Las fantasías de los niños no tienen límites. Los protagonistas de sus historias, de los cuentos que han oído, de los libros que han leído, se entremezclan con los protagonistas de sus series favoritas de TV. La enorme fuerza de la fantasía reside en su capacidad de traspasar los límites de la realidad y sumergirse en un rico mundo interior, donde se transforman las ideas, los sentimientos, las necesidades y los deseos, sin la obligación de asumir la propia identidad.
Ver a un niño jugar o, mejor, jugar con un niño, es una de las mejores experiencias que podemos tener los adultos. Pueden estar horas y horas entretenidos en una sola actividad, muy concentrados, con una idea diferente del tiempo, metidos en un mundo particular, en el que los objetos cobran vida, con unas leyes físicas y químicas alejadas de las que mueven la naturaleza. Los objetos hablan y transmiten sentimientos. También es posible transmitirles nuestras emociones. Los muñecos, los coches, los seres inanimados tienen vida propia.
Los niños pueden tener varias identidades mientras juegan. Son la mamá y el bebé. Son el jefe de la tribu india y el vaquero. Son el oso y el domador. Todo al mismo tiempo. Hablan consigo mismos, se pelean consigo mismos, se dan ánimos a sí mismos. ¿Qué pensaríamos si un adulto hiciera eso? Diríamos que está loco.
No existen las leyes para los niños. Ninguna ley. Ni leyes morales, ni leyes culturales, ni leyes naturales. Los objetos no tienen gravedad. No hay mucha diferencia entre el bien y el mal. Los objetos tienen un espíritu. El sexo es algo que hay que explorar y descubrir. Te quiero si cubres mis necesidades. No existen las mentiras. Todo es real.
Los niños ven el mundo de una manera original. No podemos comprender a un niño mientras no nos pongamos en su lugar. Pero es muy difícil ponernos en el lugar de un niño. Primero tenemos que renunciar a toda la carga cultural y moral que hemos acumulado. Tenemos que renunciar a la hipocresía, a la mentira con la intención de engañar. Tenemos que volver a confiar en nuestro entorno, volver a ser abiertos a las experiencias, dejar de controlar nuestra energía, recuperar la curiosidad y la creatividad. Tenemos que dejar de preocuparnos por el futuro.
Ser un niño es tratar de entender la realidad partiendo siempre de cero, abiertos a la experiencia, desaprender a juzgar, aceptar las cosas como vienen, olvidar la lógica, alejarnos de la racionalidad. Ser un niño es meternos en un estado mental lleno de ingenio, curiosidad y capacidades vírgenes. Los niños piensan y sienten con libertad, sin filtros, todo lo experimentan, lo viven con pasión. En general, son sinceros y están siempre preparados para aceptar las ideas que les llegan desde el mundo adulto. Pero es precisamente el mundo adulto quien les hace renunciar a todas estas capacidades mágicas.
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