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Enfoques integrativos
El conflicto y su resolución, un artículo clásico de Salvador Minuchin

          En las ciencias básicas, la interrelación entre técnica y teoría y la manera en que ambas se desarrollan paralelamente está clara. El desarrollo de nuevos instrumentos ensancha nuestra comprensión de un universo particular, requiriendo nuevas teorías, para explicar nuevos hechos, o bien una nueva teoría conduce al desarrollo de nuevas técnicas que permiten una exploración más sutil de sus implicaciones.



Éste no ha sido, hasta hace poco, el curso del psicoanálisis y la teoría y técnica psicoterápicas, donde un amplio cuerpo de doctrina se ha acompañado de limitadas exploraciones para el desarrollo de nuevas técnicas terapéuticas. Sin embargo, mi reciente experiencia con una población con múltiples problemas familiares me ha obligado a la búsqueda de nuevas técnicas terapéuticas, una de las cuales describiré aquí.

Durante los últimos años he estado trabajando en la Wiltwyck School for Boys con familias que tenían hijos delincuentes. Estas familias pertenecen a grupos socioeconómicos bajos; la mayoría de ellas consideradas como prósperas en apariencia, aunque solamente un 25 % las podemos considerar, por completo, como de clase media. Algunas se componen de uno o más varones transitorios o una madre transitoria; otras se componen de una madre, sus hijos y los hijos de sus hijos jóvenes; las tías desempeñan papeles maternales, con la misma frecuencia que lo hacen las hermanas mayores y así sucesivamente.

Psicológicamente, estas gentes, más que complejas, están empobrecidas; sus áreas de experiencia son limitadas. Los temas familiares son restringidos, con acentuación de la agresividad, desamparo, abandono y problemas de educación. La organización de roles en las cuestiones familiares es limitada y estereotipada, y los miembros de la familia se adhieren rígidamente a las expectaciones de unos a otros. La comunicación envuelve gran cantidad de monólogos desconectados, y los significados se expresan casi siempre a través de canales paraverbales. Como los miembros de la familia encuentran difícil llegar a una conclusión con cualquier tema que traten, el intercambio de información es defectuoso. La interacción se centra en el aquí y ahora, y las transacciones entre los miembros pueden cambiar bruscamente, desde un alto grado de carga emocional, a una inhibición pasiva. Consiguientemente, estas familias se encuentran relativamente desvalidas al enfrentarse a tensiones interpersonales, con muy pocos medios para la resolución de los conflictos.

Una explicación de las suposiciones teóricas subyacentes de la terapia familiar de conflicto-resolución es un primer paso esencial en la descripción de la técnica actual. Para el ser humano es económico el desarrollar cortocircuitos en la organización de la experiencia, es decir generalizaciones que permiten una catalogación de las experiencias, de tal manera que uno cada vez que debe recurrir a alguna de ellas no necesita repetir de nuevo el proceso total de percepción y aprendizaje que ya ha sido experimentado. Aunque estas generalizaciones pueden conducir a distorsiones de las situaciones individuales, compensan tales distorsiones incrementando la propia rapidez para organizar respuestas a nuevas situaciones. En realidad esto desvaloriza percepciones familiares; la gente pierde su habilidad para percibir no solamente pequeñas diferencias en el conocimiento de las situaciones, sino también menos elementos encajados en la experiencia familiar.

El embotamiento de la experiencia de uno simplemente por habituación es, naturalmente, un fenómeno complejo; esto se da con más fuerza todavía dentro de la familia inmediata. Después de todo, la familia asegura la previsión de la interacción entre sus miembros a través precisamente de este proceso de generalización que se ha explorado distintamente por diversas escuelas de pensamiento. No obstante, hay acuerdo en que la gente desarrolla patrones de respuesta interpersonal y que el conocimiento de estos patrones permite al terapeuta predecir con relativa certeza la dirección de la conducta en circunstancias similares. Entonces, una persona neurótica puede ser definida como la que en áreas de conflicto no ve prácticamente alternativas en la modalidad de su respuesta, percibiendo a la gente a través de un estrecho rango de categorías estereotipadas, y apto para representar muy pocos roles en la relación interpersonal. Un neurótico representará el papel de Falstaff, incluso cuando la situación exija a Romeo u Otelo.

Las escuelas psicoanalíticas recalcan que los procesos de desarrollo en la mitad de una familia durante los primeros años de una persona la llevan a experimentar la vida de una manera particular; entonces tiende a manejar nuevas experiencias a través de las vividas previamente, modificándolas si es necesario para adecuarlas a sus moldes preexistentes. Implícita en esta interpretación del desarrollo humano está la idea de que el nuevo aprendizaje puede estar en desventaja con el sobre -aprendizaje de los módulos *experienciales previos hasta el punto que, para la persona neurótica, el nuevo aprendizaje no ocurre en áreas emocionalmente cargadas.

Entre las escuelas psicoanalíticas, el movimiento existencial sostiene que la terapia debería ayudar al paciente a «encontrarse a sí mismo», mejor que «reforzarlo» para el éxito, el triunfo o incluso comprenderlo. El modelo Zen Budista de «interpretación», que crea una experiencia desatendiendo la comprensión intelectual de la situación, ha fascinado a muchos analistas existenciales. De una manera similar, el teatro moderno se ha movido hacia un teatro de «experiencia». Los dramaturgos del «teatro del absurdo» han prescindido del argumento para intentar crear una experiencia emocional en el auditorio. Los conceptos familiares se tratan de una manera tan inusual como para conmocionar al observador al reconocer —emocional y cognoscitivamente— y experimentar de nuevo algo que ha llegado a ser estereotipado. Tal reacción de shock a lo familiar obliga al observador a cercar el concepto de una manera emocional en vez de lógica. El significado de conocimiento en este sentido es «conocer otra vez» con la connotación emocional del encuentro.

Como la experiencia, especialmente con las familias multiproblemáticas, tiende a ser cognoscitivamente indiferenciada y emocionalmente embotada, se necesita un método terapéutico que permita un nuevo aprendizaje de la experiencia familiar y pueda ser alentado en estos pacientes. Los analistas existenciales y los autores del teatro del absurdo suministran una guía para ayudar a las familias multiproblemáticas a ver su propia vida y sus circunstancias con nuevos ojos. En mi opinión, esto es importante para la psicoterapia en general; no obstante, parece particularmente significativo para el desarrollo de técnicas terapéuticas para las familias multiproblemáticas.

En sus interacciones, los miembros de estas familias parecen ir, abandonados, de un extremo a enredarse en el otro. En el polo en que se enredan, las transacciones familiares se caracterizan por un tiempo de rápido intercambio interpersonal; los familiares con múltiples problemas tienden a resolver las tensiones por la acción, debido a la parquedad de los procesos que median entre el impulso y la acción. El estilo resultante de relación interpersorial tiene un alto grado de enmarañamiento y cambios rápidos en ambos focos de transacción y tono afectivo. En el polo de abandono, los miembros de la familia parecen insensibles a los efectos de sus acciones sobre los otros. Monólogos, roles paralelos y una variedad de maniobras de abandono físico y psíquico caracterizan esta modalidad.

Ningún extremo de interacción facilita una experiencia diferenciada de las transacciones familiares. El conocimiento del impacto personal y la cantidad interpersonal no pasa de unos límites globales. Una técnica de terapia familiar adaptada a esta población debe por lo tanto forjar activamente transacciones interpersonales sobre los temas claramente centrados y dirigir la atención de los pacientes a la naturaleza de su impacto mutuo. Entre los miembros de la familia esto podría crear posteriormente la capacidad para observar la causalidad interpersonal, como un importante escalón para lograr el cambio.

La técnica de terapia familiar de tarea-orientadora propone a los miembros de la familia participar en tareas familiares, bajo condiciones que son distintas y a veces opuestas a sus patrones usuales de respuesta. La familia se ve una vez a la semana, durante una hora, generalmente con un terapeuta, a veces con coterapeutas.

El procedimiento durante la sesión es como sigue. El terapeuta se encuentra primero con toda la familia. Durante este período inicial, observa el libre desarrollo de la interacción entre los miembros de la familia, sacando así un esquema diagnóstico de los patrones transaccionales. Entonces pone de manifiesto las leyes no establecidas que rigen la transacción. Selecciona una zona de conflicto entre algunos miembros de la familia y se dirige a ellos, señalándoles la naturaleza del conflicto y su manera usual de tratarlo. Señala también las características dolorosas de estas reglas. Luego invita a los miembros de la familia implicados a continuar tratando con este conflicto, pero sugiere que la interacción ahora se desarrolle dentro de un contexto emocional distinto; por ejemplo, si los miembros de la familia están envueltos en interacciones competitivas, sugiere cooperación.

Luego pide a los otros miembros de la familia que vayan con él, tras un espejo de visión unidimensional, donde pueden estar como observadores de las transacciones del subgrupo familiar. Los miembros de la familia envueltos en el conflicto permanecen solos en la primera habitación, mientras el terapeuta dirige y asiste al resto de la familia en sus observaciones, para que puedan ser más discriminativos en su percepción de una transacción familiar.

Generalmente, los miembros particicipantes empiezan en algún momento a manifestarse de acuerdo con los primeros patrones y en contra de las instrucciones del terapeuta. Entonces, el terapeuta instruye a uno de los miembros observadores para que entre en la habitación y trate de cambiar la situación, para que sigan las directrices previamente discutidas.

Si esta nueva transacción sigue los patrones usuales, el terapeuta deja seguir el desarrollo del proceso, y puede enviar luego dentro a otro miembro de la familia o entrar él mismo para ayudar a los participantes a consolidar su comprensión de lo que ha pasado. Señala la manera en que se ha desarrollado el proceso y cómo sus reglas habituales de transacción inhibían la posibilidad de desarrollar nuevas reglas de interacción, que podrán dar más satisfacciones a los participantes. De esta manera, en una sesión que dura una hora, la exploración de una zona de conflicto puede envolver cuatro o cinco subgrupos diferentes dentro de la familia, variando los distintos miembros entre los roles de participantes y observadores.

Como ejemplo parcial de este proceso, describiré una sesión con una familia, compuesta de un hombre, cuya imagen de autodesprecio y sentimientos de soledad se expresaban en una relación crítica, autocrática, con su esposa e hijos; una mujer cuya dependencia y desamparo se reflejaban en la aceptación explícita del dominio de su marido y una coalición implícita con su hijo mayor, alentándolo para una rebelión continua contra el padre, y sus dos hijos de 14 y 12 años, quienes cogidos entre la sobreprotección de la madre y las exigencias dominadoras del padre, proyectaban su confusa identidad en su casa y en la escuela a través de ataques ciegos a sus «perseguidores».

Durante la sesión, el terapeuta señaló al padre que su ataque al hijo mayor se acompañaba de la manifestación explícita de que lo estaba ayudando, así como de un menos audible y más confuso mensaje sobre el sufrimiento del padre por su propio desamparo. Hizo ver al hijo de 14 años que, aunque parecía querer la aceptación paterna, no podía asegurar que esto sucedería en un futuro próximo, y estaba continuamente atareado provocando a su padre, dejándolo vencido, intensificando así la negativa de su padre y las respuestas críticas hacia él como su única manera de seguir siendo un adulto respetable.

El terapeuta entonces instó al padre y al hijo a que continuasen tratando el tema en conflicto, pero les dio instrucciones sobre cómo debía transcurrir la interacción. Sugirió que el padre encontraría áreas positivas en su hijo, que podrían mejorar su concepto, y que el hijo hablaría de tal manera, que conseguiría la aprobación de su padre.

En la sala de observación, el terapeuta, la esposa y el hijo menor observaban cómo el padre y el hijo mayor, después de un débil intento para relacionarse de acuerdo con las directrices dadas por el terapeuta, se vieron envueltos de nuevo en una lucha por el poder. La madre expresó su impaciencia por los «sermones» de su marido y su conducta rígida, mientras que el hijo menor señaló que su padre quería enseñar a su hermano algo importante. La esposa manifestó su deseo de estar en la otra habitación para parar el ataque furioso.

Entonces, el terapeuta indicó a la esposa cómo estaban luchando ella y su marido a través de su hijo, aislando al padre y al hijo mutuamente y quitándoles todas las posibilidades de desarrollar una relación mutua satisfactoria. Ella tendía a empatizar con el hijo, etiquetando al padre como agresor, con lo que ambos se enzarzaban en una discusión acalorada, que libraba y aislaba al hijo. El terapeuta sugirió a la esposa que entrase en la habitación e intentase colaborar con su esposo en ayudar a su hijo. Algunos minutos más tarde, ambos esposos se recriminaban y el hijo mayor estaba aislado. Después que se desarrolló el proceso, intervino el terapeuta y ayudó a los miembros de la familia a reexaminar sus patrones interaccionales. En la sesión siguiente, en condiciones similares, la esposa salió de la habitación diciendo que como no podía permanecer, sin intervenir, entre el padre y el hijo, por lo menos podía irse a la sala de observación donde no estorbaría.

En general, los miembros de la familia se organizan en subsistemas suplementarios y complementarios que se entrelazan de manera que impiden o acrecientan la resolución de los problemas.

El trabajo del terapeuta en una sesión conlleva lo siguiente: 1) diagnóstico de la estructura familiar en relación a un conflicto que surja e interacciones normales que inhiben la capacidad de observar y resolver de los participantes; 2) asignando roles de participación a los miembros de la familia centralmente envueltos en el conflicto y sacando a otros miembros de la familia de la situación; 3) instruyendo a los miembros participantes en nuevos y desconocidos métodos para tratar el conflicto; 4) llevar activamente a los participantes que no se desea implicar al papel de observador; 5) identificando las clases y formas de obstáculos interpersonal e intrapersonal que emergen, al intentar la resolución de nuevos problemas, y haciendo inferencias de cómo los sistemas defensivos interpersonales e intrapersonales bloquean el desarrollo, y 6) ayudando a los miembros de la familia a adoptar progresivamente el rol de observador como participación activa en interacciones conflictivas.

Hay una razón teórica para este tipo de terapia. En primer lugar, para ser consciente de la propia manera de funcionar, uno debe observar sus propias acciones. La habilidad para la introspección —observación reflexiva— desarrolla en el niño a través de su incorporación de control paterno vigilante y su necesidad de decir a las figuras paternas lo que le sucede.

El actuar como observador participante supone una paradoja desde luego: para ser observador, uno debe dejar de participar, mientras que si participa, uno no puede observar su participación debido al proceso de implicación. Esta paradoja ha sido un problema para la psicoterapia efectiva. Los terapeutas existenciales están intentando ayudar al paciente a experimentar, sin implicarse él mismo en la observación de la nueva experiencia, considerando que los terapeutas por lo general han intentado efectuar una interpretación intelectualmente integrada y, al mismo tiempo, maximizar la experiencia afectiva del proceso. Ackerman ha probado a pasar a las familias pacientes films de sus propias sesiones. Otros ayudan a las familias haciéndoles oír sus propias sesiones grabadas. Todos estos artificios terapéuticos tienen como objeto aumentar la habilidad de la persona para observar, sin mermar su habilidad para participar. El uso de tareas también se incluye en este apartado; aunque la observación se hace de un proceso «en evolución»; además, provee una barrera artificial contra las reacciones habituales, fuertes, de los pacientes. El espejo de visión unidireccional mantiene el impacto emocional de las experiencias interpersonales, mientras que no da oportunidad para una descarga impulsiva.

El problema más serio con familias impulsivas es que son incapaces de hacer una introspección —observando y evaluando sus propias acciones— y requieren una terapia que se centra en la manera de hacer más fácil para ellos este proceso.
Por consiguiente, las preguntas son éstas: ¿Cómo se puede ayudar al paciente a observar sus propias acciones dentro de la familia sin parar al mismo tiempo su participación o debilitar su experiencia? ¿Cómo se puede introducir la introspección en el momento de la interacción? Las respuestas a estas preguntas se pueden obtener mejor, considerando qué pasa, primero, a los miembros de la familia observadores y luego a los miembros participantes.

El observador puede ver el conflicto familiar, mientras no tiene responsabilidad para participar. El espejo de visión unidireccional actúa como una membrana semi-porosa. El observador se encuentra todavía muy cogido en la interacción. Está, igual que estaba, sentado todavía en la otra habitación en la silla vacía, pero simultáneamente se da cuenta de que su rol ha cambiado. Aunque no puede influir sobre lo que está sucediendo a los miembros participantes, sigue estando sujeto al impacto de su conducta. Su impulso de reaccionar actuando, que es típico de las familias descritas aquí, se manifestaría como saltando contra el espejo por el que se observa; hay que impedir esto y, con la ayuda de las preguntas del terapeuta, canalizarlo en formas verbales. El terapeuta, sentado cerca de él, lo atrae hacia una función completamente nueva; se le invita a unirse al terapeuta en la observación de la interacción de los miembros participantes. Su rol ha cambiado del de participante al de observador, aunque continúa sintiéndose implicado en la interacción. Con este cambio de rol, hay un cambio en su relación con el terapeuta, con el que, en cierto sentido, se ha emparejado en la observación.

Desde luego este cambio de participante a observador no es automático. Padres e hijos de familias multiproblemáticas responden frecuentemente al «stress» cognitivo-afectivo con maniobras defensivas de rápida aplicación. La proximidad interpersonal es una manera honrosa de escapar del conflicto. Por ejemplo, un chico al que se cogió robando rehusaba la exploración, atacando a sus hermanos por «no preocuparse de sus propios asuntos»; el conocimiento de una madre de su propio desamparo se bloquea generalmente por sus múltiples y erráticas maniobras de control. Algunas madres, cuando se les pide que observen la terapia de sus hijos durante varías sesiones, responden con una ansiedad creciente en la sala de observación: el tono de voz, la inhabilidad de los hijos para ceñirse al tema, las operaciones de poder que caracterizan su conducta diariamente; todo esto hace un poderoso impacto sobre las madres, como si estuviesen percibiendo estas cosas por primera vez. «Es demasiado emocionante para verlo», dijo la señora G., que había estado dos años en terapia familiar convencional. Para el uso de la «ligazón» rápida, como una maniobra defensiva que bloquea la percepción diferenciada de la interacción, parte del procedimiento es para que los padres, en algún momento en la terapia, permanezcan en la sala de observación con otro terapeuta durante varias sesiones.

Un ejemplo de la dificultad para asumir el papel de observador es la familia A, que vino a la terapia porque la hija mayor era delincuente. La familia se componía de la madre, dos hijos adolescentes de una primera unión y su esposo de entonces, que era mayor y menos educado que ella. Los hijos se quejaban de que su padrastro era autocrático y punitivo y ni les oía ni les comprendía. El padrastro se quejaba de la falta de educación y respeto filial de los jóvenes americanos; la madre servía de intermediaria interpretando para unos y otros lo que se decían entre sí. Estaba claro que la estructura de la familia estaba organizada, por lo menos, en torno a dos subsistemas —las tres mujeres, y el marido y la esposa— y que el marido se sentía excluido del primer subsistema, así como de la función paterna. Cuando se le pidió que observara a las tres mujeres de su familia desde la sala de observación, seguía dirigiéndose de una manera polémica a sus dos hijos, a pesar de que sabía que ellos no lo podían oír, y solamente después de repetidos esfuerzos del terapeuta pudo desentenderse y convertirse en observador.

La separación de un miembro del sistema algunas veces puede aportar al proceso una luz que de otra manera no asomaría. Por ejemplo, la familia B, que había estado en tratamiento durante seis meses, compuesta de la abuela, la madre y sus cinco hijos. Tres de los hijos eran delincuentes, y la madre había intentado suicidarse en varias ocasiones, y había sufrido tres hospitalizaciones. La abuela había asumido todos los roles paternos y había relegado a la madre al rol de hermana mayor. Se pidió a la abuela que observara a través del espejo de visión unidimensional cómo funcionaba la familia en su ausencia y se mostró impaciente cuando uno de los chicos empezó a tamborilear en una silla mientras la madre hablaba con otro hijo. Dijo al terapeuta que ella lo habría parado inmediatamente. Algunos minutos más tarde la madre se dirigió al chico atrayéndolo con una pregunta sobre la escuela y entonces cesó en su conducta molesta. El terapeuta entonces pudo señalar a la abuela cómo ella, adelantándose siempre dos minutos a su hija, quitaba a ésta su papel de madre.
Al considerar lo que sucede a los miembros participantes, debemos recordar que ciertas transacciones entre ellos se han convertido en automáticas. Por ejemplo, una muestra característica puede ser cuando una esposa pide ayuda de una manera indirecta, lo que conlleva una respuesta de ayuda resentida del marido. Al percibir su respuesta como un control, entonces ella rehúsa aceptarla. Esto a su vez le produce a él un sentimiento de impotencia para relacionarse con ella seguido de sentimientos hostiles. Tal conducta puede ocurrir una vez y otra en una secuencia prevista automáticamente. La conversación entre ellos puede parecer un conjunto que no guarda relación con lo que se está intercambiando de una manera no verbal. Aunque se pide ayuda y se ofrece, la tensión va implícita en el tono de voz, la postura del cuerpo y los músculos de la cara. Esta transacción llega a ser automática y los participantes se encuentran ellos mismos en sus posiciones habituales de conflicto al margen de como se encuentren allí.

Cuando se sugiere en la situación de tarea que la esposa pida ayuda de una manera directa y que el esposo responda a su demanda sin su actitud usual de control, se exige una participación de una manera rara, de una nueva forma que minimiza las posibilidades de respuesta automática e incrementa la implicación de la participación. Esta designación se produce en una situación de tensión inducida, porque son conscientes de que el resto de la familia los está observando. La conciencia de ser observado es un escalón intermedio en el proceso de la introspección. El participante observa en sí mismo lo que piensa que está mirando el observador invisible. Este sentido de ser observado da indirectamente el papel de observador también a los participantes.

Cuando la gente falla al actuar siguiendo los papeles que se le asignan, se puede ver mejor el hándicap que supone el uso de los patrones habituales de interacción, y algunos patrones que se veían como egos sintónicos, se ven como egos distónicos. Por ejemplo, mientras la madre está en la sala de observación, se pide a los hijos «que hablen entre sí, uno cada vez, pero sin orden y mirando cosas positivas en los otros». Después del incremento inicial de ruido que siempre acompaña a esta tarea, algunos hermanos tomarán el mando para organizar la interacción, y cuando haya una conducta disruptiva o cuando un hermano sea etiquetado como de conducta perturbadora —y esto es muy frecuente—, algunos de ellos intentarán reforzar la tarea, mirando al espejo, diciendo que deberían hacerlo mejor, porque su madre y el terapeuta los están observando.

Se establece una distancia al proceso automático, siendo conscientes del proceso mismo-función psicológica, que ordinariamente casi no se usa en las familias multi-problemáticas. El observador llega a ser internalizado, con lo que se alienta el proceso de introspección.
En algún momento de la terapia, los miembros de la familia empiezan a responder con nuevos avances en sus interacciones. Como tales cambios ocurren primero de una manera poco estructurados y vacilantes, los otros miembros generalmente no son capaces de captarlos. Entonces es función del terapeuta señalar la nueva conducta. Desgraciadamente, los terapeutas son con frecuencia incapaces de percibir la nueva conducta, que puede manifestarse ampliamente de una manera formal —una deferencia al hablar a otra persona, un débil cambio en el tono de voz, una vacilación antes de entrar en la respuesta automática— y deben aprender el arte de dar forma y potenciar estos nuevos desarrollos. Eventualmente, los miembros de la familia observadores también gratifican a los participantes, y para la cristalización del cambio esto es más significativo que la ayuda prestada por el terapeuta. Cuando se da un cambio y los miembros de la familia resuelven un conflicto de manera nueva y diferente, la gratificación está en la resolución actual del conflicto, el dominio de los nuevos patrones de interacción —aunque sólo sea temporalmente— y la ayuda emocional de la familia como grupo.

Implícita en esta técnica de terapia familiar está la idea de que la gente puede aprender no sólo del conocimiento claro de sus conflictos neuróticos, sino también por el dominio de soluciones alternativas a los conflictos. El terapeuta debe tener presente que, en orden a producir cambios, debe considerar no sólo las áreas de conflicto y la manera en que las estructuras de carácter del paciente afectan o influyen la evolución, sino también la posibilidad de incrementar el sentido de dominio del paciente, ofreciéndole distintas maneras de funcionar y ayudar a percibir soluciones alternativas a los conflictos. No es infrecuente ver a un paciente en psicoanálisis que, después de haber conseguido un completo conocimiento de la naturaleza de su dinámica y los antecedentes de su funcionamiento neurótico, rechaza los viejos patrones de respuesta, pero, no obstante, sigue con dificultad para seleccionar nuevos modos de experimentación en la vida.

Idear las estrategias para la asignación de tareas en la terapia familiar del conflicto-resolución requiere una clara comprensión de las dinámicas individuales y cómo se manifiestan en las transacciones familiares, así como en los patrones familiares de comunicación. Estas estrategias deben ser flexibles, respondiendo continuamente a los cambios que la familia está sufriendo. En este grupo se debería recalcar que cuando se insinúa una interacción de una manera no habitual, lo que se intenta no es romper un hábito por la simple fórmula de crear otro; la atención viva para ocultar patrones y motivaciones subyacentes se está incrementando, al mismo tiempo que se ofrece la experiencia de atacar un problema con diversas alternativas.

El rol del terapeuta en esta técnica es más y menos central que en la terapia familiar tradicional. Aquí es algo así como el director de un juego, que pide a los miembros de la familia que intenten cumplir sus instrucciones, les presiona para que busquen repertorios de interacción distintos de los habituales y les exige que satisfagan sus expectaciones. También representa su rol tradicional, interpretando dinámicas subyacentes y enseñando a la familia un nuevo lenguaje experimental. En la sala de observación orienta las percepciones de los miembros observadores; también actúa como el eslabón que engarza, cuando viene un nuevo miembro a la sala de observación, enterándolo de lo que está pasando. Al mismo tiempo, como los miembros de la familia son a la vez participantes y observadores e incluso terapeutas en cierta manera, cuando vuelven a la sala de terapia para ayudar a los otros miembros corrigiendo sus transacciones defectuosas, el papel del terapeuta es parcialmente descentralizado. Cuando está en la sala de observación, los miembros de la familia participantes están solos en la otra habitación forcejeando por sí mismos con los conflictos transaccionales; están ensayando en ese momento en las sesiones terapéuticas, sin la ayuda del terapeuta, nuevas modalidades de interacción mutua.

Una última advertencia: La terapia familiar de conflicto-resolución en manos de un terapeuta inexperto se puede prestar a una ostentación autoritaria del poder y a una manipulación artificial de la gente. El único camino para el desarrollo de tareas significativas es una comprensión profunda de la dinámica familiar.



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