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Temperamento, por Harris Buchert

          -¿Qué quieres que le haga? ¡Yo soy así, así he nacido y así moriré! -¿No crees acaso, que desde que nacemos estamos programados para ser de una manera determinada?



-Pues sí, yo nací con una fuerte tendencia a la depresión y es algo que no puedo evitar, todo lo que me rodea me afecta mucho, lo que produce que me deprima con muchísima facilidad.

-Si tu problema es ese, el mío es que genéticamente yo nací con muy mal carácter, y me altero muy fácilmente. ¡Es algo superior a mí, no puede evitarlo, me enciendo y no consigo dominarme!

¿Pero realmente esto es así? Verdaderamente cada uno nace de un modo, y le es imposible cambiar, porque ya ha sido programado de antemano para que se comporte de ese modo.

En este aspecto se diferencian dos posturas, las cuales se encuentran cada una de ellas en un extremo muy opuesto. Por un lado, están los que llamaríamos innatistas, para los que todo en nuestro temperamento es genético.

Por el otro los ambientalistas, defienden la tesis de que el temperamento no es algo con lo que nacemos, sino algo que vamos adquiriendo poco a poco según el ambiente en el que nos criemos y maduremos.

Sin embargo hoy en día, la mayoría de especialistas optan por un punto intermedio, en el que tanto los genes como el ambiente influyen en el temperamento de cualquier persona. De este modo no hablan de un único determinante, sino de que estos determinantes son muchos y muy variados.

Según han descubierto los expertos, las estructuras verticales en el cortex están bastante determinadas, sin embargo las horizontales son mucho más dependientes de las propias experiencias personales, por lo que se van construyendo conforme pasa la vida.

Podríamos decir que lo que uno vive en su infancia lo marca para su futuro, así por ejemplo cuanto más nos enfademos, más favorecemos esta reacción, y así en un futuro nos resultará mucho más sencillo llegar a esta situación.

Lo que ocurre es que estas reacciones se conviertan en un hábito, lo que irá formando nuestros carácter y por supuesto perfilando nuestro temperamento.

Esto aumenta o disminuye nuestra tendencia para el atrevimiento o el miedo, para la sumisión o el miedo, para el enfado o la comprensión etc.

De este modo lo que deducimos es que el temperamento es el resultado de complejas interacciones entre la historia del individuo y sus propios genomas.

Nuestra manera particular de reaccionar ante lo que nos ocurre es una mezcla entre lo innato y lo adquirido y se irá modificando con el paso del tiempo por los constantes acontecimientos, tanto exteriores como interiores.

Lo que debe quedarnos claro es que somos nosotros los únicos responsables tanto de nuestros actos como de nuestros sentimientos.

Por lo que resulta totalmente inútil acusar o dejar todo el peso, sobre la biología o sobre la genética.


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