En primer término, es importante permitirnos expresar lo que sintamos en este momento de conmoción. Rabia, dolor, angustia, decepción, enojo, todos son sentimientos válidos a los que conviene dar la bienvenida y canalizar hacia afuera de la manera que podamos: llorando, hablando con seres queridos, permaneciendo en silencio, o de la forma que nos sintamos cómodos de hacerlo. De nada sirve tratar de ahogar o de ocultar los sentimientos, expresarlos de la manera que nos nazca hacerlo será el primer paso positivo hacia la vuelta al equilibrio tan deseado.
En una ocasión semejante, es lógico esperar que nuestra pareja y nuestro núcleo más íntimo nos ayude y nos contenga para pasar la tormenta, siempre y cuando no nos estemos desenfocando completamente de nuestro eje central. La base de apoyo que necesitamos puede, transitoriamente, desplazarse en cierto grado hacia otra persona o personas, y es importante tener en cuenta que, a su debido momento, volverá a estar centrada en nosotros mismos. Tal vez no nos podamos conectar con esta base interna mientras dure el aturdimiento, y tengamos por seguro que está ahí, a nuestro alcance. La hallaremos apenas podamos salir de la inmovilización causada por el shock y nos pongamos en movimiento. Es sólo cuestión del tiempo que necesitemos para pasar a la etapa siguiente: la de la aceptación, en la cual nos relajaremos y podremos volver a lograr tener enfoque y concentración.
Buscar el apoyo que sin lugar a dudas precisamos es una actitud sana, mas esperar encontrar todo este apoyo fuera de nosotros, y en especial, en una sola persona, es un arma de doble filo. Aunque nuestra pareja (o una persona muy cercana a nosotros) esté deseosa de brindar todo su apoyo y comprensión, abramos el abanico de gente que nos contiene y ayuda. De no hacerlo, le estaríamos imponiendo a alguien toda la responsabilidad de ayudarnos a recobrar nuestro equilibrio interno. Ésta es una carga demasiado pesada para una sola persona, por más que de buen grado acepte llevarla.
Asimismo, una actitud así nos generaría un alto grado de dependencia hacia este individuo, ya que buscar todo el respaldo en una sola persona nos dejaría indefensos y necesitados de la presencia o las decisiones de otro. Le daríamos una cuota alta de poder sobre nuestra capacidad de pararnos en nuestros dos pies, tomar decisiones y enfrentar el mundo desde el lugar en el que estamos. Nos sentiríamos condicionados a tomar en cuenta lo que probablemente en otro momento no nos convencería, sólo para agradar a quien nos está ayudando y que no nos quite su apoyo ni nos desapruebe en esta circunstancia tan especial que nos toca atravesar.
Aferrarse a alguien como tabla de salvación, además de ser contraproducente, tendrá un impacto poco deseable en el vínculo, que quizá sólo se pueda medir con el tiempo. Esto de algún modo desequilibrará a la relación que sosteníamos (pareja, amistad, vínculos familiares sanos o la que fuera) y provocará un efecto dominó que se trasladará de manera concreta a todos los ámbitos de nuestro vínculo con él o ella.
Buscar ayuda, contención y todo lo que consideremos necesario es válido y sano. Una exigencia desmedida hacia una sola persona no lo es, ya que conlleva salirnos de nuestro eje para hacerlo. Mientras tengamos en claro que la base de apoyo está dentro nuestro, latente y a nuestra disposción en el momento que podamos reconectarnos con ella, podremos aceptar las sugerencias y la contención de quienes ofrecen su protección y consejo cuando estemos de acuerdo con lo que nos dicen, y veremos las buenas intenciones detrás de quienes nos sugieren ideas que no compartimos.
Deleguemos lo que no podamos hacer en los momentos de desconcierto, mientras asimilamos el golpe y nos vamos preparando, a nuestro ritmo, para incorporar la nueva realidad que se nos presenta cuando finalmente logremos aceptar lo que sucedió y las implicancias de estos acontecimientos. Alcanzaremos a ver y a comprender las cosas tal cual son, y así podremos internalizar estos nuevos factores y circunstancias a nuestra cotidianeidad. En ese punto, nos resultará más sencillo volver a conectarnos con nuestro eje y con la totalidad de la energía de la que solemos disponer.
Somos responsables de conservar nuestro centro y no salirnos de él, bajo ninguna circunstancia. Claro que hay momentos en los que lo veamos borroso y se nos dificulta alinearnos debido a un desarreglo emocional. Entonces, cuando esto suceda, pidamos y aceptemos toda la ayuda que necesitemos, teniendo en cuenta que esta situación es transitoria y, oportunamente, volveremos a centrarnos en nuestro eje para estar a cargo nuevamente de nuestra vida y de nuestras decisiones.
Correo Electrónico
Otros artículos de Merlina Meiler en ¡Chasquido!
|