Contenidos mentales

Foto: jhan(LCC)

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Por R.Grosman

¿A qué llamaremos los «significados» expresados por palabras y proposiciones? Las proposiciones expresan pensamientos. Pero esto no es bastante preciso. Ciertas proposiciones no expresan pensamientos, sino percepciones o creencias. Como la distinción entre lo que una expresión representa y lo que expresa no es, ni mucho menos, nueva, disponemos al efecto de varios términos tradicionales.

Por ejemplo, se ha dicho que palabras y proposiciones expresan conceptos y juicios respectivamente. Otros investigadores piensan tales significados como imágenes internas o palabras interiores. Otros utilizan el término “noción”. Pero ninguno de estos términos parece bastante adecuado para nuestro propósito. Conceptos y juicios, por ejemplo, se consideran a menudo como entidades objetivas, no-mentales, mientras que los «significados» que nosotros deseamos discutir son, según esa poco rigurosa dicotomía, cosas mentales. Objeciones semejantes pueden aplicarse a otras alternativas terminológicas. Además, hay que contar también con el hecho de que los «significados», tal como aquí los entendemos, han sido discutidos muy extensamente por Twardowski, Meinong y Husserl. Sería deseable, en consecuencia, que nuestra elección de terminología expresase cierta continuidad de pensamiento filosófico. Seguiré, por lo tanto, a Twardowski y Meinong y diré que los «significados» que hemos de estudiar son contenidos de actos mentales.

Al decir que los «significados» son contenidos de actos mentales, tal como lo entienden, por ejemplo, Twardowski y Meinong, manifiesto una coincidencia esencial con estos filósofos en cuanto a la naturaleza de los «significados». Hay, sin embargo, tres aspectos importantes en los que mi opinión difiere de la suya.

Primero. Para Twardowski las cosas complejas han de analizarse en ciertas clases de partes. Ese particular análisis ontológico está completamente generalizado entre los discípulos de Brentano. Como podría esperarse, lo aplican también a los actos mentales. Un acto mental, mantienen, es un tono que tiene dos partes características. Una de ellas es responsable de las diferencias cualitativas entre las diferentes clases de actos mentales. Los actos de creer, por ejemplo, se distinguen de otras clases de actos por el hecho de que aquéllos participan de una y la misma parte cualitativa. La otra parte de todo acto mental, su contenido, determina el objeto específico al que se dirige intencionalmente el acto. A diferentes intenciones de actos mentales corresponden así diferentes contenidos en los actos. Ahora bien, aun cuando nosotros estamos de acuerdo con la opinión general de que todo acto mental tiene una cualidad y un contenido, debemos presentar un diferente análisis ontológico de ese hecho. Es cierto que un acto mental es una cosa compleja. Pero esa cosa compleja no consta de partes en el sentido en que esos discípulos de Brentano piensan los todos y las partes. Consiste más bien en un particular (desnudo) que ejemplifica dos propiedades características, una de las cuales es la cualidad del acto, y la otra su contenido. Al rechazar el análisis de parte-todo no nos guía el simple deseo de modificar la terminología. Esta es, pues, la primera diferencia entre nuestra opinión y alguna de las opiniones tradicionales acerca de contenidos mentales. La diferencia se apoya últimamente en nuestro rechazamiento de ciertas formas de conceptualismo y nominalismo.

Segundo. En la mayoría de doctrinas filosóficas sobre los actos se distingue entre clases distintas de actos mentales. Para muchos filósofos, la más importante de esas distinciones es la que separa presentaciones y actos de juicio. Se supone que esas dos clases de actos difieren cualitativamente. Pero también se supone que difieren en sus respectivos objetos. Hablando sin demasiado rigor, una presentación tiene por objeto intencional un objeto, en tanto que un acto de juicio tiene por objeto intencional un estado de hechos. De ahí que los contenidos de las presentaciones se expresen por palabras, mientras que los contenidos de los actos de juzgar se expresan por proposiciones completas. Nuestra segunda falta de acuerdo se refiere a esa distinción. Nosotros mantenemos que todos los actos son proposicionales. El contenido de todo acto mental, en nuestra opinión, es expresado por una proposición completa y no por una simple palabra. Esa falta de acuerdo se apoya también en consideraciones ontológicas. Ya hemos argumentado en el capítulo anterior que las llamadas presentaciones no nos dan a conocer ni particulares desnudos ni universales no ejemplificados. Lo que nos presentan son estados de hechos; es decir, los hechos en que cierto particular ejemplifica cierto universal.

Tal opinión tiene varias consecuencias importantes en relación con la naturaleza de los contenidos mentales. Pero ante todo debemos tratar de clarificar la noción de acto de juzgar. Si uno llama acto de juicio a cada acto mental, si su contenido se expresa por una proposición, entonces se sigue que todos los actos mentales son actos de juzgar. Por ejemplo, dado que el contenido de un acto de percibir podría expresarse por una proposición, digamos, “esto es verde”, los actos mentales de percibir serían actos de juzgar. Pero no creo que ese uso del término “acto de juzgar” sea muy feliz. Vela ciertas distinciones que pueden y deben ser hechas. Una es, por ejemplo, la bien conocida distinción entre juzgar que algo es de tal y tal manera, y suponer meramente que es de tal y tal manera. Entre estas dos clases de actos hay una clara diferencia fenoménica: tienen cualidades diferentes. Pero no difieren necesariamente en sus contenidos: cierta suposición puede tener exactamente el mismo contenido que cierto acto de juzgar; y ese contenido se expresa por una y la misma proposición. Esa es la razón por la cual no podemos decir, sin atender más que a una proposición, si esa proposición expresa una suposición o un acto de juicio. Algo similar puede decirse a propósito de la distinción entre ver (visualmente) que algo es de tal y tal manera y juzgar meramente que es de tal y tal manera. De ahí que parezca más apropiado utilizar el término “acto de juzgar” para indicar cierta clase de acto mental, una clase que tiene una cualidad característica no compartida por, digamos, los actos de suponer o los actos de ver.

Una consecuencia de nuestra opinión puede expresarse mediante el principio de Frege, que nunca se pregunte por el significado de una palabra aislada, sino sólo en el contexto de un juicio. Porque si todos los actos mentales son proposicionales no hay ningún contenido que pudiera expresarse por una palabra mejor que por una proposición completa. Y como el significado de una expresión es el correspondiente contenido de actos mentales, no hay significados para palabras aisladas. No debe olvidarse, sin embargo, que Frege usa su principio sobre un fondo muy diferente. En su contexto, los significados son entidades objetivas y no contenidos de actos mentales.

No obstante, la distinción tradicional entre conceptos y juicios no desaparece del todo en nuestra opinión. Consideremos, por ejemplo, el concepto “verde”. Recordemos que no se trata ni de la propiedad de verde ejemplificada, digamos, en la pluma de mi escritorio, ni del concepto objetivo en el sentido de Frege. Supongamos que alguien piensa en la propiedad de verde. ¿Cómo expresaríamos el contenido de su pensamiento? Es obvio que no podemos responder a esa pregunta mientras no sepamos qué piensa precisamente a propósito de verde. Si piensa, por ejemplo, que el verde es su color favorito, entonces el contenido de su pensamiento se expresaría por esta proposición: ‘el verde es mi color favorito’. Pero esa persona podría pensar que hay una propiedad tal como verde. En ese caso, el contenido de su pensamiento se expresaría por la proposición ‘hay una propiedad tal como verde’. Ahora podemos distinguir entre dos diferentes clases de contenidos. Algunos contenidos se expresan por proporciones de la forma ‘hay una cosa tal como A’, o ‘hay una propiedad tal como A”. Otros contenidos se expresan por proposiciones como ‘A es verde’, ‘el verde es un color bonito’, etc. Y podemos llamar a los contenidos de la primera clase conceptos y a los de la segunda juicios, sin olvidar, desde luego, que tanto los conceptos como los juicios resultan ser propiedades de actos mentales. Nótese, sin embargo, que esta distinción entre conceptos y juicios no tiene que ver con que un contenido se exprese por una palabra o por una proposición completa. Tanto los conceptos como los juicios se expresan, en efecto, por proposiciones completas. La distinción depende de qué clase de proposiciones expresa cierto contenido. Que se quiera o no llamar a ciertos contenidos conceptos y a otros, juicios, depende de que se piense o no que la distinción entre esas dos clases de contenidos sea lo bastante importante para justificar una distinción terminológica.

Otra consecuencia de nuestra opinión afecta a la explicación de verdad y falsedad. Los filósofos convienen en que verdad y falsedad corresponden a proposiciones completas y no a simples palabras o frases. Con respecto a los actos mentales, convienen en que verdad y falsedad sólo pueden predicarse de actos de juzgar, y no de presentaciones. Puesto que nosotros mantenemos que todos los actos mentales son proposicionales, se sigue que todos los actos mentales pueden ser o verdaderos o falsos. Pero esta manera de hablar no es del todo exacta; no alcanza al fondo del asunto. Hablando con propiedad, verdad y falsedad se predican de contenidos mentales. Sea el contenido expresado por la proposición “esto es verde”. Si esto es verde, es verdadero. Si no es verde, es falso. Verdad y falsedad son propiedades de contenidos mentales, es decir, propiedades de propiedades. Esas propiedades pueden ser definidas. Un contenido es verdadero si, y sólo si, apunta intencionalmente a cierto estado de hechos y este estado de hechos es actual y no sólo posible. Es falso si, y sólo si, apunta intencionalmente a cierto estado de hechos y este estado de hechos es posible pero no actual.

Los contenidos de actos mentales son propiedades de actos y son expresados por proposiciones. En consecuencia, verdad y falsedad pueden también ser predicadas de actos mentales y de proposiciones. De un acto mental puede decirse que es verdadero o falso, según sea su contenido verdadero o falso. Es éste el sentido en el que podemos predicar la verdad o la falsedad de los «actos de juzgar». Recuérdese que algunos filósofos han mantenido que toda proposición expresa un acto de juicio. En nuestra opinión, puede decirse que toda proposición expresa un acto mental, aunque no necesariamente un acto de juicio. De ahí que pueda decirse que todo acto mental es o verdadero o falso. Además, puesto que los contenidos mentales se expresan por proposiciones, las proposiciones mismas pueden ser llamadas verdaderas o falsas. Pero decir que cierta proposición ‘p’ es verdadera no es hablar acerca de los grafismos o sonidos de ‘p’. Decir que ‘p’ es verdadera si, y sólo si, p, es decir que ‘p’ es verdadera si, y solo si, ‘p’ expresa el contenido , y este contenido apunta intencionalmente al actual estado de hechos p.

Tercero. La mayoría de los investigadores mantienen que los contenidos pueden ser simples o complejos. Por ejemplo, sostienen que la presentación de una cosa compleja implica un contenido complejo. Una y otra de esas entidades complejas es analizada en sus partes respectivas, y se supone que hay cierto isomorfismo entre las partes de la cosa compleja y las partes del contenido complejo. Nuestra tercera falta de acuerdo se refiere a esa distinción entre contenidos simples y complejos. Nos parece que todos los contenidos son simples. Un contenido mental se expresa por una proposición y tiene por objeto intencional un estado de hechos. Tanto la proposición como el estado de hechos son cosas complejas. Pero el contenido mental mismo no es una cosa compleja.

Consideremos la distinción de Twardowski entre contenidos mentales simples y complejos. Una entidad compleja, según Twardowski, contiene dos clases de partes: materiales y formales. Por ejemplo, una cosa verde y redonda contiene (al menos) las dos partes materiales verde y redondo. Pero estas partes materiales (junto con otras) forman un todo. La conexión o conexiones que existen entre las partes materiales y las combinan en un todo son las partes formales de la cosa verde y redonda. Consideremos ahora el isomorfismo entre una cosa compleja y «su» contenido complejo. Parece haber aquí dos posibilidades. Primera, se podría mantener que las partes materiales de la cosa estuvieran coordinadas con las partes materiales del contenido, mientras sus partes formales corresponderían a las partes formales del contenido. Segunda, se podría mantener que tanto las partes formales como las materiales de la cosa estuvieran coordinadas a las partes materiales del contenido. En este último caso, ninguna parte de la cosa correspondería a las partes formales del contenido. Podría decirse que hay sólo un isomorfismo parcial entre cosa y contenido. Ambas opiniones posibles suscitan problemas importantes.

Según la primera posibilidad, las partes formales del contenido apuntan intencionalmente a partes formales de la cosa. Pero si pensamos que un contenido complejo consta de contenidos simples y relaciones entre esos contenidos simples, se sigue que esas relaciones no son de ningún modo contenidos. Pero entonces, ¿cómo podrían apuntar intencionalmente a nada? Para expresar de otra manera el argumento: todo lo que apunta intencionalmente a algo debe ser un contenido —un contenido complejo o un contenido simple—. Pero las relaciones entre tales contenidos no son ellas mismas contenidos. Por lo tanto, no pueden apuntar intencionalmente a nada. En particular, no podrían apuntar intencionalmente a partes formales de una cosa. Pero si esas partes formales de la cosa no son apuntadas intencionalmente, no se ve claro cómo un contenido complejo podría apuntar intencionalmente a un todo complejo mejor que varias partes materiales diferentes, por separado. Es obvio que el punto crucial del argumento está en la afirmación de que las relaciones entre contenidos simples no pueden apuntar intencionalmente a nada. Pero eso manifiesta, según creo, que la conexión entre contenido y cosa no se concibe como una relación lógica existente entre dos campos isomórficos. Para que algo apunte intencionalmente a otra cosa no basta con que haya un mero isomorfismo. La relación intencional entre un contenido y aquello a que éste apunta intencionalmente no es la de la correspondencia biunívoca. Sólo ciertas clases de entidades pueden estar en relación intencional con otras, mientras que al ser isomórficas, todo habría de corresponder a algo. Si la conexión entre la mente y el mundo es tal que sólo los contenidos pueden apuntar intencionalmente a algo, entonces hay que abandonar o, al menos, modificar la primera opinión posible.

Según la segunda opinión posible, todas las partes de una cosa, tanto las materiales como las formales, son apuntadas intencionalmente por partes materiales del contenido. Esta opinión se basa en el tipo de consideraciones que acabo de mencionar. Los contenidos y sólo los contenidos pueden apuntar intencionalmente a algo. En consecuencia, sólo los contenidos pueden apuntar intencionalmente a todas las partes de un todo complejo. Pero esta opinión suscita un problema diferente. Supongamos que la cosa compleja que se encuentra en consideración consta de dos partes materiales, p-1 y p-2, de modo que p-1 se encuentra a la izquierda de p-2. El contenido correspondiente contendría entonces tres partes materiales, P-1, P-2 y P-3. P-1 y P-2 apuntan intencionalmente a p-1 y p-2 respectivamente. P-3 apunta intencionalmente a la relación espacial que existe entre p-1 y p-2. Pero entonces una cosa que consta de p-2 a la izquierda de p-1 tendría que ser también apuntada intencionalmente por un contenido que contuviera P-1, P-2 y P-3. Por lo tanto, no habría diferencia entre los dos contenidos, por lo que respecta a sus partes materiales. Si se supone también que sólo las partes materiales de un contenido distinguen a éste de otro contenido, no habrá diferencia alguna entre los dos contenidos. Sin embargo, debe haber alguna diferencia, porque si las dos cosas son diferentes, como es obvio que lo son, sus dos contenidos deben ser diferentes. En caso contrario no sabríamos qué cosa es apuntada intencionalmente por qué contenido.

Twardowski indica una salida de la dificultad. Podría argüirse que a la diferencia en las cosas corresponde una diferencia en el modo en el que las partes materiales de los respectivos contenidos están relacionadas entre sí. Aun cuando los dos contenidos tengan las mismas partes materiales, éstas forman contenidos diferentes porque están combinadas de maneras diferentes. Pero este modo de ver nos vuelve a la primera opinión, considerada en el párrafo anterior. Porque, según lo ve Twardowski, las partes formales de un contenido determinan en parte cuál es la cosa a la que el contenido apunta intencionalmente. Y para que así sea, esas mismas partes formales deben de algún modo apuntar intencionalmente a algo en o de la cosa a la que se apunta intencionalmente. Y esto es imposible si sólo los contenidos (y no las relaciones entre contenidos) pueden apuntar intencionalmente. Es imposible si la relación intencional no es un mero isomorfismo, sino un nexo único que existe sólo entre ciertas entidades.

Puesto que este punto es de alguna importancia, permítasenos reformularlo en nuestra propia terminología. Hablar de contenidos complejos sería hablar de propiedades complejas de actos mentales. Supongamos que hay un contenido (propiedad) complejo F, que consta de dos contenidos (propiedades) simples, f-1 y f-2. Supongamos que estos dos contenidos simples apuntan intencionalmente a las dos propiedades simples rojo y redondo, contenidas en una cosa compleja. F consta de f-1 y f-2, y de la relación lógica representada por “y”. La cosa apuntada intencionalmente consiste (al menos) en las dos propiedades rojo y redondo, que están también conectadas por esa relación lógica. Ahora bien, esa relación lógica entre f-1 y f-2, ¿apunta intencionalmente a algo? En particular, ¿apunta intencionalmente a ella misma en cuanto vincula rojo y redondo? Nuestra respuesta dependerá de cómo veamos la relación intencional. Si mantenemos que sólo ciertas propiedades de actos mentales, propiedades como f-1 y f-2, son intencionales, entonces la conexión entre f-1 y f-2 no puede apuntar intencionalmente a nada, porque no es una de esas propiedades. Por lo contrario, si pensamos la relación intencional como una correspondencia isomórfica, entonces no hay razón para negar que la conexión entre f-1 y f-2 apunte intencionalmente a la conexión entre rojo y redondo.

Pero hemos dicho que todos los actos mentales son preposicionales. De ahí que no haya contenidos tales como F que apunten intencionalmente a propiedades complejas. Consideremos, pues, un ejemplo que dé cuenta de ese hecho. Supongamos que los contenidos simples A y B estén coordinados al particular a y a la propiedad f, contenidos en el hecho a es f. ¿Cuál es el contenido que apunta intencionalmente a ese hecho? Evidentemente, no puede consistir meramente en A y F, el uno junto al otro, por así decir. Si consistiera meramente en A y F, tendríamos un contenido que apuntaría intencionalmente a a y otro contenido que apuntaría intencionalmente a f, pero no un contenido que apuntara intencionalmente al hecho de que a es f. Tampoco podría consistir en A y F y algún otro contenido (simple) X, todos los cuales estuvieran, por así decir, inconexos. Porque también esos tres contenidos apuntarían meramente a tres entidades inconexas. No parece haber más que una salida. Debemos suponer que los contenidos A y F están conectados de cierto modo, y que el hecho de que A y F estén así conectados representa el hecho de que a es f. Pero esto significa que la conexión entre A y F debe apuntar intencionalmente a algo, contrariamente a nuestra opinión de que sólo las propiedades de actos mentales pueden apuntar intencionalmente a algo.

La suposición de que los contenidos mentales pueden ser propiedades complejas de actos mentales debe, pues, ser abandonada, si queremos mantener, como lo haremos, que el nexo intencional no es un mero isomorfismo. Incluso la más compleja proposición solamente puede expresar un contenido simple. Los significados, a diferencia de las proposiciones y los estados de hechos, son inanalizables.

Los contenidos mentales tienen por objeto intencional estados de hechos. Los contenidos son propiedades de actos mentales; los estados de hechos no son de ningún modo propiedades, y, por lo tanto, no pueden ser propiedades de actos mentales. En consecuencia, debe siempre distinguirse entre el contenido de un acto mental y su intención. Los que han propuesto contenidos han defendido siempre esa distinción: han insistido en que se debe distinguir nítidamente entre el contenido y el objeto de un acto mental. Tres de sus argumentos son de especial interés. Les llamaré el argumento tomado de objetos no existentes, el argumento tomado de la predicación y el argumento tomado de los contenidos diferentes.

El argumento de objetos no existentes. Twardowski da la siguiente versión del mismo. Quienquiera que haga un juicio verdadero negando que haya una cosa tal como un cierto objeto, debe tener una presentación de ese objeto. Pero si hay una presentación de ese objeto, debe haber un contenido que se dirija intencionalmente al objeto. Por lo tanto, hay un contenido, aun cuando el objeto mismo no exista. De este argumento se sigue que se debe distinguir entre el contenido de una presentación y el objeto de esa presentación.

A veces el argumento aparece con una forma diferente. Es un hecho que uno puede pensar objetos que no existen. Por ejemplo, uno puede pensar la montaña de oro. Puede pensar incluso en el círculo cuadrado. En cualquiera de los dos casos existe un acto mental de pensar. Por otra parte, los dos pensamientos que acabo de mencionar difieren claramente el uno del otro. Pero, ¿en qué puede consistir esa diferencia? Es obvio que esos dos pensamientos no pueden ser diferentes por dirigirse intencionalmente a objetos diferentes, ya que no hay cosas tales como la montaña de oro o el círculo cuadrado, y si no hay tales cosas, mal podrían éstas constituir una diferencia. La diferencia advertida debe encontrarse, pues, del lado de los actos, si puedo decirlo así. Es una diferencia en los contenidos. Los contenidos expresados por “la montaña de oro” y “el círculo cuadrado” sí que existen, aun cuando no haya ninguna montaña de oro ni ningún círculo cuadrado. Además, estos contenidos son diferentes. Y esta diferencia explica la que existe entre los dos pensamientos.

Si se da por sentado que hay contenidos mentales además de objetos, me parece claro que deben mantenerse aparte. Pero ¿es que el argumento tomado de objetos no existentes manifiesta que debe haber contenidos? Yo no lo creo. Moore, por ejemplo, proclama que «es imposible verificar por observación la existencia de cualquier diferencia cualitativa interna entre cualquier par de actos que tengan objetos diferentes». ¿Podríamos convencerle, mediante el argumento antes esbozado, de que debe de estar en un error? ¿Cómo podría él dar cuenta de la diferencia entre los dos pensamientos mencionados, sin reconocer la existencia de contenidos mentales? Moore proclama también que hay una diferencia, digamos, entre la aprehensión directa de un particular color azul y la aprehensión directa de un particular color rojo. Pero esa diferencia, según él, consiste en el hecho de que los dos actos tienen objetos diferentes. Si aplicamos este modo de ver al ejemplo que estamos discutiendo, Moore afirmaría que la diferencia entre un pensamiento de la montaña de oro y un pensamiento del círculo cuadrado es una diferencia en sus objetos. Pero esto implica que debe haber dos entidades, la montaña de oro y el círculo cuadrado, que son diferentes y que dan cuenta de la diferencia entre los dos pensamientos. ¿Puede ponerse de acuerdo esa implicación con lo que todos sabemos que es un hecho, que no hay ninguna montaña de oro y ningún círculo cuadrado? Si no se puede poner de acuerdo con ese hecho, entonces no podemos mantener que la única diferencia entre actos provenga de que aquéllos tengan objetos diferentes. Parece que estamos obligados a aceptar la opinión de que los actos mentales son diferentes porque tienen diferentes contenidos. Parece que estamos obligados a reconocer la existencia de contenidos mentales.

Debe notarse, sin embargo, que el modo de ver relacional parece obligarnos en todo caso a reconocer objetos tales como la montaña de oro y el círculo cuadrado. Muchos de los que proponen contenidos mentales aceptan de todos modos esos objetos. Indudablemente, el tema es bastante complicado. Se admite que desde luego no hay cosas tales como la montaña de oro o el círculo cuadrado. Sin embargo, se pretende que hay esas cosas como objetos de actos. Se afirma que todo acto mental se dirige intencionalmente a un objeto, independientemente de que el objeto exista o no. En una palabra, se sostiene que hay objetos que no existen. Pero esa opinión, según creo, es todo lo que se necesita para mantener que la diferencia entre dos actos es siempre una diferencia entre sus objetos. Por muy marginal que pueda ser el status ontológico de ciertos objetos, con tal que tengan algún status ontológico pueden ser utilizados para explicar la diferencia entre actos diferentes.

Nuestra consideración pone de manifiesto dos cosas: que no se necesitan los contenidos para explicar la diferencia entre pensar la montaña de oro y pensar el círculo cuadrado, pero sólo se puede explicar esa diferencia si se da por sentado que hay un cierto status ontológico para la montaña de oro y el círculo cuadrado, y que podemos estar obligados a concederles ese status ontológico aun cuando mantengamos que todo acto mental tiene un contenido.

El argumento de la predicación. Este argumento consiste simplemente en la pretensión de que las propiedades de los objetos de actos mentales no son las propiedades de sus contenidos. Twardowski, por ejemplo, dice que la propiedad de ser de oro que se predica de la montaña de oro, aun cuando haya montaña de oro, no puede ser predicada del correspondiente contenido. Que el contenido no es ni de oro ni una montaña. Un contenido, que es parte de un acto mental, no puede tener las propiedades que tienen los objetos perceptibles. Por lo tanto, contenidos y objetos son dos cosas diferentes y no deben ser identificadas.

Sin duda Twardowski se sitúa en un punto de vista bien elegido. Si hay contenidos mentales, éstos no pueden tener las mismas propiedades que sus objetos. Sin embargo, el argumento no prueba que haya contenidos mentales. No refuta la opinión de Moore.

El argumento de los contenidos diferentes. Es un hecho que las cosas son lo que son independientemente de que pensemos o no en ellas y de cómo pensemos en ellas. Cuando se piensa en el lucero de la mañana y cuando se piensa en el lucero de la tarde, uno piensa una y la misma cosa. No hay nada que cambie en esa cosa porque la pensemos de una manera o de otra. Lo único que difiere es nuestro pensamiento en uno y otro caso. Siendo así, ¿cómo se puede explicar una diferencia entre dos actos en términos de la diferencia entre sus objetos? ¿Cómo puede el pensamiento del lucero de la tarde diferir del pensamiento del lucero de la mañana —y es claro que difieren— si esos dos pensamientos tienen un solo y el mismo objeto? Si suponemos que hay contenidos mentales, se puede explicar la diferencia. Porque se puede decir que esos dos actos mentales difieren en sus contenidos, aun cuando tengan el mismo objeto.

Este argumento en favor de los contenidos mentales se apoya en la suposición de que el pensamiento del lucero de la mañana y el pensamiento del lucero de la tarde tienen el mismo objeto. Pero alguien como Moore no aceptaría ni mucho menos esa suposición. Podría mantener que estos dos pensamientos tienen objetos diferentes. En el primer caso, el objeto es el lucero de la mañana; en el otro, el lucero de la tarde. Para ese modo de ver se necesita una distinción ulterior. Por ejemplo, se podría distinguir entre objetos y objetos últimos de actos mentales. Dos actos con diferentes objetos pueden tener el mismo objeto último. Por ejemplo, al pensar el lucero de la mañana y al pensar el lucero de la tarde tenemos dos objetos diferentes, pero el mismo objeto último; a saber: el planeta Venus. Si se hace esa distinción se puede dar cuenta de la distinción entre esos dos actos mentales en términos de sus objetos en vez de hacerlo en términos de sus contenidos.

En resumen: hemos visto que los tres argumentos no prueban que debe haber contenidos mentales además de objetos. Muestran cuando más, que si hay contenidos, éstos deben distinguirse de los objetos a los que apuntan intencionalmente. Pero también indican que el que niega la existencia de contenidos mentales y acepta el modo de ver relacional de los actos mentales, debe mantener dos cosas: Primera, que objetos como la montaña de oro y el círculo cuadrado tienen algún status ontológico; Segunda, que hay una distinción entre los objetos inmediatos de actos mentales y sus objetos últimos. Esos compromisos son necesarios a causa del hecho innegable de que dos actos mentales pueden diferir aun cuando tengan el mismo objeto último o no tengan en absoluto un objeto existente.

Pero si estos argumentos no muestran que hay contenidos mentales, ¿qué argumento lo lograría? Llega un punto en el que todo lo que se puede hacer es apelar a la experiencia. Yo creo que la experiencia de ver una cosa roja difiere de la experiencia de ver una cosa azul «de un modo cualitativo que no puede describirse».

Esa diferencia no es una diferencia entre objetos, sino que está contenida en mis experiencias. Con palabras de Meinong, «es ist uns anders zu Mute». Esa diferencia es una diferencia entre contenidos mentales.

Subrayemos, en conclusión, los tres puntos siguientes:

Primero. Los contenidos mentales no son impresiones sensibles, sentimientos, imágenes, ni cosas de esa clase. Son propiedades de actos mentales. Cuando vemos un disco verde experimentamos ciertas impresiones sensibles. Estas impresiones sensibles son partes de nuestro estado consciente. Pero no deben ser identificadas con el contenido mental expresado por, digamos, “esto es un disco verde”, aun cuando ese contenido es también parte de nuestro estado consciente y, por lo tanto, experimentado.

Segundo. Los contenidos mentales no han de pensarse como imágenes de sus objetos. No hay semejanza entre un contenido mental y aquello a lo cual éste apunta intencionalmente. Por ejemplo, el contenido expresado por “esto es un disco verde” no es una imagen mental de una cosa verde. Experimentar un acto mental con su contenido no es experimentar una imagen interna de la cosa apuntada intencionalmente por el acto mental.

Tercero. En el momento en el que se produce un acto mental como parte de nuestro estado consciente no prestamos atención a ese acto y su contenido, sino a la cosa a la que ese contenido apunta intencionalmente. Cuando experimentamos un contenido mental prestamos atención a su objeto. Lo mismo que se requiere un cambio en los estados conscientes cuando se desea escudriñar una impresión sensible más bien que un objeto perceptible, así se requiere un cambio en los estados conscientes si deseamos atender al contenido de un acto más bien que a su objeto.


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