Por primera vez en la vida, alguien depende exclusivamente de uno mismo.
La carga de nuevas preocupaciones, responsabilidades, los cuidados que deben ser dispensados a ese nuevo ser tan frágil llenan los días y las noches.
No hay horas en el día para atender todo el trabajo que significa tener un hijo.
Afortunadamente las compensaciones son inmensas.
Es normal que en los primeros meses los nuevos padres se dediquen única y exclusivamente al cuidado de su bebé, desatendiendo otros quehaceres propios de su vida cotidiana.
La atracción y la dedicación por el niño es tan intensa que todo lo demás está de sobra.
El niño parece llenar todo nuestro mundo y es aquí precisamente donde algunos padres parecen perder el rumbo.
La dependencia del niño por sus padres es algo evidente, puesto que se trata de un ser todavía inmaduro y cualquiera de sus necesidades debe ser resuelta por sus progenitores.
Sin embargo, la tendencia de muchos padres es la de prolongar de manera innecesaria esa dependencia hasta el infinito.
Por un lado al niño esto le resultará muy cómodo, puesto que su aprendizaje podrá retrasarse lo indecible. Sus padres se convertirán de esta manera en meros servidores suyos, dispuestos a cumplir todos sus deseos y a colmar cualquier capricho.
Para los padres esta dependencia puede resultar una trampa. El niño depende exclusivamente de ellos y de esa manera parecen tener controlada la situación, pero por otra parte quedan a merced de la voluntad de sus hijos.
Los hijos pueden llenar nuestras vidas en gran medida pero no completamente.
Es necesario que los padres recuperen cuanto antes su cotidianeidad, su vida normal, sus aficiones.
El desarrollo de su propia vida será beneficioso para su propio desarrollo personal y para una mejor relación con sus propios hijos.
Además, el fomentar la independencia del niño, su autonomía, siempre va ser bueno para su desarrollo como individuo.
Es necesario que los padres aprendan también a ser un poco egoístas, que aprendan a no dar de lado sus propias necesidades.
Queramos o no, alcanzar la felicidad es una labor individual. Debemos emprenderla con independencia de los demás, incluso de nuestros propios hijos.
Ellos a su vez deberán alcanzar su propia felicidad individualmente, y lo único que podemos hacer porque la alcancen es darles las pautas adecuadas para ello, darles nuestro amor, fomentar su autonomía y darles el ejemplo necesario de que con respecto a la felicidad hay que ser un poco egoístas.
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