Generador de Autoestima
Artículos
Institutos
Metáforas
Libros
Foro de PNLNET
Tablón de Anuncios
Colaboradores
Acerca de PNLNET


Varios
Psicología, coaching y paradoja, por D. Banister

D. Banister

          Pensaba titular este artículo: ¿"Fue alguna vez buena la idea de crear una ciencia psicológica?". Tras someterlo a reflexión, este título me pareció poco digno y destinado al fracaso y lo descarté. Sin embargo, el tema del artículo tiene relación con el título inicial, pues me intereso en él por los sufrimientos personales y filosóficos que conlleva ser psicólogo o coach. No todas nuestras dificultades toman la forma de paradojas, pero muchas de ellas parecen surgir de una paradoja central de la psicología que intentaré describir.



Todas las teorías psicológicas están centradas en un modelo del hombre. Parecen implicar, aunque no necesariamente las establecen, nociones sobre lo que es el hombre. Las teorías psicoanalíticas sugieren que el hombre es un campo de batalla. Un sótano oscuro en el que una solterona bien criada mantiene un combate a muerte con un mono obseso sexual, pelea que es narrada por un empleado de banca bastante nervioso. Por otra parte, la teoría del aprendizaje parece sugerir que el hombre es básicamente una pelota de ping pong con memoria. En una línea parecida, la teoría de la información apunta la idea de que el hombre es fundamentalmente una computadora digital a cuyo constructor se le agotó la cinta aislante.

Sin embargo, estas imágenes intentan ser retratos del hombre y no de los psicólogos que las crearon. Estos comparten el privilegio de los científicos al mantenerse fuera del ámbito de conveniencia de tales teorías. Pese a ello, admitimos con una sonrisa las conversaciones entre psicólogos en las que se comenta que un determinado psicoanalista está escribiendo determinado artículo para sublimar su instinto sexual o bromeamos con la idea de que el libro de cierto conductista es la evidencia de que dicho teórico del aprendizaje sufría de una sobrecarga de inhibición reactiva. Pero en nuestros momentos más solemnes parece que preferimos el punto de vista paradójico de que los psicólogos somos intérpretes, predictores y experimentadores, mientras que el organismo, Dios lo bendiga, es un hueso duro de roer.

Afrontemos el tema de la metaconciencia y la necesidad que de ella tiene el pensamiento psicológico. Si nos atrevemos a afirmar: "el pensamiento es cuestión de A, B y un poco de C", tales afirmaciones debieran subsumir el razonamiento que condujo a ellas. Si subimos a estrados y hacemos generalizaciones sobre el comportamiento humano, estas generalizaciones debieran explicar claramente el comportamiento de subir a estrados y hacer generalizaciones sobre el comportamiento humano.

El atractivo y la enseñanza que muchos hemos encontrado en la teoría de los constructos personales de George Kelly depende en gran parte del hecho de que es una teoría explícitamente metaconsciente. Puede que el químico, cuando escribe sus artículos sobre la naturaleza de los ácidos y álcalis, no se sienta obligado a dar cuenta de su conducta de escribir en una revista en términos de su equilibrio ácido básico. Pero los psicólogos no estamos en una situación tan afortunada.

Dándole vueltas a este tema de la meta-conciencia me viene a la cabeza un tema recurrente en ciertos relatos de ciencia ficción. El maestro químico logra producir un mucílago verde burbujeante en sus tubos de ensayo, un compuesto de gran potencia y propiedades misteriosas. Se sienta a solas en su laboratorio con el tubo de ensayo en la mano, rumiando qué hacer con el brebaje. De repente, se percata de que también el mucílago se encuentra a solas en su probeta rumiando qué hacer con el investigador. Esta pesadilla del químico es diaria en el mundo del psicólogo; los brebajes están siempre preguntándose que harán contigo.

Por descontado que los psicólogos no somos los únicos en preocupamos por el interesante problema de la naturaleza humana. Teólogos, historiadores y políticos, por no citar a madres y camareros, también sopesan la misma cuestión. Sin embargo, los psicólogos vemos inhibidos nuestros razonamientos sobre este tema por el incontenible deseo de ser considerados científicos. En sí mismo, este deseo es una ambición laudable, pero me parece que ha sido interpretado con excesiva estrechez de miras. Muchos psicólogos inician sus razonamientos con la vista fija en los detalles del último experimento, en el alto nivel de significado que debe tener y en el grado de aceptabilidad del artículo que tal vez lleguen a publicar.

La experimentación es deseable, pero es tan sólo un elemento de un ciclo. Preocuparse excesivamente por ella en las primeras fases del razonamiento impide que nos podamos plantear otras cuestiones. Un psicólogo que no pueda pensar sin apartar de su mente el análisis de variancia está en muy tristes condiciones. Me recuerda a un paciente que era incapaz de invitar al cine a una chica porque estaba totalmente preocupado por cómo se iban a llevar después de casados. Si Cristóbal Colón, por ejemplo, hubiera poseído la mente de muchos psicólogos modernos, es difícil que hubiera descubierto América. De entrada, no hubiera zarpado porque no existían descripciones en la literatura que indicaran posibilidades de descubrir nada, como no fuera el fin del mundo. Si, pese a ello, hubiera partido, sería con la hipótesis de que viajaba hacía la India. Al resultar desconformada dicha hipótesis cuando América apareció en el horizonte habría declarado fracasado su experimento y vuelto a casa contrariado.

Otra dificultad que surge de nuestro ardiente deseo de ser científicos es que cuando nos falta la prueba fundamental que confirmaría nuestra hipótesis, nos aferramos a cualquier otra que esté disponible. Por ejemplo, se nos ha enseñado que los científicos son personas tradicionalmente distantes, objetivas y poco apasionadas. Curiosamente en psicología esto suele ser interpretado como un deber: mostrarse distante de la vida. Hace unos años conocí a un profesor inglés de psicología preocupado porque sus estudiantes intentaban solucionar sus propios problemas personales estudiando esta carrera. Resolvió esta dificultad al lograr que el programa de grado del primer curso fuera completamente dedicado al estudio específico de psicofísica. Su hipótesis, correcta por cierto era que un año con Weber-Frechner y Compañía lograría que los problemas vitales de los estudiantes se limitaran a asomar en algunas asignaturas acientíficas de mala reputación, dejando el resto del campo libre a los verdaderos psicólogos. He de reconocer que tardé varios años en darme cuenta que había algo extraño en este procedimiento.

Parte de nuestra concepción sobre lo que es la ciencia es tan limitada que a menudo nos creamos la ilusión de que los científicos piensan en forma hipotético-conductiva. Es evidente que el médico hipotético-deductivo es un estilo para escribir artículos, pero nadie en su vida corriente razona de esta forma tan particular. Científicos de todos los campos piensan de forma inductiva y deductiva. Y creo estar en lo cierto al afirmar que, llegado el caso, recurren con frecuencia a procesos de razonamiento que sólo pueden ser descritos como una mezcla de fantasía y puro acertijo. Y de esta forma se generan las nuevas ideas.

Los medios de comunicación oficiales, es decir las revistas especializadas, se han amoldado a una forma ficticia, la hipotético-deductiva, y con razón son prosaicos y pesados, porque la pesadez es una marca de fábrica de la ciencia. Son, en algunos aspectos, los medios más inadecuados de comunicación. Durante muchos años fui incapaz de extraer el significado de un gran número de artículos que describían, de forma impresionante y con lujo de detalles, el trabajo de psicólogos que intentaban simular y explicar al ser humano mediante modelos mecanicistas. Tras años de estrujarme la mollera, tuve la suene de encontrar uno de estos psicólogos en estado de desinhibición psicológica y disritmia motora en un contexto social.

Agarrado a la barra de un bar me explicó apasionadamente su punto de vista de que los psicólogos clínicos están en cierta forma condenados al fracaso, pues las personas son absurdas y malos sujetos para un escrutinio científico. Alegaba también que recurrir a las ratas nos conducía a otro fracaso, pues el mundo está lleno de ratas caprichosas que mueven sus bigotes sentadas en medio de un laberinto experimental y parecen totalmente ajenas a la hipótesis de gradiente de sus incentivos. Sin embargo, él había logrado superar el problema mediante la simple formulación de ciertas teorías del funcionamiento humano y la construcción de máquinas siguiendo detalles apuntados por dichas teorías. Con ello podría predecir el comportamiento de la máquina. Y en las raras ocasiones en que fallaban las predicciones, unos pocos apaños en la obra devolvían las malditas máquinas a la normalidad. De esta manera, tras años de devanarme el seso intentando comprender comunicaciones escritas, todo este campo quedó impresionantemente claro para mí.

Quizás estemos manteniendo otra paradoja al asumir que el comportamiento científico requiere evitar suposiciones y referirnos sólo a datos comprobados. Como el policía de serie televisiva: "Remítase a los hechos, señora". Naturalmente, un hecho es una suposición ante la que nos rendimos por timidez, en un contexto en el que un gran número de nuestros cofrades son igualmente cobardes. Podemos observar las dimensiones más cómicas de esta paradoja en los libros de texto de psicología elemental. Dichos manuales comienzan a menudo rechazando cualquier preferencia teórica, y su mismo título "elemental" está diseñado para sugerir una cierta base reduccionista en la que se van a limitar a exponer hechos comprobados. A partir de ahí, el autor, por razones supuestamente de conveniencia, estructura capítulos sobre nociones tales como percepción, memoria, emoción, motivación, aprendizaje, etc. Al ojear estos libros de texto, la conclusión más obvia es que los títulos de los capítulos y las divisiones representan una teoría altamente elaborada que encierra muchas suposiciones. La división de la materia psicológica en encuadres como memoria emoción, aprendizaje, etc., de ningún modo responde a mera conveniencia. Son conceptos que en sí mismos conllevan amplias implicaciones. Podemos demostrar que no están diseñados por conveniencia si los pasamos por alto y notamos el efecto disgregador que su omisión provocaría en nuestro enfoque psicológico.

La psicóloga experimental presenta de una forma acusada un aspecto de esta paradoja. Para poder comportamos como científicos debemos construir situaciones en que nuestros sujetos puedan ser completamente controlados, manipulados y medidos. Debemos reducirlos en talla. Construimos situaciones en que pueden comportarse lo menos posible como seres humanos. Y esto lo hacemos para poder realizar afirmaciones sobre la naturaleza de su humanidad. No he logrado encontrar un remedio simple para escapar de esta paradoja, pero creo que debiéramos tener la decencia de reconocer su existencia. No es lícito utilizar reduccionismos porque el resultado podría ser que todo lo que seamos capaces de estudiar sea un hombre prisionero y minúsculo. Reconozcamos que estamos realizando experimentos misérrimos porque nos falta imaginación para mejorarlos y no defendamos como ideal científico la simplificación.

Si seguimos la lógica de las teorías psicológicas no metaconscientes llegaremos al mundo fantástico de Skinner, un mundo en el cual podemos convencemos de que una vez recogidos todos los datos lograremos controlar y manipular todos los detalles de lo humano. Nos encontraremos entonces frente a la paradoja de muñecos que controlan a muñecos.

Si, en cambio, consideramos la situación metaconsciente, podremos llegar a reconocer que todas las nociones que reunimos y articulamos pueden ser igualmente reunidas y articuladas por nuestros sujetos, que son seres humanos como nosotros. Podemos llegar a estar, y en ocasiones creo que estamos, frente a sujetos que están formulando sus vidas en función de una teoría y unos marcos de referencia tan extensos y abstractos como los nuestros. Esto nos conduce a la regresión infinita o, más propiamente, al progreso infinito tras el cual elaboraremos teorías lo suficientemente amplias como para englobar las anteriores, y así sucesivamente. Esta elaboración infinita e inacabada puede deprimir a aquellos que aspiran a una ciencia determinista que busca el Santo Grial o la verdad final. Es, sin embargo, un pensamiento que conforta a aquellos que tenemos miedo al desempleo y a los que nos gusta pensar que una respuesta es proporcionalmente tan buena como las preguntas que general.
En este punto voy a insertar solemnemente una referencia a la literatura para que no me creáis científicamente iletrado. Como deseo que este artículo ilustre los demonios del pensamiento metaconsciente, y como deseo ser malintencionado en mi exposición, con gran sagacidad he escogido como ejemplo a dos psicólogos soviéticos, Luria y Vinogradova. En un intento de ser lo más preciso posible en la referencia, recuerdo que su artículo fue publicado en el British Joumal of Psychology entre 1957 y 1958, y por más que hago memoria no consigo acordarme del título. Versaba acerca de un experimento sobre ciertos temas semánticos en términos de psicología condicionante clásica. Mostraba con claridad que cuando se establecía una respuesta condicionada a ciertas palabras, ésta se generalizaba a otras que se parecían a la palabra clave en cuanto al significado y no al sonido. Repito, la respuesta se generalizaba en términos de similitud de significado y no en términos de similitud de sonido. Los autores de dicho artículo (que, por cierto, fue muy bien recibido en Inglaterra) se mostraban maravillados ante esta fascinante porción de conocimiento nuevo. Sin embargo, me hubiera encantado que utilizaran su metaconciencia y me explicaran cómo hubieran podido realizar el experimento o escrito el artículo si la hipótesis contraria hubiera resultado cierta.

Otro grupo de subparadojas es inherente al hecho de que los psicólogos pretendemos ser científicos y al, mismo tiempo, ganarnos la vida. No me refiero a cuestiones profesionales y éticas de gran envergadura que suscitan el interés de comités, sino a cuestiones personales. A nivel muy básico, la mayoría estamos de acuerdo que para avanzar, en la actualidad, es preciso leer cada vez más bibliografía. Y la mayoría de los que escribimos artículos hemos experimentado el pensamiento traicionero y fugaz de que la psicología como ciencia se beneficia de la no publicación de lo que estamos a punto de escribir. La afirmación más sucinta que he leido sobre este problema aparece en la página 8 de "A Career in Psychology", editada por la American Psychological Association. En dos frases lo resume así: "Algunos psicólogos se dedican al descubrimiento de nuevos conocimientos. Otros son profesores de psicología," De esta frase clásica me intriga la noción de descubrir nuevos conocimientos. Es un proceso que nunca he presenciado. Sé que hay personas que inventan nociones y que después descubren hacia donde les llevan dichas nociones, pero nunca he visto descubrir nuevos conocimientos. Sospecho que el autor de esta frase inmortal suponía con ella que la ciencia es aditiva. Pero la ciencia, concebida como esfuerzo para extraer sentido a las cosas y adivinar lo que va a suceder después con ellas, no creo que tenga que ser necesariamente aditiva. Yo no pienso que Darwin haya añadido algo a Lammarck. Creo que más bien sugirió un camino nuevo que condenó a La-marckville a ser una ciudad fantasma.

Por si fuera poco, la etiqueta de psicólogo científico profesional engendra una magnífica arrogancia que puede hacer consideramos expertos en personas. Hay quien ha sido linchado por menos que eso.

Tras observar nuestros intentos chapuceros de separar nuestra vida personal de nuestro trabajo, alguno puede llegar a la conclusión de que somos barberos calvos tratando de vender crecepelos. Otros pueden quedar tan impresionados por la soltura con que manejamos nuestros taquistoscopios o la suavidad con la que pronunciamos "diátesis propioceptiva" que, sin titubear, lleguen a la conclusión de que realmente somos expertos en personas. En tal caso, podemos llegar a ser aún más impopulares. En mi construcción de lo que fue la Reforma, entre otras cosas, considero que constituyó una objeción humana a la idea imperante de que los curas eran expertos en personas. En la historia ha sido vertida mucha sangre de políticos al no aceptar algunos hombres la idea de que estos políticos eran expertos que sabían qué era lo mejor para sus compatriotas. Pienso que la mayoría de nosotros, si llegara el caso, aprobaríamos en última instancia la frase: "Yo soy el único experto en mi"'. Podría suceder que para salvar nuestro cuello y alma tuviéramos que aceptar un punto de vista metaconsciente y reconocer que todos estamos metidos en el mismo negocio.

Tras la quejas se deben presentar sugerencias alternativas. Como aquellas han sido amplias y borrascosas, las alternativas también deberían serlo.

Si queremos libramos de algunas paradojas a las que nos ha conducido nuestra forma de pensar, creo que tendremos que aceptar la necesidad de un razonamiento mucho más libre e imaginativo en relación con la psicología experimental. Por muy precisa y fundamental que esta experimentación pueda ser, y pido al cielo que sea organizada, sistemática y concreta, juzgo legítimo y recomendable que en el planteamiento previo y en las experiencias piloto, uno pueda pensar tan holgadamente como un poeta inglés borracho o. de lo contrario, no podremos ganamos la vida. La navaja de Occam debiera servir para afilar nuestro ingenio y no para degollar nuestra imaginación.

Quisiera alegar finalmente lo importante que es que nos tomemos con seriedad el tema de la metaconsciencia. No estoy defendiendo aquí que las teorías psicológicas acerca de la naturaleza humana deban reflejar de forma simple y directa las ideas populares que dicta el sentido común. La concepción que un físico atómico tiene de una mesa no se parece en nada a la concepción popular de ella. Sin embargo, quizás resulte significativo damos cuenta que la noción del físico es mucho más interesante, compleja y rica en matices que la popular. El concepto que un hidrógrafo tiene del agua es también mucho más elaborado que el que podamos tener tú o yo. Puede ser que la psicología sea la única ciencia capaz de producir conceptos más indignos, miserables y limitados sobre sus temas que los populares.
Como prueba simple e inmediata del valor de una teoría psicológica, sugiero examinarla concienzudamente y, si supone que el hombre es mucho menos de lo que sabemos que es, o lo que es más significativo, si dicha teoría supone que eres mucho menos que lo que tu mismo sabes que eres, tal teoría debe ser descartada.

Pese al sentimiento de urgencia que detecto en la psicología norteamericana, creo que podemos y debemos tomamos tiempo para descartar muchas ideas y simultáneamente describir nuevas hipótesis.

Otros artículos de D. Banister en ¡Chasquido!



Los artículos publicados en ¡Chasquido! son responsabilidad exclusiva de sus autores.
Prohibida la reproducción total o parcial sin permiso previo del Editor.
Copyright ©1997 - 2009 TRACE COMMUNICATION. Todos los derechos reservados.


Ansiedad