmente pequeña en comparación con la globalidad de las funciones cerebrales. Y muchas de estas funciones cerebrales de las que hoy en día tan sólo sospechamos su existencia son imprescindibles para el mantenimiento de la vida.

La célula nerviosa es la más frágil de todo el organismo. La fragilidad de una célula está en relación inversa con su grado de especialización. Pequeños cambios en el líquido cafalorraquídeo, o pequeños traumas que en otro tejido no tendrían más importancia, pueden ser mortales si acaecen en el tejido nervioso y cerebral. Por ello, el cerebro está protegido dentro de una sólida caja ósea y aislado de la sangre mediante un filtro que selecciona la calidad del líquido cerebral, denominado barrera hematoencefálica.

El cerebro es un órgano absolutamente energético. Se ha calculado que un 40% de la energía gastada en el metabolismo basal (la energía consumida en estado de reposo absoluto), está destinada a la función cerebral y nerviosa. Un sistema que, en peso, representa mucho menos de la décima parte del cuerpo, gasta casi la mitad de la energía del cuerpo en estado de reposo.

La función del cerebro como concentrador de energía cósmica en su sentido más amplio (electromagnética, sutil, etc.) es un hecho que no se puede desdeñar, y que no es menos real porque no sea científicamente observable y cuantificable.

El hombre, una unidad

Desde las épocas más remotas, tanto los médicos, como los filósofos y humanistas han tratado de dividir al hombre para estudiar separadamente su complejísima estructura. Este comportamiento, muy humano, ha permitido el avance de las ciencias del conocimiento, ante la imposibilidad de abarcar al hombre en su totalidad; pero ha inducido, con demasiada frecuencia, a creer que lo hallado eran verdades absolutas, lo que constituye un error.

El hombre, ciertamente, es una unidad. El Sistema Nervioso es la expresión más fácilmente reconocible de la íntima conexión que existe entre los diferentes tejidos, órganos y sistemas del cuerpo. El cerebro influye en todas y cada una de las células de nuestro organismo, y a su vez éstas influyen sobre el cerebro. En personas descerebradas (médicamente, se entiende por descerebración la ausencia completa de actividad eléctrica cerebral, medible por el electroencefalograma (EEG), que presenta un trazado absolutamente plano), se ha observado que en casos especiales puede proseguir la vida durante un tiempo, pero los órganos y tejidos actúan aisladamente, sin ese factor de unidad que impone la estructura nerviosa.

Pero el hombre, como unidad inseparable, no es un hecho aislado, sino que está íntimamente relacionado con el cosmos que le rodea, con los hombres, con los animales, con las plantas y con la multitud de indelebles energías que le bañan constantemente. Esta función de relación es de dominio exclusivo de la función mental (entendemos la función mental en su sentido más amplio -biológico, mental, “espiritual”, etc.-), y es una de las primeras funciones que aparecen en la evolución de los organismos unicelulares.

Según conceptos esotéricos y filosóficos, el hombre está compuesto de materia, emociones, mente y espíritu. Por muy poco filósofos que seamos, habremos de aceptar que la comprensión del hombre no se puede lograr estudiando exclusivamente su ámbito material.

¿Enfermedades psicosomáticas?

Hace algunos años tuvo gran auge la expresión “enfermedad psicosomática”, que trataba de designar a todas aquellas enfermedades que, sin ser enfermedades propias del tejido nervioso, afectaban a órganos y sistemas diferentes, a causa de un desarreglo neural. Quedaba mucho mejor decir, “tú tienes una enfermedad psicosomática”, que decir “todo lo que tienes son nervios” o “todo son imaginaciones tuyas”. En las Facultades de Medicina se enseña que del 50 al 70% de las enfermedades observables son de tipo psicosomático. De hecho, si aceptamos la unidad del cuerpo humano, se habrá de concluir que todas las enfermedades (exceptuando los accidentes o las debidas a causas ajenas al propio organismo) son de tipo psicosomático, aunque algunas lo sean en mayor o menor grado.

“No hay enfermedades, sino enfermos”, afirmó Hipócrates, el padre de la Medicina; y aunque es innegable que existen entidades como el asma, la úlcera gástrica o la histeria; cada una de ellas se presenta de una manera diferente en uno u otro enfermo.

En Medicina se emplea mucho el término de “efecto placebo” (Se denomina “efecto placebo” al efecto positivo o negativo producido por un tratamiento que, aparentemente, no ejerce ningún efecto sobre el organismo. Este efecto está relacionado con la disposición mental del paciente hacia el tratamiento). Sobre él, el Departamento de Farmacología de una conocida Universidad española realizó un experimento interesante: dio a los enfermos ingresados unas cápsulas que no contenían ningún fármaco; momentos después, pasó una enfermera avisando a los enfermos que se habían equivocado de medicación, y que las cápsulas les podían ocasionar vómitos; al cabo de un rato, la mayoría de los enfermos tuvieron náuseas y vómitos. Este experimento, como ejemplo extremo, nos demuestra la capacidad de autosugestión y autodominio de que es capaz el ser humano. La confianza en la curación, y el deseo de que ésta se realice, así como la familiaridad y amistad con el médico, son la mejor medicación que se pueda tomar.

Al igual que la buena disposición mental es necesaria para que la curación se realice correctamente, no es menos cierto que también es importante de cara a la prevención de las enfermedades. Una máxima naturista importantísima dice: “Las enfermedades no se cogen, las construimos con nuestra forma de comer, actuar, pensar y vivir”. Si llevamos en nuestro interior la angustia, el odio, el rencor y el resentimiento, no podremos construir un cuerpo sano. La máxima cristiana de “ama al prójimo como a ti mismo”, se puede aceptar incluso desde un punto de vista egoísta, pues el amor en nuestro interior fomenta nuestra propia salud.

Según los datos antes mencionados, podemos afirmar que del 50 al 70% (como mínimo), de todos los padecimientos, pueden ser influenciados benéficamente por una actitud mental armónica y positiva.

Dieta y armonía mental
Es difícil conseguir una buena armonía mental si no se sigue una dieta correcta, y, al mismo tiempo, es prácticamente imposible que una dieta nos sea beneficiosa si no tenemos una buena disposición mental hacia ella. “No nutre lo que comemos, sino lo que digerimos”. A veces puede ser más beneficioso comer un filete a gusto que una verdura con repugnancia, aunque nutricionalmente sea mucho más saludable la verdura que el filete. Se puede llegar a constituir un círculo vicioso, ya que la alimentación inadecuada produce irritación mental, y la irritación mental produce una apatía por el cambio de los hábitos erróneos.

Es curioso que, aunque la mayoría de la gente acepta que hay alimentos que perjudican al hígado, a los riñones, al corazón o a la piel, muy pocos encuentran lógico que haya algunos que perjudiquen al buen funcionamiento cerebral. En este sentido las recomendaciones dietéticas de la medicina oficial se limitan a proscribir los estimulantes cerebrales, como el café y el alcohol (que nos resistimos a calificar de “alimentos”.

Los médicos naturistas clásicos han denunciado repetidamente la nocividad de ciertos componentes de la carne —como las ptomaínas, cadaverinas, junto a otros productos de la putrefacción— como elementos de corrupción de la sangre. No es aventurado señalar que el abuso de estos alimentos puede producir en personas sensibles abotargamientos mentales, dificultad de concentración, e incluso problemas psicológicos graves.

Elementos como el fósforo y el magnesio son indispensables para el buen funcionamiento cerebral. La grasa, principal componente del tejido nervioso, (fosfolípidos, gangliósidos, cerebrósidos, etc.) también es indispensable. Sin embargo, no es lo mismo el fósforo de una cerilla que el de la sustancia cerebral, ni es lo mismo la grasa del tejido adiposo que la presente en la masa encefálica. ¿En qué se diferencian pues? Principalmente, en la complejidad de su estructura. Todos los componentes del cuerpo humano, de los animales y las plantas, poseen una “potencia vibratoria” determinada, derivada de su estructura tridimensional específica. El calcio del sistema nervioso tiene una “potencia vibratoria” mucho mayor del que está en los huesos. Los alimentos que realmente nutren al cerebro, no sólo han de tener los elementos bioquímicos adecuados, sino que han de poseer una “potencia vibratoria” compatible con él.

La alimentación “cerebral” adecuada ha de ser rica en frutos secos (almendras, nueces, avellanas, etc.), frutas secas (ciruelas pasas, pasas de uva, orejones de melocotón, etc.), leche, sésamo y aguacates. Sin embargo, se ha de tener en cuenta que ha de ser una alimentación rica y equilibrada en su globalidad. Una dieta no ha de alimentar sólo al cerebro, sino que ha de alimentar al hombre en su totalidad. Los alimentos citados son especialmente adecuados en los niños, pues en ellos la formación del tejido nervioso es de primordial importancia.

 


10 Herzios

Cuando el cerebro se sitúa en 10 Herzios (nos quedamos dormidos en 7 Herzios), nuestra mente está dispuesta para la relajación, para la concentración. Es la frecuencia también del aprendizaje acelerado, ya que memorizamos con más facilidad y recordamos mejor.

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