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Educación
El mejor observador: nuestros alumnos, por Nancy Topol

Nancy Topol

          Cuando un educador desea saber si el mensaje que trata de dar es el que los alumnos reciben, cuenta con diferentes técnicas para evaluarlo. No obstante, es necesario contar con la amplitud mental suficiente para darse cuenta que los alumnos son quienes están dando la mejor tercera posición en relación con nuestro desempeño como profesores y maestros.



Al estar al frente de una clase, explicamos un tema de la manera que a nosotros nos parece apropiada. Aunque tratemos de ser innovadores y de actualizar nuestra manera de enseñar, no es tarea sencilla elegir la estrategia más adecuada para explicar un tema nuevo si tenemos 20, 30 o más alumnos delante de nosotros. Lo esencial es chequear que el mensaje que ellos recibieron es lo que nosotros efectivamente queríamos decir.

¿Cómo hacerlo? Una manera sencilla es preguntar QUÉ entendieron (no SI entendieron, ya que cada uno entiende lo que entiende), y pedirles a los alumnos que expliquen, con sus propias palabras, lo que acabamos de detallar. Cuantos más ejemplos den, mejor. Da excelentes resultados que, si el tema lo permite, lo relaciones con sus propias experiencias y vivencias cotidianas.

Una herramienta importante con la que contamos los educadores es la toma de una prueba o evaluación. De nada sirve preparar exámenes con un grado de dificultad mayor al que el del tema visto en clase. Éste no es el momento oportuno para experimentar y exigirle de más al alumno; las evaluaciones son útiles si el objetivo es confirmar que el educando haya aprendido e incorporado los conocimientos suficientes para aprobar la materia. Introducir algo nuevo para ver si los alumnos lo resuelven porque nosotros consideramos que está relacionado con un tema tratado en clase es una mala idea al momento de decidir los temas de una evaluación. Los exámenes, por sí mismos, presentan un contexto difícil por multiplicidad de razones (presión, estrés, haber dormido poco, y otros factores emocionales). La idea tampoco es facilitarlos para que todos los alumnos aprueben sin siquiera razonar o emplear conocimientos, ya que esto no reflejaría la realidad de lo aprendido. Lo mejor es modificar ejercicios vistos en clase. Plantear temas con igual nivel de dificultad al trabajado.

Si al hacer un ejercicio o al tomar un examen la mayoría de los alumnos no contesta de manera correcta o reprueba, el problema no lo tienen ellos, sino el profesor, quien no explicó el tema de manera tal que los alumnos lo comprendieran, y tampoco verificó que el mensaje recibido haya sido igual al mensaje emitido. Cada persona capta el significado que capta, y es responsabilidad del educador la verificación del contenido del mensaje recibido, no del educando.

Es esencial que hagamos autocríticas con frecuencia, y para ello tengamos en cuenta el resultado que nos muestra la mayoría de nuestros alumnos. Las evaluaciones no deben considerarse unilaterales. No sólo nosotros chequeamos los conocimientos adquiridos por nuestros alumnos; el resultado de los exámenes incluye también el desempeño del profesor. Si estudiamos este resultado con detenimiento y nos enfocamos en la conclusión a la que lleguemos, podremos darnos cuenta de los puntos en los que sería interesante que mejoremos, por el bien de la clase.

Utilicemos al observador que nuestros alumnos representan. Contar de manera patente con este recurso que muchas veces imaginamos para ver qué sucede en cierta situación, desde una perspectiva objetiva, nos mostrará todo lo que podemos modificar y en qué área/s nos convendría avanzar para ser mejores educadores.


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