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Enfoques integrativos
El coaching visto desde el budismo, por C. Trungpa

C. Trungpa

          La tarea fundamental de los profesionales de la salud y de los coach en particular es alcanzar la plenitud como seres humanos e inspirarla en las personas necesitadas. Al hablar de ser humano pleno me refiero a alguien que no sólo come, duerme, camina y habla, sino que experimenta cierto estado de atención. Puede parecer muy complejo definir la salud en términos de atención, pero está muy cerca de nosotros, podemos experimentarla. La tocamos continuamente en realidad.



Nos hallamos en permanente contacto con la salud esencial. Aunque la definición de salud que da el diccionario sea "libre de enfermedad", deberíamos considerarla algo más que eso. Según la tradición budista, la persona es buena en esencia. Desde este punto de vista, la salud es intrínseca. La salud es lo primero: la enfermedad es secundaria. La salud es. Así que
ser saludable es ser fundamentalmente completo, con cuerpo y mente sincronizados en un estado del ser que es bueno e indestructible. Esta actitud no sólo se recomienda a los ayudados, sino también a los que ayudan. La bondad intrínseca está presente en cualquier interacción de un ser humano con otro, es mutua.

La psicología tiene diversas formas de trabajar, algunas de ellas conflictivas. Desde el punto de vista budista, cualquier intento de definir, categorizar y encasillar a la mente y sus contenidos es un problema. Este método podría llamarse materialismo psicológico. El inconveniente es que algunas técnicas psicológicas no dejan lugar a la espontaneidad y a la apertura: descartan la salud básica.

Deseo promover un estilo de trabajo con los otros en el que la espontaneidad y la humanidad se expandan hacia los demás, donde podamos abrirnos a ellos sin compartimentar nuestra comprensión. Esto significa, antes que nada, trabajar con nuestra capacidad natural de irradiar afecto. Para empezar podemos desarrollar afecto hacia nosotros mismos; luego se expandirá a los otros. Así nos relacionaremos en el mismo marco con las personas con conflictos, entre nosotros y con nosotros mismos.

Cuando alguien comienza a sentir que no está siendo encasillado, que hay una conexión genuina, se entrega. Comienza a explorarte y tú comienzas a explorarlo a él. Se desarrolla una inefable amistad. Ese estilo de trabajo es muy eficaz.

Aunque hable como un maestro budista, no pienso que el coaching deba dividirse en categorías. No tenemos que decir "ahora hago coaching al estilo budista" o "ahora hago coaching al estilo occidental". No hay tanta diferencia en realidad. El estilo budista de trabajo es sólo sentido común. También lo es el estilo occidental. Trabajar con otros es una cuestión de ser genuino y proyectar esa coherencia a los demás. El trabajo que haces no tiene un título o nombre en particular: es ser completamente honesto. Toma el ejemplo del mismo Buda, ¡él no era budista! Si tienes confianza en ti mismo y encuentras una forma de ir más allá del ego, entonces la verdadera compasión puede alcanzar a los demás. Más que tratar de crear nuevas teorías o categorías de comportamiento, lo principal del trabajo con las personas es apreciar y manifestar la simplicidad. Cuanto más aprecies la simplicidad, más profunda será tu comprensión y ésta tendrá más sentido que la especulación mental.

La tradición budista enseña la verdad de la no-permanencia, o la naturaleza transitoria de las cosas. El pasado se ha ido y el futuro todavía no llegó; luego trabajamos con lo que tenemos en el momento presente. Esto ayuda a no categorizar, a no teorizar. Hay una situación fresca, viva, que ocurre continuamente. Esta forma no categórica de abordar las situaciones es el resultado de estar completamente en el aquí y ahora, en lugar de tratar de conectarse con hechos pasados. Los seres humanos se manifiestan en el momento.

A veces, sin embargo, las personas están obsesionadas con su pasado, y podrían necesitar hablar de él, comunicarlo. Pero esa conversación debe estar siempre orientada hacia el presente. No es cuestión de repetir historias para volver a conectarse con el pasado, sino más bien comprobar que la situación actual tiene varios niveles: el básico, que puede estar en el pasado; la manifestación actual, que sucede ahora; y allí donde se encamina el presente. El presente tiene pues tres aspectos. Una vez que comienzas a aproximarte a la experiencia de alguien de esta forma, el vínculo vive. Pero tampoco es necesario alcanzar una conclusión acerca del futuro. La conclusión se está manifestando en el presente. Puede haber una historia clínica, pero esa historia está muriendo. La historia completa de una persona está presente cuando te sientas y le dices hola.

No tratamos de conocer a una persona basándonos en su pasado. Tratamos de hacer su historia clínica en términos de quien es ahora; eso es lo que importa. Siempre entrevisto así a mis alumnos. Les pregunto la edad, si alguna vez han estado fuera del país, si han ido a Europa o Asia, qué han hecho, cómo son sus padres y todo eso. Pero me baso más en esta persona que en aquélla. Es más directo. Las personas con que trabajamos pueden ocuparse de su pasado, pero nosotros, como sus ayudantes, tenemos que saber dónde están ahora, en qué estado mental se hallan en este momento. Es muy importante. De otro modo podríamos ver a la persona como si fuera otra, como si fuera una personalidad completamente diferente.
Los coachers deben experimentar la plenitud que emana del coach. Sí lo hacen, se sentirán atraídos.

Generalmente la enfermedad se basa en la agresión, el rechazo de sí mismo o del mundo propio. Las personas pueden sentirse incomunicadas con el mundo, que él mundo las ha rechazado. Pueden haberse aislado a sí mismas o sentir que el mundo las aísla. Si cuando entras en una habitación y te sientas con ellas tu presencia irradia compasión, si hay amabilidad y verdadero deseo de ayudarlas, se da el estado previo a la curación. La curación viene de una simple sensación de racionabilidad, amabilidad y plenitud humana.

El primer paso es pues proyectarse como seres humanos genuinos. Después podemos ayudar a otros creando una atmósfera apropiada alrededor de ellos. Aquí hablo literalmente: ya sea en una casa o en una institución, la atmósfera debe reflejar la dignidad humana y debe estar físicamente ordenada. La cama tiene que estar hecha y hay que preparar buena comida.
Algunos pueden considerar como mundanos y poco importantes los detalles del ambiente físico. Pero a menudo, las perturbaciones que experimenta la gente provienen de la atmósfera que les rodea. Algunas veces sus padres han creado el caos —una pila de platos sucios en la cocina, ropa arrugada en un rincón, comida mal preparada. Estas pequeñas cosas pueden parecer incidentales, pero en realidad afectan mucho a la atmósfera. Cuando trabajamos con la gente podemos ofrecer un contraste a ese desorden y manifestar nuestra apreciación de la belleza.

Valorar el ambiente es una parte importante de la práctica del budismo zen y del budismo tibetano. Ambas tradiciones consideran la atmósfera que rodea a una persona como un reflejo de su individualidad que debe conservarse inmaculado.

El ambiente es muy importante y, sin embargo, se lo deja frecuentemente de lado. Podemos trabajar a partir de reconocer al coacher como un huésped especial —es el trato que merece— y ofrecerle, como dije antes, una buena comida.

El proceso terapéutico convencional trata de ordenar primero la mente de la gente, luego bañarla y finalmente vestirla. Pero es necesario trabajar con toda la situación al mismo tiempo.

El coaching debe basarse en el mutuo aprecio. Es importante que el coach cree una atmósfera donde las personas se sientan bienvenidas. Esta actitud debe impregnar el ambiente.

La habilidad de trabajar con la neurosis de otro, y hasta con su locura, depende de lo poco que le temas cuando lo trates, de lo inhibido que te sientas, de cuánto te incomode o cuánto puedas manifestarle. No hay problemas cuando una madre se relaciona con su hijo, porque ella sabe que él crecerá y se transformará en una persona razonable, por eso no le importa cambiar pañales y hacer toda clase de cosas para su hijo. En cambio, si tratas con gente que ya creció hay que superar una incomodidad fundamental. Esa incomodidad tiene que transformarse en compasión amorosa.

La con dificultades es muy intuitiva. Es brillante, de alguna manera, recibe mensajes —hasta un destello de tu pensamiento— y les da mucha importancia. Por lo general se los guardan y tragan, o los escupen. Depende de cómo seas y cuan abierto estés en estas situaciones. Por lo menos podrías estar receptivo en ese momento, lo que en sí supone un enorme propósito para entrenarte y educarte. Justo entonces aparece la posibilidad de perder el miedo.

Al trabajar con otros es necesario que tú, el coach, seas paciente todo el tiempo. Es lo que hago con mis alumnos: nunca los abandono. No importa qué problemas me traen, siempre les digo lo mismo: adelante.

La gente cambia lentamente sí tienes paciencia. Si irradias salud llegarás a ellos con seguridad. Comenzarán a notarlo, aunque por supuesto no querrán que nadie se entere. Sólo dirán: "Nada cambió, siempre tengo los mismos problemas". No te rindas. Si te das el tiempo suficiente, algo pasará.

Haz lo que tengas que hacer para mantenerlos y probablemente volverán. Sí no reaccionas demasiado neuróticamente, serás su amigo. Debes ser para ellos como el recuerdo de haber comido en un buen restaurante. Siempre vuelven a verte si te mantienes igual. Eventualmente se harán amigos tuyos. No te precipites. Lleva tiempo. Es un proceso muy largo, pero, si no lo abandonas, resulta poderoso. Tienes que olvidar tu impaciencia y aprender a amar a la gente. Así se cultiva la salud básica en los demás.

Es muy importante que te dediques por entero a tus coachers, que no trates de librarte de ellos después de que se hayan acabado las sesiones. No deberías considerar lo que haces como un trabajo común. Como coach deberías ocuparte más de tus clientes y compartir su vida. Este tipo de amistad es un compromiso a largo plazo. Es casi como la relación maestro-discípulo en el sendero budista.



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