En cierto sentido puede decirse que la noción de sistema es tan antigua como la filosofía europea. Puestos a definir el tema central del surgimiento del pensamiento cientifico-filosófico con los presocráticos jónicos en el siglo VI a. C., cabría decir: los hombres de las primeras culturas, e incluso los primitivos actualmente, se sienten «arrojados» a un mundo hostil que gobiernan fuerzas demoníacas, cuya acción caótica e incomprensible cabe, a lo sumo, conjurar o influir mediante prácticas mágicas. La filosofía y su descendiente, la ciencia, nacen en el instante mismo en que los griegos aprenden a ver o encontrar, en el mundo de la experiencia, un orden o kosmos inteligible y, por ende, controlable mediante el pensamiento y la acción racional.
Un modo de formular este orden cósmico es la cosmología aristotélica, con sus nociones holísticas y teleológicas concomitantes. El dictum aristotélico, «el todo es más que la suma de las partes», es una definición, aún válida, del problema sistémico fundamental. Aunque la teleología aristotélica fue eliminada en el desarrollo ulterior de la ciencia occidental, los problemas que implicaba, como el del orden y directividad según metas de los sistemas vivos, fueron negados o dejados a un lado, pero no resueltos, de modo que siguen todavía en pie.
Incluso una ojeada superficial a la historia de las ideas mostraría que los problemas que nos ocupan hoy en día bajo el rubro de «sistema» no «nacieron ayer», engendrados por cuestiones matemáticas, científicas y tecnológicas del momento; son más bien expresiones contemporáneas de interrogantes perennes planteados y discutidos durante siglos, bien que en un lenguaje diferente al nuestro.
Cabría circunscribir la evolución científica de los siglos XVI y XVII diciendo que sustituyó la concepción descriptivo-metafísica del universo, sintetizada en la doctrina aristotélica, por la concepción matemático-positivista de Galileo. En otras palabras, a la visión del mundo en cuanto que cosmos teleológico sucede la descripción de eventos mediante leyes matemáticas causales.
Nótese que hemos dicho sustituir, no eliminar, pues el dictum aristotélico de que el todo resulta superior a las partes se mantuvo firme. Debe insistirse en que el orden u organización de un todo o sistema, que trasciende a sus partes cuando éstas se consideran aisladas unas de otras, no es asunto que tenga que ver con la metafísica, ni tampoco constituye materia de superstición antropomórfica o de especulación filosófica; es sencillamente un hecho observable en cualquier organismo vivo, grupo social, o inclusive en el átomo.
La ciencia, empero, no estaba preparada para tratar este problema. La máxima segunda del Discours de la Méthode cartesiano era «descomponer cada cuestión en tantos elementos simples como fuera posible». Esto, formulado también por Galileo como el método «resolutivo», ha sido el «paradigma» conceptual de la ciencia desde sus orígenes hasta el trabajo experimental que se realiza en los laboratorios actualmente: resolver y reducir los fenómenos complejos en procesos y partes elementales.
Este paradigma funcionó admirablemente mientras los eventos observados se dejaban descomponer en cadenas causales aisladas, o sea, en relaciones entre dos o pocas variables. Así fue posible el éxito enorme de la física y de la tecnología a la que aquélla dio lugar. Pero quedaban sin resolver los problemas que implicaban muchas variables. Tal era el caso del problema de tres cuerpos en mecánica, y no digamos ya de la organización del organismo vivo o del átomo, fuera del elementalísimo sistema protón-electrón del hidrógeno.
Para estudiar el problema que suponía el orden u organización se concibieron dos ideas principales. Una, establecer comparaciones con las máquinas hechas por el hombre; la otra, imaginar el orden como producto del azar. La primera fue puesta de relieve en la befe machine cartesiana, que generalizase después LaMettrie con su bomme machine. La segunda encontraría expresión en el concepto darwiniano de selección natural. Ambas se revelaron espléndidamente fructíferas. La teoría que ve en el organismo vivo una máquina con distintos disfraces —desde la máquina mecánica o mecanismo de relojería de las primeras explicaciones de los astrofísicos del siglo XVII, hasta las posteriores concepciones del organismo en cuanto máquina térmica, quimicodinámica, celular y cibernética— explicaba los fenómenos biológicos en sus distintos niveles: desde el de la fisiología de los órganos hasta el de las estructuras submicroscópicas y los procesos enzimáticos de la célula. De manera análoga, el orden organismico como producto de eventos azarosos llegó a abarcar un gran número de hechos bajo el nombre de «teoría sintética de la evolución», incorporando la biología y la genética molecular.
Pese al éxito notable que suponía la explicación de una mayor cantidad de procesos vitales —muchos de ellos harto sutiles—, quedaban por resolver aún varias cuestiones fundamentales. El «animal máquina» cartesiano constituía un principio bastante adecuado a la hora de elucidar el orden admirable de los procesos que actuaban en el organismo vivo. Pero, según Descartes, la «máquina» había sido creada por Dios. La evolución de las máquinas mediante eventos aleatorios parece harto contradictoria.
Las corrientes neovitalistas representadas por Driesch, Bergson y otros, resurgidos a comienzos de este siglo, esgrimieron argumentos muy legítimos que giraban en torno a los límites de las posibles regulaciones en una «máquina», de la evolución por sucesos aleatorios y de la propositividad de la acción; pero seguían usando la venerable «entelequia» de Aristóteles —esto es, un principio o «factor» organizativo sobrenatural— con nuevos nombres y en nuevas descripciones.
Así, la «batalla por el concepto de organismo durante las primeras décadas del siglo XX», para emplear los términos plásticos de Woodger, ponía de manifiesto crecientes dudas sobre la validez del «paradigma» de la ciencia clásica, o sea, la explicación de fenómenos complejos a partir de elementos aislados. Tal estado de cosas hallaba expresión en el problema de la «organización» detectada en cualquier sistema viviente; en la cuestión de si «mutaciones al azar como selección natural proporcionan o no respuesta a todos los fenómenos de la evolución» y, por tanto, de la organización de las cosas vivientes; y en el problema de la directividad a metas, que, aun negado, acaba siempre asomando su fea cabeza.
Tales problemas no eran en modo algunos exclusivos de la biología. La psicología, en la teoría de la Gestalt, había planteado ya la cuestión de que un todo psicológico (las configuraciones percibidas, por ejemplo) no pueden resolverse en unidades elementales como las excitaciones en la retina o las sensaciones puntuales. Por las mismas fechas, la sociología llegó a la conclusión de que resultaban insatisfactorias las teorías fisicistas modeladas de acuerdo con paradigmas de corte newtoniano. E incluso Whitehead comparó el átomo a un «organismo» diminuto.
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