Ante cualquier situación de adversidad se da la voz de alarma, se ponen en funcionamiento nuestros recursos y se actúa según lo resuelto.
Ante una situación de este tipo las actitudes entre una persona y otra pueden llegar a variar notablemente.
Por un lado tenemos a todas aquellas personas, ya sean atletas de alto nivel, actores etc., que se toman esto como un reto y consiguen unos resultados impresionantes, consiguen sacar lo mejor de si mismos.
Por el otro tenemos a otro grupo bastante extenso que en situaciones de alto estrés o exigencia, se hunden. No consiguen hablar en público sin tartamudear o no llegan a dar todo lo que saben y han aprendido en el examen final de carrera.
Lo que hay que conseguir es saber sacarle partido y controlar el pavor, siempre en nuestro favor. Sin infravalorarlo ni sobrevalorarlo, pero sabiendo sacarle partido a sus pros y sus contras.
Lógicamente nuestro temor es mayor cuando se trata de algo desconocido para nosotros. Ante una operación, un examen... cuanto más conocido sea para nosotros el terreno en el que vamos a movernos mucho mejor.
Nuestro temor puede verse activado por diversas razones, no todas las personas reaccionamos del mismo modo ante situaciones parecidas.
Así mientras que yo me puedo encontrar bastante tranquila en un examen teórico, mi compañera puede sentirse mucho más cómoda en uno práctico. O ante el cambio de trabajo, uno se lo puede tomar como un auténtico reto, mientras que para otro puede suponer una verdadera situación de temor.
O ante una cita importante, la actitud de uno puede ser la necesidad de huida, mientras que otro se encuentre ansioso por acudir y comprobar qué es lo que se esconde tras esa oferta de trabajo.
Ante una situación de estrés o miedo, la experiencia de cada uno resulta totalmente diferente. Pero finalmente todos ellos se sienten orgullosos de si mismos por haberse atrevido.
Lo más importante a la hora de tratar de ayudar a alguien que tiene miedo es saber respetar su propia emoción. Lo primero es saber escucharle, sin ridiculizar sus palabras ni tratar de buscar una solución inmediata.
Lo más importante es que lo viva, y al mismo tiempo que se sienta aceptado.
Además si es capaz de expresar en palabras lo que siente y lo que teme, le ayudará a distanciarse de la emoción que siente.
Todo esto acompáñelo de cierta cercanía física, que le haga sentirse comprendido y respaldado. Una caricia, una sonrisa o una mano en el hombro son capaces de levantar el ánimo de cualquiera.
Se trata simplemente de acompañar el miedo del otro, de que el miedo no lo supere, de ser capaz de controlarlo.
Otros artículos de P. Scott en ¡Chasquido!
|