¿Debe la esposa pedirle a su suegra que se vaya de la casa? ¿Debe exigirle que se vaya? ¿Debe abandonar a su marido si la suegra no se va? No me compete responder a esas preguntas. Mi tarea es ayudar a cada individuo con su propia manera de hacer frente a las dificultades, de manera que él o ella podrán decidir qué es lo que funcionará mejor de acuerdo a sus circunstancias.
En la familia de ayer, resultó que ocasionalmente la segunda chica hablaba de suicidarse. Y había muchas expresiones de odio entre ella y la madre. En lugar de responder a ese odio, leí en mi interior que esas dos personas deseaban con gran intensidad conectarse entre sí, pero había todo tipo de barreras para impedirlo. Ya sabía yo que la esposa-madre consideraba a esa hija en especial como una persona con los mismos problemas que la madre misma había tenido, y que se sentía muy mal al ver esos problemas en su propia hija. Aparentemente la madre estaba tratando de resolver esas dificultades en sí misma, a través de los intentos de disiparlas en su hija. Desde luego, esa era la razón de que las dos no se llevaran bien.
Les pedí que se sentaran una cerca de la otra, ya que en ese momento el nivel de confianza que ya se había establecido era suficiente para permitirles arriesgarse. Primero les pedí que cambiaran a una posición en la que pudieran verse con claridad y pudieran tocarse estirando el brazo. Después les pedí que se vieran una a la otra. En seguida les pedí que cerraran los ojos y me describieran lo que habían visto. Eso resultó muy interesante. La esposa-madre dijo que veía a una niñita a la cual no había cuidado bien, y que se sentía muy culpable. Empezó a sollozar un poco. Cuando pregunté a la hija qué era lo que había visto contestó que simplemente había visto a su madre. Después de que la madre habló, la chica me dijo: "Eso pasa. Siempre me ve como si fuera yo un bebé".
En ese momento me di cuenta de que esas dos mujeres no se veían como en realidad eran en esa etapa de su vida; se veían en términos de experiencias pasadas. A menos que esto cambiara, continuarían viéndose una a la otra así y los problemas entre ellas aumentarían cada vez más.
Una de las críticas que la hija había expresado antes era que la madre siempre la trataba como a un bebé. Cuando la madre reveló la imagen que vio con los ojos cerrados, le señalé que en realidad estaba viendo a su hija de trece años como si fuera una lactante. Después de preguntarle a la madre su edad, señalé a la hija que estaba frente a una persona de 36 años de edad. Afirmé que se trataba de dos damas (usé esa palabra), Cynthia y June, que se estaban contemplando entre sí. Expresé en voz alta mi duda de si en realidad se veían como Cynthia y June. Les pedí entonces que se vieran una vez más y me dijeran, después de cerrar los ojos, qué era lo que veían.
Uso el término "actualizar" para describir lo que estaba yo haciendo. Las estaba yo "actualizando." Cuando June (la madre) habló, dijo que había visto a una chica de trece años, atractiva, y que esa imagen era por completo nueva para ella. La hija dijo que había visto a su madre y la expresión en sus ojos, y que le pareció haber notado una agradable manifestación de cariño. Ambas dijeron que en ese momento habían sentido algo muy diferente una acerca de la otra.
La familia abordó entonces otra situación que involucraba a la hija mayor y al padre. La chica tenía casi 18 años y el padre todavía insistía en que regresara al hogar temprano. Resultó que este hombre, debido a sus problemas psicológicos y físicos, no había evolucionado aún al punto de considerar que el único sostén que daba a su familia era el económico. Su esposa trabajaba desde las 2:30 de la tarde hasta la media noche más o menos, lo cual implicaba que casi todo el manejo de la familia estaba en manos del esposo. Se había puesto de acuerdo con la hija mayor para que ella cocinara la cena. Aparentemente, la hija, también compraba los comestibles. El padre exigía que la chica regresara temprano a casa, y ella sentía esa exigencia como una afrenta o un tipo de imposición.
Pedí al padre y a la hija que se sentaran uno frente al otro y que trataran de escucharse. Guíe el proceso de escuchar y les ayudé a percibir que no se estaban hablando en términos de lo que el otro decía, sino exclusivamente en términos de cómo uno quería controlar al otro. Después de esto, pareció como si el padre y la hija hubieran logrado un nuevo acuerdo.
En ese momento de la entrevista, se aclaró que el esposo y la esposa tenían gran temor de lo que sucedería con sus hijos. Revelaron que ambos habían tenido progenitores que los abandonaron a temprana edad. Ambos fueron educados por abuelos angustiados acerca del futuro de los chicos. Y esa angustia se transfirió. Sin saber esto, la mayoría de los hijos de esa familia habían interpretado los esfuerzos de protección de los padres como algo contra los hijos. No habían entrado en contacto con la otra parte de los progenitores. Al mismo tiempo, los padres habían percibido a sus hijos como a seres peleones y desagradecidos. Pudimos establecer nuevas conexiones.
A lo largo de la entrevista, tuve la imagen mental de contenidos que fluían hacia afuera y conexiones que se establecían. Utilizándome de manera muy activa, escogí momentos para establecer nuevas conexiones (por ejemplo entre la madre y la hija). Cuando los miembros de la familia empezaron a tocarse, la madre dijo que esperaba que el hijo más pequeño la abrazara. Cada vez que el chico llegaba a casa, simplemente le daba "un abracito" y ella se sentía defraudada. Abordamos el tema del cariño en la familia y de cómo los individuos lo mostraban. Hasta ese momento el tema había sido tabú. Al finalizar la entrevista, dado que sentí placer y afecto hacia los miembros de la familia, fue espontáneo para mí abrazar a cada uno de ellos. Después de que había yo abrazado a la madre y empezaba a hacerlo con las dos hermanas, oí una risita emanar de los dos chicos de 14 y 12 años de edad. Por mi mente cruzó el hecho de que esos dos muchachos estaban en un periodo en que podría ser incómodo para ellos el hecho de abrazarse. Al mismo tiempo, sentí que deseaban algún tipo de expresión de cariño de mi parte. Cuando me volví hacia el primero de ellos, comenté que había yo oído la risita y que tal vez un abrazo sería un poco molesto para ellos. No obstante, dije también que deseaba manifestarles que sentía yo afecto hacia ellos. Procedí entonces a darles un apretón de manos extra-cálido y una palmada en el hombro; trate así de respetar el tipo de persona que eran en ese punto de su vida y al mismo tiempo traté de enviar mi mensaje. Fue interesante que me dirigí al padre al último: tuve la sensación de que casi estaba formado en cola, esperando, y que estaba dispuesto a abrazarme pero sin pedirlo con claridad. Cuando hice el ademán de abrir mis brazos, con facilidad se acercó a mí para recibir el abrazo. Sé que en el pasado, muchos hombres consideraban que no era masculino sentir afecto; por eso quise mencionar al padre un comentario que Bob Hope hizo hace muchos años, acerca de un individuo que "se congeló porque nadie lo mimó." Eso ayudó al padre a recibir de manera aceptable mi manifestación de afecto.
Las personas que observaron la entrevista de ayer, pudieron ver cómo la vida podía revestir nuevos aspectos para todos los miembros de la familia. Ahora me doy cuenta de que cuando pienso en mis sesiones de tratamiento, las considero experiencias de contacto humano que para mí, sin ser mística, crean la sensación de que emprendí una jornada y una aventura con otros seres vivos. Espero que como resultado de nuestra jornada, los individuos se sientan más vivos, más dignos de amor, con más esperanzas, y más creativos, y que vean nuevas maneras de utilizarse a sí mismos y conectarse entre sí. A menudo veo a los pacientes sólo una vez. Mi esperanza es que cada entrevista abra una nueva ventana para que cada persona se asome a ella, y que como resultado se sienta más a gusto consigo misma y logre hacer las cosas con más creatividad cuando involucre a los otros miembros de su familia. Esto es en realidad lo que quiero decir cuando declaro que me ocupo del proceso de hacer frente a los problemas y no del proceso de resolver problemas.
Quisiera comentar una vez más acerca de cómo uso las posiciones de comunicación para ayudarme a desarrollar cambios en el proceso de enfrentar problemas. Mencioné cuatro posiciones que, en alguna combinación, aparecerán en todos los individuos que tienen problemas para enfrentar dificultades. La posición aplacadora, la acusadora, la super-razonable y la irrelevante aparecieron en la familia de ayer. Por cierto, cada vez me percato más de que el ideal de los países sajones acerca de lo que una persona debe ser, en realidad se relaciona con lo que llamo la respuesta super-razonable. Esto implica: "¡No importa lo que pase, no hay que mostrar sentimientos!," lo cual es triste pero verdadero.
Las posiciones de comunicación no son rígidas ni inmutables, pueden "renovarse." Si uno maneja los problemas con respuestas aplacadoras, uno de los daños internos es que uno se da a sí mismo el mensaje de que uno no tiene gran valor. No obstante, si se encuentra la manera, es posible renovar la capacidad de ser tierno, y darse cuenta de ella, en vez de sentir simplemente que todo mundo, de manera automática, tiene que ser siempre agradable para otros.
La posición acusadora, renovada, se convierte en la capacidad de defender los propios derechos. Todos necesitamos ser capaces de hacer eso. Pero hay que hacerlo de manera realista y consciente, y no de manera automática.
La posición super-razonable, renovada, se convierte en el uso creativo de nuestra inteligencia. Es delicioso usar la inteligencia, pero si se utiliza sólo para protegerse a uno mismo, se convierte en algo aburrido y estéril.
La irrelevancia renovada se convierte en la capacidad de ser espontáneo y nos da nuevas direcciones para darnos cuenta de nuevas realidades.
Uno de los problemas más difíciles para un terapeuta es enfrentarse a una persona super-razonable, como el padre de la familia de ayer. Los individuos super-razonables se sientan muy quietos y rectos; mueven la cara muy poco y hablan de manera monótona y siempre muy razonable. Tiene uno la impresión de una especie de sequedad acerca de esa persona; sea hombre o mujer, parecen estar encerrados dentro de sí mismos. Sucede que en la familia de ayer el padre había sido un ministro fundamentalista y tenía fuertes sentimientos acerca de lo correcto y lo incorrecto. Noté que respondía de la misma manera a todos mis acercamientos (mi apretón de manes, mis preguntas y mis afirmaciones). Sentí que escuchaba, pero no siempre estuve segura de que comprendía.
He notado, y continúo notando, que las personas que organizan sus respuestas de esta manera utilizan muchas palabras para decir algo. En el momento en que sea posible, me parece importante tratar de entrar en el tono de ese individuo, de una manera que lo toque. Por eso, cuando alguien se organiza utilizando vocablos muy doctos y siendo razonable, lo natural para mí es hablarle también en ese nivel. A menudo los terapeutas se aburren con personas que hablan demasiado. No obstante, creo necesario dejarlos que hablen lo suficiente para que pueda yo entender lo que me están diciendo a un meta-nivel. El hombre de ayer me había contado acerca de sus repetidos esfuerzos para lograr lo que él quería hacer, y acerca de cómo había fracasado una y otra vez. Contó su historia de una manera seca, sin emoción en su voz. Conforme lo escuché, me di cuenta de que sonaba como si se hubiera dado ya por vencido. Le pregunté qué había sucedido con sus sueños. Me dio la impresión de que había renunciado a ellos. Empecé a ver una luz en sus ojos. La mitad inferior de su cara no cambió en especial, pero sus ojos se abrieron un poco más y había un poco de luz en ellos. Conforme escuché su respuesta, dijo que era verdad, que ya no tenía sueños. Habían muerto.
En mi mente imaginé la escultura de un cuerpo interior sin vida y una dura coraza externa. Utilizo estas posiciones y maneras de comunicar que escucho y veo en mi mente como mis guías para el tipo de intervención que llevo a cabo con las gentes. Si lo hago de manera confiada, comprensiva, y prestando atención al contexto, emergen nuevas maneras de entender las cosas. Cuando terminé la entrevista de ayer, la cara entera del esposo había empezado a responder, no sólo sus ojos.
Quisiera agregar aquí algo que considero verdadero para mí y para otros. Cuando escucho a alguien, también lo veo y me doy cuenta de las partes que se mueven en él o en ella. Me doy cuenta de todos los cambios que pueden estar sucediendo en la persona. Escucho con todo mi ser, con todos mis sentidos.
Quisiera mencionar un elemento importante. Lo llamo "el campo de energía." Me parece importante porque va asociado al hecho de tocar a una persona. En torno a cualquier individuo bien integrado, existe un campo circular de más o menos 90 cm. de diámetro. En el borde de este campo, uno puede sentir vibraciones (¡por lo menos yo puedo!) que son como líneas territoriales no reconocidas que rodean a la persona. Cuando el individuo está relativamente bien integrado, se siente que esas líneas son elásticas. Si uno se acerca a ellas, primero se experimenta la sensación física de que existen, se siente la impresión de que topó uno contra algo; si ese algo es elástico, uno sabe que ya está dentro del campo de energía y que tal vez será posible extender el brazo y tocar al individuo. Respeto esas líneas. Por eso me mantengo a una cierta distancia de la persona. Si me acerco más, ya sentí si sus linderos me lo permitirán o no. Parece haber una relación entre la confianza que se va desarrollando y la elasticidad del lindero.
Cuando me enfrento a personas que están muy lejos de conocerse a sí mismas, siento que el campo de energía mide solo de 5 a 8 cm. Tengo que hablar mucho con ellos antes de sentir vibraciones de algún tipo. Siento que algo está casi muerto. Virtualmente tengo que poner mi cara muy cerca de la de esa persona para poder sentir indicios de una presencia. Cuando los individuos tienen gran violencia interna, el campo que las rodea mide un poco más de metro y medio, y me doy perfecta cuenta de los linderos. Tendemos a usar demasiado la palabra "vibraciones;'* no obstante, sé cómo sentirlas, y respeto mucho cada lindero. Es imaginario, pero puedo sentirlo con mi cuerpo. Cuando estoy cerca de individuos en quienes hay mucha violencia, nunca me acerco antes de empezar a sentir la elasticidad. No sé si explico esto bien, pero es un poco como usar el propio cuerpo para determinar hasta dónde puede uno llegar.
Esto es de gran importancia en todos los actos que tienen que ver con tocar a una persona, ya que no tocaré a nadie a menos que sepa yo que el lindero de dicha persona es elástico.
La visión también tiene un papel en esto. La distancia a la cual uno puede ver a alguien, verlo en realidad., es probablemente entre dos y medio y tres metros. A los tres metros se perciben bien los límites, pero no los matices. Al metro y medio se puede ver bastante bien, y a los 80 cm. mucho mejor. En las entrevistas, deseo colocarme, lo más pronto posible, donde me puedan ver y escuchar. El proceso de acercarse es muchas veces también la manera lenta de entrar en contacto con alguien. No es posible juzgar lo que se debe hacer; hay que decidir de acuerdo con lo que uno siente. Hay quien me ha visto trabajar con una familia y tocar a los miembros y dice: "¡Ajá, ya veo! Todo lo que tengo que hacer es tocar a las personas." Subrayo que el hecho de tocar tiene que usarse con el mismo cuidado con que se toca una estufa caliente. De manera literal, el terapeuta va palpando paso a paso qué es lo correcto. Por eso cuando entreno terapeutas, trato de ayudarlos a que perciban sus propios cuerpos. Por ejemplo, cuando los individuos se ven invadidos por rabia asesina, es útil para mí estar en una posición en que los pueda yo ayudar, pero sin quitarles espacio. No creo que tocar a un individuo en esa situación funcione. Tal vez algunos de los lectores hayan notado que cuando alguien está lleno de rabia y uno se acerca a tocarlo o tocarla, es posible que reciba uno un golpe. Esto sucede, no porque la persona desee matarnos (aunque en esos momentos de exacerbación podría hacerlo), sino porque en ese momento se han violado los linderos del individuo.
Volviendo a la entrevista de ayer, me pregunté acerca de los sueños de los otros miembros de la familia. Durante unos momentos platicamos acerca de los sueños que no se habían realizado. El sueño de la esposa había sido tener con su marido una vida diferente a la que había vivido. Dijo que había iniciado su matrimonio tratando siempre de dar gusto a su esposo. Eso fue lo que le enseñaron a hacer. Ahora estaba cansada de lo mismo. Le pregunté si estaría dispuesta a hacer un pequeño cuadro conmigo. Asintió. Le pedí que se arrodillara en el piso y mirara hacia arriba, hacia su esposo, a quien pedí que se colocará de pie, subido en una silla. Pregunté entonces a la esposa si lo que estaba haciendo se parecía en absoluto a algo que ella había hecho antes. Contestó afirmativamente, y dijo que ya no quería estar en esa posición. Pregunté entonces al marido cómo se sentía allá arriba, y él contestó que no le gustaba ver a su esposa abajo ni estar él encima. Pedí entonces a ambos que arreglaran las cosas de manera que ambos se sintieran cómodos. Desde luego acabaron viéndose a los ojos, al mismo nivel uno y otro. Después de hacer todo esto, ciertas expresiones de esperanza comenzaron a aparecer en la cara de ambos.
Quiero subrayar aquí que cuando escucho a una persona manejar sus respuestas de una manera super-razonable, entro en ese tono y nivel de intelecto, pero de una manera en que pueda yo dar al individuo la sensación de que de verdad lo estoy escuchando y viendo. Si pongo entonces mi atención en otra persona que utiliza una posición aplacadora, como la esposa de la entrevista de ayer, trato de entrar en contacto con lo que ella esperó obtener para sí misma y le ayudo a hablar de algunos de sus anhelos y de su soledad. La esposa logró hacerlo, pero todo ese material no hubiera aparecido si yo no hubiera preguntado de manera específica.
Cuando me enfrento a individuos que culpan a otros, como la segunda hija mayor de la familia, tengo que entrar en contacto con el anhelo que esa persona tiene de establecer un vínculo con otros. En la entrevista de ayer apliqué esto cuando, en lugar de ocuparme de todos los sentimientos de odio, pusimos nuestra atención en los sentimientos de la chica acerca de sí misma y en su deseo de vincularse con su madre. Me di cuenta de que en ambos casos estaba yo tratando de ayudar a cada individuo a estabilizarse. En ocasiones lo hice con un toque de mano, o tal vez simplemente al lograr que la persona se mantuviera quieta físicamente durante un momento, para que le fuera posible enfocar la situación.
Me parece importante comentar todo esto, porque cuando me siento a hablar con una familia, mi cuerpo me dice mucho acerca de la posición de esos individuos en la vida, y acerca de sus linderos. Por ejemplo, el lindero está demasiado cerca en torno a una persona super-razonable. Realmente esa es una de las razones por las que se dice que la persona super-razonable no está "disponible." El lindero en torno a una persona irrelevante está fragmentado; es imposible decir dónde se halla. El lindero en torno a un acusador está muy lejos de él y tiene bordes irregulares. El aplacador, en cambio, es un individuo muy interesante; su lindero está hecho de líquido, de crema batida que está empezando a derretirse; existe, pero no es posible decir gran cosa basándose en él. Aunque esta sea una manera algo pintoresca de hablar de una persona y su presencia, es algo en lo que mantengo mi atención con gran cuidado y algo que respeto. Tal vez una manera poética de decirlo sea: lo que uno siente en un momento dado es a qué grado la vida interior de una persona está dispuesta a darse a conocer, con qué grado de miedo y a qué grado va a protegerse para no ser descubierta. Si el terapeuta quiere establecer un vínculo con eso, tiene que respetar los linderos.
Los elementos terapéuticos de mayor valor para mí son mis manos, mi cuerpo y mi piel para sentir lo que está sucediendo, mis ojos para ver, y los vínculos que mis sentidos establecen. Como considero las manos como un elemento de gran importancia, trato de ayudar a las gentes para que eduquen sus manos. Otra de mis tareas en mis relaciones de cariño con la gente, es ayudarlos a que eduquen sus cuerpos y se den cuenta del espacio y de los linderos. Estoy convencida de que eso es lo que importa para establecer vínculos. Puedo entonces definir intimidad, simplemente como la libertad de respetar los espacios entre individuos, la posibilidad de entrar cuando nos invitan, y de no invadir cuando no nos invitan. Esa es la intimidad real.
Las gentes me preguntan: "¿Cuánto dura una entrevista?'' El tiempo necesario para que sea posible encontrar y abrir una nueva ventana que los miembros de la familia puedan usar. Una entrevista puede durar de dos a tres horas. Ya no trabajo en práctica privada: cuando lo hacía, calculaba yo tres horas como mínimo para una entrevista inicial. Quería yo que las gentes terminaran la entrevista con algo nuevo, con lo cual pudieran experimentar y vivir. Esto quiere decir que los individuos salen de mi consultorio habiéndose dado cuenta de algo nuevo que pueden usar. Tal vez se trate de algo pequeño o grande, pero ese nuevo conocimiento implica cierto tipo de esperanza; la esperanza de que pueden hacer algo diferente acerca de ellos mismos, y de que la vida puede ser diferente para ellos de alguna manera.
Establezco un programa para que las sesiones siguientes ocurran cada vez que un nuevo paso está a punto de aparecer. La pauta no es rígida. Pienso que cada entrevista tiene vida propia. Nada asegura que mañana voy a estar aquí para verlos de nuevo, o que ustedes van a estar aquí. Trabajo hacia una nueva posibilidad y redondeamos algo cada vez que la familia y yo nos despedimos. Esto no quiere decir que todo el trabajo ya terminó. El trabajo nunca se termina, ya que podemos continuar creciendo para siempre. El final de una entrevista sí implica que al cabo de ese tiempo tenemos algo nuevo que puede ser útil.
Por ejemplo, con la familia que vi ayer, terminé diciéndoles que había yo gozado estar con ellos y haber sido parte de su vida durante dos horas; que en realidad me hubiera gustado poder continuar siendo parte de ellos, pero que las necesidades de mi vida no lo permitían. Dije que si por casualidad nos encontrábamos de nuevo, me daría mucho gusto. La idea es que una entrevista tiene vida propia y la próxima entrevista también tendrá su propia vida. Si continuamos creciendo de verdad, cada entrevista tendrá una nueva vida y será por completo diferente. Las gentes estarán en una posición distinta, y el terapeuta también. De todos modos, esa es mi manera de ver las cosas.
Prometo a las gentes que les diré y les mostraré todo lo que pueda. No les puedo prometer que les diré todo lo que está en mí, ya que no lo conozco. Sólo puedo comunicarles lo que sé que existe. Muchos de los lectores tal vez escuchen cosas que no intenté decir pero que son ciertas de cualquier manera. Mi esperanza es que tal vez ustedes hayan encontrado nuevas ventanas. Igual que con la familia de ayer, he tratado de abrir aquí nuevas puertas para ustedes. Espero que les sean útiles.
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