La relación con nuestros padres se la transmitimos a nuestros hijos

narcisoPor María Guadalupe Povea

Si en nuestra infancia y adolescencia hemos disfrutado de una buena relación con nuestros padres tenderemos a identificarnos con aquellos aspectos positivos de nuestros progenitores. Y esto se basa en que:

1. sean personas afectuosas
2. capaces de poner límites
3. capaces de resolver conflictos
4. etc.

El problema viene cuando la idealización llega casi a un punto neurótico con reproches y exigencias que condicionan de sobremanera la relación entre padres e hijos. De tal modo que cuanto más depresivo- masoquista es el conflicto del progenitor, mayor importancia tienen los sentimientos de culpa.

De tal modo que en la madurez estos niños con la idea de haber sido unos hijos difíciles tratan de compensar su infancia y se muestran como padres excesivamente masoquistas especialmente por los remordimientos que les acosan.

Quizá inconscientemente estos padres depositan a sus hijos la imagen del niño difícil que fueron (o creen haber sido) y además se adjudican el papel de sus progenitores maltratados. Por un lado digamos que se identifican con el niño complicado que es ahora su hijo consentido, pero por otro lado también lo hacen con la imagen de sus padres sufridores.

Gracias a los cuidados y atenciones que recibimos durante nuestra más tierna infancia por parte de nuestros padres se va conformando nuestra propia personalidad y al mismo tiempo empezamos a arrastrar exigencias mal resueltas, deseos frustrados, alegrías y logros, conflictos no resueltos, metas alcanzadas, etc.

De esto se deduce que cada persona arrastra consigo misma, dependiendo en gran medida la infancia y adolescencia, un binomio de relaciones que van desde la afectiva a la conflictiva.

En cada caso cada uno se decantará especialmente por uno u otro dependiendo de diversos factores tales como: la calidad del vínculo que haya creado con cada unos de los padres y las particularidades del niño en sus relaciones afectivas.

En definitiva el origen de tanto sentimiento de culpabilidad por parte de los padres se remonta a las fuertes exigencias que se pudieron llegar a sentir en el pasado de nosotros mismos hacia nuestros propios padres y que ahora regresan como un boomerang hacia nosotros mismos en el momento en el que nos convertirnos en progenitores.
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