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Ayuda Psicológica
Controlar, por Sergio Caparrós

Sergio Caparrós

          EI control es un mecanismo utilizado, muy frecuentemente para producir cambios. Muchos de nosotros intentamos controlar nuestras emociones (de impaciencia, inseguridad, enojo, etc.) y también nuestros pensamientos. Existe incluso una técnica específica muy difundida que se denomina precisamente así: control mental. Controlar es uno de los modos erróneos de producir transformaciones. Sus logros son precarios, y pueden, además, provocar efectos muy dañinos para el organismo.



Veamos algunos ejemplos: tengo que hablar en público, o encontrarme con una mujer por la que me siento muy atraído, o asistir a una reunión con personas a quienes no conozco. Un aspecto mío menos desarrollado está muy asustado y se siente inseguro. Quien en mí toma el mando de mi acción decide "controlar" a este aspecto para que su estado no se manifieste. Poco a poco va aprendiendo recursos para lograrlo: impostación de la voz, ciertas posturas corporales, gestos, etc.

El proyecto en curso encuentra obstáculos, pues un aspecto infantil de mí mismo se desanima intensamente y quiere abandonar la partida. Nuevamente ejerzo control sobre él (impido que se manifieste) y desde otros sectores de mi personalidad continúo en el esfuerzo por realizar la actividad.

En otra situación, un amigo me comunica que no puede cumplir con una tarea que le solicito; siento una violenta reacción de enojo y otra vez utilizo el recurso de controlar la reacción con la que estoy en desacuerdo.

En el acto de controlar están presentes dos protagonistas: aquel que ejerce el control y aquel que está sometido a él, es decir, el controlador y lo controlado. Quien asume la función de controlarse se propone como meta la producción de una determinada respuesta, inhibiendo cualquier otra reacción que surja. Su esencia es, entonces, impedir que el estado "controlado" se manifieste exteriormente.

De este modo, en el mejor de los casos, lograré alguna transformación temporal de mi conducta exterior. Podré aparecer aplomado frente al público, darle mayor continuidad a mis empresas o adoptar gestos de serenidad con mi amigo. Sin embargo, en cada una de esas respuestas aparecerá también su precariedad, es decir, lo superficial de la transformación. La señal específica que la evidencia es la rigidez. Dureza y solemnidad en aquel aplomo, compulsividad en la realización de mis acciones, formalidad en la calma del trato hacia el amigo.

Y esto no es lo más grave. Donde se pone más de manifiesto la ineficiencia del control como método de transformación es cuando examinamos el destino y la evolución del otro término: lo controlado. En nuestro ejemplo: un aspecto inmaduro, una tendencia al desánimo o la violenta ira. Estas reacciones, como consecuencia del control, quedan inhibidas de forma temporal en su manifestación.

Quiere decir que volverán una y otra vez, porque todo lo controlado se convierte en incontrolable. Entonces atravesaré períodos en los que me será imposible hablar en público o participar en reuniones con personas desconocidas, y me aislaré. Este aislamiento y encierro tendrán una fuerza equivalente a aquella que utilicé antes para controlar esa tendencia. Lo mismo vale para los otros ejemplos, en los que tendré épocas de desgana e inacción completa, o estallidos de ira incontrolables.

Al cabo de un tiempo se restablecerá el control, y se instalará un aparente equilibrio... hasta la próxima irrupción.

Ante esa secuencia, aquellos que utilizan este procedimiento se disponen con renovados bríos a fortalecer y perfeccionar el control para que no vuelvan a producirse otros "escapes", creyendo que lo ocurrido se debe a una débil implantación del mecanismo de control.
Lo que desconocen aún es que es el control mismo quien genera y modula esta evolución, en virtud del mismo principio por el cual la compresión progresiva de un resorte aumenta proporcionalmente su potencia expansiva.

Deliberada entrega consciente
Una vez instalado el mecanismo de control como sistema equilibrador, ese organismo pierde también la posibilidad de transitar por uno de los estados más importantes y profundos de la experiencia humana: la entrega consciente.

Muchos actos cotidianos se apoyan en esta función: desde la simple relajación o el entregarse al sueño, hasta la vivencia del éxtasis, ya sea sexual, estético, amoroso o místico. La posibilidad de un acercamiento y comprensión mayor de la experiencia de la muerte individual reclama también la disponibilidad de la entrega consciente. Esto es: el modo que tenemos los seres humanos de aproximarnos a la muerte es observándola EN LA VIDA, y ésta se produce cada vez que algo termina, que una particular configuración se disuelve (un grupo, una relación, una tarea, el lugar de vivienda, etc.). Hasta que uno se habitúa a la nueva casa. a la nueva tarea, a la nueva relación, existe un estado de transición sin identidad organizada, en el que lo anterior ha dejado de ser y lo próximo no se ha establecido aún.

Lo mismo sucede con los pensamientos. Si uno los acompaña atentamente, observará que constituyen contenidos organizados con una trama, una secuencia, una dirección, un tema, etc. Es decir, uno está pensando algo sobre algo. Mas entre pensamiento y pensamiento, existen instantes en donde nada de eso ocurre. No existen contenidos organizados, ni secuencia, ni dirección. Podría compararse con los fragmentos de una explosión, con un oscurecimiento repentino, con un deshacerse de formas. Cada uno, quizá, produzca su propia analogía para intentar describir esa NADA.

Ser consciente de esa NADA no escapar de ella, observar su propio movimiento hasta que se constituye una nueva organización, brinda al ser humano, tal vez, uno de sus domicilios más íntimos y profundos. Desde allí se abre una nueva percepción de sí mismo y de su vida y muerte individual. Por todo esto es uno de los temas de meditación de más hondo significado.
El controlador que quiere dirigir todos los procesos no tiene acceso a esta experiencia. Para recorrer ese camino es necesario abandonar todo control y confiar en las leyes profundas que rigen los procesos psicobiológicos, las cuales no están en la jurisdicción de la voluntad personal.

Cuando esto sucede, el control transmuta su cualidad y se transforma en una deliberada entrega consciente que acompaña todo suceso y está dispuesta a aprender de él. Este cambio de actitud —de controlador a aprendiz— está en la base de lo que actualmente se denomina mutación de la consciencia.

Las máquinas
Trataremos de caracterizar ahora cuál es el ámbito donde el control sí es eficiente: las máquinas. Estas, ya sea bajo la forma de avión, automóvil, ascensor, o computadoras, al no disponer de vida propia, dependen exclusivamente de los impulsos emitidos desde la zona de mando, es decir, ellas sí necesitan ser controladas.

El ubicar el área de eficiencia de este tipo de acción permite comprender nuevos elementos:
1. Quien ejerce el control está aplicando sobre seres humanos procedimientos útiles para operar con máquinas.
2. La ignorancia de su confusión lo conduce a mecanizar al hombre.
3. Este es un evidente movimiento de degradación evolutiva, cuyas consecuencias inevitables son el sufrimiento y la enfermedad en todas sus formas. pues la esencia misma de la evolución vital corre en la dirección de la autonomía creciente.

Cuanto más autónomo es el sistema, más inadecuado resulta el control como mecanismo de transformación.

¿Cuál es, entonces, el modo adecuado para propiciar las transformaciones de la condición humana? Sin duda alguna, el aprendizaje. Esta es una característica básica de todo organismo vivo, que alcanza en el hombre su mayor desarrollo, y constituye precisamente una de sus peculiaridades distintivas.

En un vínculo de aprendizaje existe, por un lado, alguien que enseña, y por otro, alguien que aprende. Cuando esto sucede, el control se convierte en actitud docente, asistencial, y lo controlado en aprendizaje.

La diferencia básica entre el proceso de control y el de aprendizaje es que en el primero el controlado preestablece, por su cuenta, el cambio que quiere producir y el modo en que lo logrará, privando a lo controlado de toda posibilidad de participación activa en las decisiones, es decir, desconociendo su autonomía. Además, lo controlado nunca aprende.

Pero en una relación de aprendizaje, quien enseña ya sabe que no sabe qué es lo mejor para el otro, de modo que no impone nada: colabora para tratar de descubrirlo juntos. No sólo descubrirán juntos la meta, sino también los medios y el camino.

Existe una creencia muy arraigada por la cual se supone que el que enseña es el que sabe, en el sentido de alguien que ha acumulado y organizado abundante información, lista para ser suministrada. Sin embargo, poco a poco se está desarrollando una nueva concepción del maestro. Comienza a jerarquizarse, más que la información acumulada, la capacidad de aprendizaje. El maestro es, entonces —especialmente en el área psicológica—, aquel que está permanentemente en disponibilidad de aprender. Esto es lo más importante que puede enseñar, y el mejor modo de hacerlo es a través del propio ejemplo.

Estas nociones son válidas, tanto para el profesor y el alumno en el mundo externo, como para la relación entre dos aspectos interiores de la misma persona.

Cuando mi deseo de cambiar mi miedo al público comprende todo esto, en lugar de destinar energía para ocultarlo —es decir, controlarlo— se dispone hacia él en una actitud de aprendizaje. Entonces, al no obstinarme en el control, tal vez mi deseo se pregunte:
¿qué necesitará recibir este miedo para estar en condiciones de evolucionar hacia la tranquilidad y la confianza?

Cuando mi deseo de cambiar al miedo ha desarrollado esta doble actitud (aprender para enseñar, y mientras enseña, aprender), entonces ha accedido a lo que podríamos denominar sabiduría asistencial. Cuando esta capacidad se manifiesta, se puede encarar cualquier desacuerdo, interno o externo, sin generar antagonismo ni conflicto.

Las vicisitudes que recorrerá mi miedo, mi desánimo o mi ira en este camino de aprendizaje, con sus incógnitas, errores y aciertos, serán simplemente otra manifestación más del difícil y apasionante oficio de vivir.


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