Quisiera empezar con una descripción de lo que me sucede cuando pienso acerca de cómo utilizar mi propia persona en el papel de alguien que desea ayudar a otros. En primer lugar, un individuo y su familia (porque casi siempre pienso en el contexto familiar) no buscarían mi ayuda profesional si no estuvieran sintiendo algún tipo de dolor o sufriendo algún tipo de problema que quieren resolver. De alguna manera, siento que los pacientes han admitido (o le han dicho a otros): "Ya llegamos al límite de nuestra capacidad para tolerar la crisis. Estamos buscando una manera mejor de hacer frente a los problemas."
Las personas no siempre ponen esta idea en palabras. A veces sólo dicen: "Me duele" o "Alguien está haciendo algo malo." Interpreto estas palabras como la búsqueda de una nueva capacidad para lidiar con los problemas de su vida, experimentar más alegría y menos dolor y, tal vez, lograr más productividad.
Considero a todos los individuos como representantes de la vida, en cualquier forma que sea. Cuando las gentes necesitan ayuda o tienen algún tipo de problema, la manera en que se manifiestan —la apariencia que adquieren y la manera y el tono en que hablan— puede ser muy desagradable, muy hermosa o muy dolorosa. Bajo todas estas apariencias, veo al ser humano que, en mi opinión, se utilizaría a sí mismo o a sí misma de manera diferente si pudiera entrar en contacto con la vida que posee y representa. Cuando me encuentro con cualquier ser humano en mi mente lo despojo de su exterior y trato de ver el interior, que es la parte de la persona que llamo autoestimación o sentido de la propia valía.
Con cierto afecto, he dado el nombre de "la olla" a esta parte del ser humano. La "olla" busca maneras de manifestarse, de modo que me acerco a un individuo dándome cuenta de esa búsqueda. Existe en cada persona un área que él o ella no han tocado ni percibido. Sé que la tienen dentro, y mi convicción es tan fuerte que para mí es un hecho irrefutable que dicha área existe. Nunca pregunto si la persona tiene vida dentro. Sólo pregunto cómo será posible tocar dicha vida.
Una familia que entrevisté ayer está fresca en mi memoria. Trataré de relatar, de la mejor manera que pueda, qué sucedió entre la familia y yo. Describiré lo que comprendí acerca de lo que me estaba sucediendo, y cómo utilicé esa comprensión para tocar la autoestimación de cada miembro de la familia. Se trataba de dos adultos casados entre sí, que también eran el padre y la madre de cinco hijos, la mayor de 18 años y el más pequeño de cinco. Desde luego, tenían algún tipo de problema puesto que buscaron tratamiento conmigo. Esa era la parte obvia.
Para empezar, no me preocupó mucho el problema especial sino más bien traté de aprender y entender cómo cada persona de esa familia vivía su vida con los otros y consigo mismo o misma. En mi opinión, siempre existen dos vidas que coexisten en todo momento: la que tengo conmigo misma, y la que conduzco con otras personas importante para mí. Cuando me encontré con la familia, yo no sabía qué iba a descubrir, ni cómo se manifestarían los miembros de esa familia en especial; sólo sabía que estaban sufriendo y que cada uno tenía dentro algo que se podría tocar y desarrollar hacia el crecimiento.
Primero me presenté ante cada individuo. Me doy perfecta cuenta de que las personas en general no se consideran a sí mismas como individuos de valía. Siento que no es posible promover cambios en ellos a menos que empiecen a verse como seres con valía. Yo, como terapeuta, me convierto en el primer medio a través del cual una persona entra en contacto con su propio sentimiento de valía. Cuando me presenté ante la familia en cuestión, este proceso se inició. Extendí mi mano hacia el esposo-padre primero, y después hice lo mismo de manera subsecuente con el resto de la familia.
Me gustaría hablar acerca de esa parte de la experiencia. Sería útil que el lector se imaginara la situación conforme la voy describiendo. En primer lugar, suponga usted que lo acabo de conocer, que se encuentra usted con otras personas, tal vez miembros de su familia, y yo, de pie frente a usted, extiendo mi mano al nivel de la suya. Conforme nuestras manos se acercan y usted me da la suya, siento una conexión. En ese momento lo estoy mirando. Estoy en contacto con sus sensaciones cutáneas y con las mías propias, y durante ese momento no existe nadie más en el mundo excepto usted y yo. Usted es el receptor de toda mi atención durante ese momento, y puede sentir que me estoy conectando con su persona. Yo siento que le estoy entregando a usted mi propia persona. Acompaño esto con una sonrisa, para comunicarle un saludo hacia usted y hacia su vida, como representantes de toda la vida. Este tipo de experiencia me permite sentir que me he conectado con otra forma y otra manifestación de la vida. La de usted. Considero dicha manifestación como la base de todo lo que un individuo es.
Conforme saludo a cada miembro de su familia, gozo dentro de mí ese contacto en el área cutánea y en todas las áreas, y eso de alguna manera me afirma. Vivo la experiencia de entrar en contacto con otro ser viviente, y esa es la plataforma o la base de la cual vamos a partir. Por eso no inicio la sesión de tratamiento discutiendo el problema, sino más bien establezco esa conexión básica a un nivel humano con cada persona. Desde luego, los individuos vienen a mí buscando ayuda; si supieran qué tipo de ayuda necesitan, probablemente la obtendrían por sí mismos y no me buscarían. Han llegado al límite de su capacidad para encontrar soluciones y quieren ayuda, pero probablemente lo único que perciben es que sienten sufrimiento.
Mientras establezco ese primer contacto con ellos, escucho cómo me responden; pero más tarde escucharé también cómo unos responden ante los otros. Empiezo a darme cuenta de lo que han hecho y de cómo han utilizado sus experiencias desde el momento en que brotaron de la matriz hasta ahora. Algunos lectores tal vez conozcan las actitudes que utilizo para abreviar el proceso. Uso cinco adjetivos para describir cómo los individuos se comunican entre sí: las respuestas pueden ser aplacadoras, acusadoras, super-razonables, irrelevantes y fluidas.
Al empezar el tratamiento no espero que la familia exhiba muchas respuestas fluidas, dado que el hecho de que no presenten dichas respuestas es probablemente una de las razones por las que enfrentan los problemas de la manera en que lo hacen. También subrayo el hecho de que veo a las gentes frente a mí como personas que están haciendo todo lo mejor que pueden con lo que han aprendido, y creo que lo que han aprendido representa para ellos la mejor manera en que saben sobrevivir. Algunos de los lectores tal vez sepan que he traducido las diferentes clases de respuestas en forma de posiciones corporales. Conforme transcurre la entrevista, voy haciendo retratos mentales de cada individuo frente a mí, y los traduzco en posiciones físicas que representan cómo se comunican.
Por ejemplo, en la familia de ayer, vi al hombre produciendo respuestas super-razonables. En mi imaginación lo vi de pie, erguido, con muy poco movimiento, hablando de una manera más bien monótona. Vi a la mujer hincada frente a él, en una posición aplacadora, pero al mismo tiempo —sin que él lo percibiera— lo señalaba con un dedo acusador. Vi a la hija mayor de pie, super-razonable, igual que su padre, sin dirigir su mirada hacia ninguno de los dos progenitores, pero con un dedo que apenas se percibía, señalando acusadoramente al padre. Vi a la hija siguiente señalando a su madre de una manera deliberada y muy obvia, y vi al hijo siguiente de pie, muy cerca de su madre, aplacándola. Por último, vi al chico más joven produciendo respuestas irrelevantes, moviéndose de un lugar a otro, incapaz de unirse con nadie. También observé que la chiquilla más pequeña, de cinco años de edad, se encontraba en una posición irrelevante.
Conforme iba yo elaborando estas imágenes mentales, era importante respetarlas, ya que representaban la mejor manera que esas personas habían desarrollado para hacer frente a los problemas. Sus formas de aplacar, culpar, ser super-razonables o irrelevantes, habían constituido un sistema familiar en el que nadie podía en realidad acercarse a la intimidad de los otros. Era muy probable que cada miembro de la familia oyera mal lo que otro decía. Cada miembro veía el papel del otro, y no a la persona real. Según esto, mi búsqueda y mis esfuerzos se encaminaron a ayudar a esas gentes a convertirse en seres reales, uno ante el otro. Miré a la familia, y en mi interior sentí cómo respondían a mi contacto. Por cierto, el contacto completo da el mensaje de que la otra persona es importante para uno de manera profunda y personal; considero dicho contacto como una base vital para desarrollar cualquier cambio. Tiene que establecerse un alto nivel de confianza. Si las personas de la familia no sienten que pueden confiar en mí, no creo que seamos capaces de efectuar cambio alguno.
Cuando entré ayer en el consultorio, la familia estaba sentada en sillas distantes entre sí, y parecían ser los blancos de una galería de tiro. Había una mesa frente a ellos. Al contemplar la escena, sentí que sería muy incómodo trabajar en ese contexto. Creo, con gran convicción, que el sitio donde cada miembro de la familia se sienta (lejos o cerca unos de otros), y la manera como se sientan, son datos muy importantes. Requiero que el sitio donde vamos a trabajar sea cómodo; es decir, los reacomodo para que pueda yo ver a todos. Me siento a poca distancia de cada persona, de modo que todos me puedan tocar si estiran su brazo. Tiene que haber suficiente espacio para que la familia y yo nos podamos mover con libertad dentro del cuarto. Este espacio es necesario porque a veces pido que los miembros de la familia trabajen en parejas, o uso "esculturas familiares," o inicio algún otro tipo de actividad que requiere espacio. Una mesa o cualquier otro obstáculo hacen que los movimientos sean difíciles. En la sesión de ayer moví la mesa y la fijé de tal manera que pude sentarme a sólo un paso de cada miembro de la familia, muy cerca de establecer contacto físico con ellos.
La pequeña de cinco años estaba a mi derecha. En un momento dado noté que se había movido hacia atrás un poco. Para ese entonces ya tenía yo la impresión de que todos la consideraban como la buscapleitos de la familia, y que ella se sentía excluida. Pasé mi mano tras su espalda —que era agradable y redonda— y gocé la alegría de tocarla. Creo que ella sintió un mensaje que la animó a ser parte del grupo. A lo largo de la entrevista, ese intercambio sucedió varías veces.
Uno puede tocar a otros de muchas maneras. Cuando entreno a terapeutas, les he dicho que es importante desarrollar "ojos y oídos" en los dedos. Los miembros de una familia se tocan entre sí todo el tiempo. Se dan bofetadas, se empujan, se dan empellones, se abrazan, etcétera. Estoy segura que el lector sabe que las maneras de tocar a alguien tienen diferentes significados, de modo que no se trata de simplemente tocar a los miembros de la familia; se trata de enviar el mensaje que uno desea comunicar a través del acto de tocar a la persona.
Líneas atrás me referí a cuan necesario es que se desarrolle confianza hacia el terapeuta; la atmósfera de la entrevista, gracias a dicha confianza, tiene que ser tal que los individuos empiecen a hablar de lo que llamo "cosas inexpresables" —lo más íntimo para los miembros de la familia, sus preocupaciones, sus miedos y sus esperanzas. No sé si pueda yo expresar esto con suficiente énfasis. Para mí, el hecho de que los individuos digan lo que hasta entonces era inexpresable es mucho más importante que lo que dicen.
A veces las personas se tardan un poco en percibir que lo que digan será escuchado y entendido, y no será censurado para decidir si lo que han dicho es correcto o no. Desconozco maneras de ayudar a una persona a entrar en contacto consigo misma, a menos que esa persona pueda exteriorizar cualquier material que tenga dentro. Muchos lectores sabrán que en nuestra sociedad no es habitual revelar lo íntimo. No obstante, para crear el contexto y la manera de trabajar que promoverá cambios, me parece que nadie debe sentirse en peligro de ser castigado, por lo menos no ante mí, no importa lo que diga. Es mi responsabilidad tomar cualquier expresión que un miembro de la familia ofrezca, y convertirla en un testimonio viviente de la situación en la cual esa persona se encuentra en ese momento. Lo que cada individuo dice tiene que ser entendido por él mismo o ella misma, y por todos los otros miembros de la familia. Esto quiere decir que tenemos que aclarar con gran detalle todo lo que se dice, para que la familia pueda entender lo que cada miembro está tratando de decir en realidad.
Al proseguir la entrevista de ayer, pregunté a cada persona en la familia: "¿Qué espera usted que le suceda como resultado de haber venido aquí?" Supongo que la pregunta habitual que los terapeutas acostumbran hacer es "¿Cuál es el problema?" Me interesa averiguar en qué áreas las personas han encontrado un obstáculo insalvable, pero también siento que mi manera de investigar esto y lo que pregunto ayuda a la persona a centrarse más en sí misma y ayuda también un poco a disminuir las "vibraciones" negativas que habitualmente existen y que se manifiestan en expresiones como "Si él (o ella) se comportara mejor, yo me comportaría mejor," o similares.
En la sesión de ayer, empecé por hablarle a la hija mayor. No sé por qué, excepto que en ese momento, me pareció la mejor manera de iniciar la entrevista. La joven dijo que le gustaría ver a la familia "no pelear tanto." Proseguí con su hermana, quien dijo lo mismo. Pregunté a los otros miembros de la familia si habían notado demasiados pleitos. Todos dijeron que sí. La siguiente imagen que emergió en mi mente fue la de dos muchachas mayores peleando entre sí. Me pareció en ese momento que ellas eran el foco en torno al cual se centraban los problemas de la familia. Me presentaron el argumento de que si las dos chicas no pelearan, la familia viviría mejor. Eso nos llevó a preguntar cuan cómodos se sentirían los miembros de la familia si pudieran expresar ira. Cuando se lo pregunté al padre, contestó que su familia necesitaba educarse en cosas que hasta entonces no habían sabido.
Me gusta organizar una imagen "viva" de la situación lo más pronto posible. Recuerdo que en un momento dado pedí a la chica mayor que señalara a su hermana con el dedo. La mano le temblaba un poco, de modo que yo la sostuve y le pedí que imaginara que en lugar de dedo tenía una pistola en el extremo de la mano. Comentarios como este, hechos en broma, tienden a neutralizar la baja autoestima de las personas y aumentan su capacidad para ver y observar.
Para mí es muy importante distinguir a la persona de sus valores y de la manera como ella se utiliza a sí misma. Hago que los individuos entren en contacto con las diferentes formas en que se usan a sí mismos, y con las alternativas de cómo podrían utilizarse de manera diferente. Procuro hacer esto con un estilo que aumente la autoestimación do las personas.
A menudo me preguntan si después de una entrevista me siento agotada. Respondo que no. Me agotaría si continuamente me preguntara yo dudas como "¿Lo estoy haciendo correctamente?," "¿Me van a amar por lo que hago?" "¿Voy a descubrir una cura?" Si empezara yo a pensar así (lo que llamo ''ponerme en una olla"), perdería yo de vista el sistema y el proceso que está sucediendo, y me centraría en mi propia historia y no en la historia de la familia.
Esto me hace pensar en algo más. Me considero la guía del proceso durante la entrevista, pero no la guía de los individuos. Verifico con ellos todo lo que hago antes de hacerlo. Guío con fuerza el proceso, con base en que sé cuáles son los componentes del proceso mismo que estoy tratando de producir. Quiero ayudar a la gente a que se convierta en diseñadora de sus propias opciones; para poder hacerlo, necesita sentir la libertad de arriesgarse. Un elemento muy importante de esta interacción es el hecho de que verifico con mis pacientes cuan preparados están para emprender algo nuevo; eso los dispone para la experiencia de tomar riesgos. Si tengo algo que ofrecerles, tengo que decírselo; tengo que mostrárselo; necesito preguntarles si lo que ofrezco tiene algún valor para ellos. Si introduzco algo nuevo para una persona y le pido demasiado pronto que esté dispuesta a hacerlo, antes de que ella comprenda, confíe y se arriesgue, la persona no se sentirá lista para aventurarse, y eso es importante.
Suelen preguntarme: "Bueno, ¿y qué pasa si en algo que usted hace le sale el tiro por la culata?" Respondo: "No es raro que eso suceda." En la vida sale el tiro mal cuando uno intenta algo y no funciona. Una vez que eso ha pasado, tiene uno opciones. Puede uno insultarse por haber intentado algo; o puede uno utilizar el fracaso como una experiencia de la vida y aprender de ella. El tiro no salió por la culata en la entrevista de ayer, porque parece que seguí la corriente de la familia y había elementos positivos presentes. Eso es lo más importante. Como terapeuta, trato de darme cuenta de lo que pasa, y mantengo el movimiento positivo, sin hacer el esfuerzo de llevar continuamente una cuenta de lo correcto y lo incorrecto.
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