Ya en 1884, Bernheim y otros postularon la existencia del consciente y el inconsciente para explicar la amnesia y la conciencia selectiva de los hipnotizados. Observaciones similares condujeron al supuesto de que el pensamiento sigue caminos asociativos. Cuando Freud desarrolló su teoría sobre una estructura intrapsíquica inconsciente, partió de la concepción hipnótica y sus contribuciones clínicas estaban claramente influidas por las investigaciones sobre hipnosis realizadas en el siglo XIX. En la literatura de las dos últimas décadas de este siglo se encuentran debates sobre el problema de si el inconsciente es parte del consciente o este último lo es de aquél, así como acerca de la función discriminativa del Yo en esta estructura, cuestiones que todavía parecen sobrevivir en algunas discusiones actuales. Hoy en día las teorías de la conducta individual, ya sea en el campo de la hipnosis o en el de la psiquiatría, parecen ser en gran parte revisiones de las ideas desarrolladas durante aquel fructífero período en el que el sujeto hipnotizado era un enigma para quienes investigaban la naturaleza de los procesos mentales del hombre, o bien intentos de comprobar y documentar tales ideas.
Así como las descripciones psiquiátricas de los síntomas se han centrado exclusivamente en el individuo, lo mismo ha sucedido con las descripciones de los fenómenos hipnóticos. Las teorías intrapsíquicas no han atendido nunca a la relación hipnótica. Los investigadores actuales continúan empeñados en confinar las descripciones teóricas de la hipnosis al individuo aislado, aun cuando el trance hipnótico requiere, más que cualquier otro fenómeno psicológico, la existencia de una relación. Cuando Mesmer desplegaba sus imanes y los sujetos respondían cayendo en trance, parecía razonable que las cuestiones teóricas se centraran en la naturaleza del magnetismo y en su influencia sobre los seres humanos y se hablara poco o nada de la relación de estos sujetos con Mesmer. Más tarde, al inducir Braid el trance hipnótico haciendo fijar la vista sobre un punto, las ideas basadas en el funcionamiento del sistema nervioso sustituyeron a las propiedades magnéticas, pues se demostraba que el trance era el resultado del cansancio fisiológico de la vista. Posteriormente se descubrieron nuevas formas de inducir el trance (como es por ejemplo, que el sujeto se imagine simplemente que está fijando la vista en algún punto) y el interés de los investigadores se trasladó a la sugestión. Podría esperarse que en este momento el tema de investigación hubiera pasado a ser la relación entre el sugestionador y la persona sugestionada, pero no fue así, sino que continuó prevaleciendo el enfoque individual y se pretendió resolver el problema teórico clasificando a los individuos en más o menos sugestionables. La sugestión, como antes el magnetismo, llegó entonces a describirse como una cosa en sí que influía a la gente independientemente de la relación. Esta peculiar elusión de la naturaleza de la relación hipnótica ha evolucionado paralelamente al énfasis descriptivo de la psicoterapia, que suele recaer sobre el paciente más que sobre la relación terapéutica.
Aunque el trance hipnótico como fenómeno individual pueda ser indiferente a la psicoterapia, resulta sumamente idóneo como modelo para describir las maniobras de una persona que intenta provocar cambios en otra. Si se acepta que en la relación hipnótica el individuo puede modificar su percepción, sus emociones y sus sensaciones somáticas, no hay argumento mayor en pro de la influencia que una persona puede tener en la relación con otra. Las semejanzas entre el proceso de la inducción hipnótica y el de la psicoterapia se hacen aparentes cuando se atiende a la relación. Una y otra situación se da habitualmente con pacientes o personas que solicitaron esta experiencia y ambas consisten esencialmente en una conversación entre dos individuos, uno de los cuales intenta provocar cambios en el otro. Quienes suponen que la situación hipnótica y la psicoterápica son diferentes no se han molestado nunca en examinarlas. Antiguamente, cuando se pensaba en un hipnotizador autoritario que ordenaba dormir a un sujeto pasivo, la relación hipnótica podía parecer única, pero este tipo de inducción no es más que uno entre los muchos posibles.
En los últimos treinta años las técnicas de inducción han llegado a ser tan varias que es difícil hallar un medio que permita diferenciar claramente la relación hipnótica de otros tipos de relación. Hoy en día puede inducirse el trance en un sujeto durante el curso de una converación aparentemente casual, en un miembro del auditorio mientras el conferenciante se dirige al grupo o en una persona mientras el hipnotizador está hablando con otra. Hasta incluso es posible inducirlo sin que el hipnotizador haga nada. Así, por ejemplo, Milton H. Erickson invitó en cierta ocasión a una señora a que subiera al estrado del conferenciante para una demostración. Cuando la tuvo enfrente, Erickson permaneció de pie sin hacer nada y la mujer cayó en trance. Al preguntarle cómo había ocurrido, Erickson respondió: «Ella había subido para ser hipnotizada ante el público; como yo no hacía ni decía nada, alguien tenía que hacerlo y cayó en trance». Este método es particularmente eficaz con los sujetos resistentes, que se encuentran así sin nada a qué resistir. En ciertos aspectos la técnica es semejante a las formas más extremas de psicoterapia no directiva. El paciente acude en busca de ayuda y el terapeuta no hace ni dice nada; alguien tiene, pues, que hacer algo, y el paciente experimenta un cambio. Naturalmente ésta es una forma un tanto ligera de trazar un paralelo entre la psicoterapia y la inducción hipnótica, pero la diversidad de maneras en que puede inducirse el trance actualmente y la variedad de situaciones psicoterápicas plantean serias cuestiones sobre las similitudes entre uno y otras.
Siempre ha existido una alianza algo extraña entre el psicoanálisis y los usos teórico y clínico de la hipnosis. Los investigadores han simplificado extremadamente el trance hipnótico centrando su interés sobre el individuo solo e intentando explicar aquél en términos de regresión o de transferencia. No obstante, ha habido cierta resistencia por parte de estos teorizantes a explicar la regresión y la transferencia en el curso del psicoanálisis en términos de inducción hipnótica. Cuando se razona que regresión y transferencia son fenómenos que ocurren en la hipnosis y en el transcurso psicoanalítico, se plantea el problema siguiente: ¿Es la relación entre hipnotizador y sujeto y psicoanalista y paciente formalmente la misma, de tal modo que su producto es un tipo similar de conducta en uno y otro? Por ejemplo: ¿El paciente que en una sesión psicoanalítica no recuerda una experiencia emocional nítidamente revivida en la sesión anterior sufre una resistencia o una amnesia hipnótica? ¿Existe realmente alguna diferencia? En este articulo intentaremos demostrar que ambos tipos de relación son formalmente similares si se examinan en función de las paradojas planteadas en la interacción personal y que, por lo tanto, es de esperar que paciente e hipnotizado respondan con una conducta semejante.
El uso clínico de la hipnosis ha tenido inevitablemente una evolución paralela a las ideas sobre la naturaleza del cambio terapéutico. Cuando los psicoterapeutas se muestran más directivos, la hipnosis acentúa la dirección; cuando la moda actual insiste en la concienciación o el insight, la hipnosis se adapta a estas líneas del pensamiento. El hipnoanálisis tuvo su tiempo, que parece haber pasado. Cuando se suponía que las causas básicas de la modificación personal radicaban en la concienciación de ideas inconscientes y en la posibilidad de relacionarlas con experiencias infantiles, el uso de la hipnosis estaba naturalmente en apogeo. Cuando el sujeto se presta, hay diversos medios de llevar a la conciencia lo inconsciente y el trance facilita el recuerdo del pasado. Incluso, si uno lo desea, puede conseguirse que el sujeto de la hipnosis busque en el pasado sucesos paralelos a los del presente, de modo que las conexiones entre ellos se hagan evidentes. No obstante, los psicoanalistas no se sentían satisfechos con la mera supresión de la represión de recuerdos infantiles e insistieron en la necesidad de centrar el tratamiento en la resistencia a estos procesos; sería la elaboración de estas resistencias la que ocasionaría el cambio. El énfasis psicoanalítico no recaía sobre el sujeto que ofrecía resistencia al analista, sino sobre la resistencia del sujeto a sus propios procesos internos.
Aparentemente la hipnosis hizo aún otra contribución al psicoanálisis, puesto que el énfasis sobre el trabajo con interpretaciones de resistencia y transferencia se debió a la falta de resultados terapéuticos con la supresión hipnótica de la represión y el recuerdo de experiencias infantiles. Aunque los defensores de la hipnosis dirían que también la resistencia puede sugerirse al sujeto hipnotizado, esto no resultaba satisfactorio desde el punto de vista psicoanalítico. La elaboración de la resistencia debía realizarse en el proceso natural entre analista y paciente, tratando la resistencia en el momento en que surgiera espontáneamente. La técnica hipnótica de sugerir directamente la resistencia se considera más artificial que advertir al paciente que en el curso del tratamiento surgirán resistencias contra el mismo.
La cuestión de cuál es la mejor utilización de la hipnosis como instrumento clínico no puede contestarse si no se desriben primeramente los fenómenos hipnóticos. Clínicamente, el uso de la hipnosis ha desaparecido y reaparecido durante años y llegó a descartarse casi por completo cuando Freud abandonó la hipnosis abierta. Su aceptación actual habrá de basarse probablemente en fundamentos diferentes de los empleados en el pasado. Con el cambio de enfoque desde el individuo a la interrelación entre dos personas, se pone de manifiesto que hay que proceder a la descripción de la hipnosis en función de la relación para que puedan descubrirse sus posibilidades en el terreno terapéutico de la modificación personal. Nosotros ofrecemos aquí una descripción interpersonal de la hipnosis como medio de establecer ciertas premisas sobre las relaciones humanas y proporcionar un modelo y una terminología que sean aplicables a la relación terapéutica.
Como sucede con muchos otros problemas psicológicos, las teorías sobre hipnosis se han concentrado más en el estado del individuo que en las transacciones entre hipnotizador y sujeto. El resultado es una serie de conjeturas acerca de la naturaleza perceptiva o fisiológica del trance hipnótico, con una cantidad sorprendente de ideas conflictivas y contradicciones insolubles. Por lo menos se han propuesto las siguientes descripciones del trance hipnótico, que resumimos en sus contradicciones: el trance es un estado de sueño, pero sin dormir; es un reflejo condicionado que ocurre sin condicionamiento; es una relación transferencial en la que intervienen tendencias instintivas libidinosas y de sumisión, pero a causa de tendencias instintivas agresivas y sádicas; es un estado en el que la persona es hipersugestionable a las indicaciones de otra, pero en el que sólo es eficaz la autosugestión, puesto que es necesario el consentimiento del sujeto; es un estado de concentración de la atención, al que se llega por disociación; es un proceso en el que se juega un rol, pero en el que el rol es real; es una alteración neurológica basada en sugestiones psicológicas, pero todavía no se han comprobado las modificaciones neurológicas ni se han definido las sugestiones psicológicas. Finalmente, existe un estado de trance que se presenta separadamente de los fenómenos del trance, como catalepsia, alucinaciones, etc., pero estos fenómenos son esenciales para obtener el verdadero estado de trance.
Cabe preguntarse si es posible una respuesta rigurosa a la siguiente pregunta: ¿existe un espado denominado trance distinto del estado normal de vigilia? El estado de trance es por definición una experiencia subjetiva que sólo cabe estudiar cuando el investigador examina sus propias experiencias subjetivas en tal estado de trance, método de investigación de escasa fidelidad, especialmente cuando se trata de experiencias perceptivas en el estado somnoliento del trance hipnótico. No es posible saber si otra persona está realmente en trance o no con mayor seguridad de la que se puede tener acerca de lo que otra persona está pensando o incluso acerca de si está pensando. Nos es dado observar la conducta comunicativa de otra persona, pero sobre sus experiencias subjetivas sólo podemos hacer conjeturas. La investigación rigurosa de la hipnosis ha de centrarse en el estudio de la conducta comunicativa entre hipnotizador y sujeto en trance; todo lo más se pueden añadir algunas prudentes conjeturas sobre los procesos internos que provocan esta conducta.
El debate sobre la hipnosis ha tenido siempre por nódulo la cuestión de si el sujeto está experimentando realmente un fenómeno o sólo se conduce como si así fuera. Es ésta una cuestión esencialmente insoluble. Los escasos métodos instrumentales disponibles, como el electroencefalograma, muestran ligeras modificaciones fisiológicas, pero ningún instrumento puede decirnos si el sujeto está realmente percibiendo alucinaciones o experimentando una anestesia. Lo más que podemos hacer es pincharle en la zona supuestamente anestesiada o amputarle una pierna, como hizo Esdaile, y observar su conducta comunicativa. Nuestros únicos datos se basan en la comunicación del sujeto; el resto cae inevitablemente en el terreno de las conjeturas.
Parece que ha de ser más práctico iniciar el estudio de la hipnosis con el análisis de lo que en la situación hipnótica puede ser visto y registrado en un film y limitar así lo que necesita ser deducido de la conducta del sujeto. Centrando la investigación en el proceso comunicativo entre hipnotizador y sujeto, es posible dar contestación a algunas cuestiones que plantea la hipnosis: ¿hay diferencias significativas entre la conducta comunicativa de un sujeto supuestamente hipnotizado y la de otro no hipnotizado? ¿qué secuencias de comunicación entre hipnotizador y sujeto en trance producen la conducta comunicativa característica de este último? Las respuestas a estas preguntas nos indicarán qué es lo que distingue propiamente la relación hipnótica de todas las demás, pero para contestarlas es preciso un sistema que permita describir la conducta comunicativa. Intentaremos dar aquí algunas orientaciones en cuanto a tal sistema y demostrar que es posible analizar y clasificar los fenómenos de interacción humana y que existe un tipo especial de secuencia comunicativa característico de la relación hipnótica.
En la literatura sobre hipnosis hay ideas que se repiten lo suficiente para hacer algunas generalizaciones sobre la situación hipnótica que resulten aceptables para la mayoría de quienes se dedican a su estudio. Actualmente nadie duda que el trance hipnótico es algo que tiene que ver con la relación entre hipnotizador y sujeto. Aunque antiguamente se creyera que el trance era el resultado de la influencia de los planetas o algo que ocurría simplemente en el interior del sujeto con independencia del hipnotizador, se supone ahora que los fenómenos hipnóticos se deben a la relación interpersonal que se establece cuando hipnotizador y sujeto se comunican entre sí mediante conductas verbales y no verbales. También se acepta generalmente que el trance implica una concentración de la atención. El sujeto que está en trance no atiende a otras actividades que a las que les ha ordenado el hipnotizador y en ellas se comporta de acuerdo con las indicaciones de éste. Además, se da por supuesto que en la relación entre hipnotizador e hipnotizado es el primero quien lleva la iniciativa; él da principio a una secuencia de mensajes y el sujeto responde. La creencia común de que el hipnotizador ha de gozar de prestigio ante el sujeto de la hipnosis equivale a admitir que éste tiene que aceptar a aquél como la persona de quien han de partir las ideas y sugestiones. Aunque es verdad que cada sujeto puede responder al hipnotizador de acuerdo con sus propias características personales, no deja por ello de responderle y, por lo tanto, de reconocerle la iniciativa. En los casos en que el sujeto decide la tarea que ha de realizar, está siempre implícita la idea de que el hipnotizador le deja hacerlo así. También se acepta generalmente que en toda inducción el hipnotizador desafía en algún momento al sujeto a que intente hacer algo que le ha prohibido.
Las generalizaciones que acabamos de citar son aceptables para todos los que practican la hipnosis. Existe otra generalización que explicita Ío que está implícito en la mayor parte de técnicas y teorías sobre la inducción del trance y que creemos que, después de algunas consideraciones, resultará igualmente aceptable para aquéllos. Se trata de que la interacción hipnótica progresa desde las respuestas voluntarias del sujeto a las involuntarias. Son respuestas voluntarias aquéllas que hipnotizador y sujeto consideran de común acuerdo que pueden cumplirse deliberadamente, como colocar las manos sobre la falda o mirar la bombilla. En cambio, son respuestas involuntarias las que hipnotizador y sujeto consideran ajenas a la volición, como sentirse cansado, levantar una mano sin proponérselo o experimentar una alucinación. En general, las respuestas involuntarias consisten en alteraciones vegetativas, modificaciones de la percepción y determinadas conductas motoras. Los aspectos motores del trance se hacen particularmente manifiestos durante un desafío del hipnotizador; por ejemplo, cuando se le ha prohibido al sujeto que doble el brazo y no puede hacerlo por su propia oposición muscular.
Todos los métodos de inducción del trance que conocemos progresan rápida o lentamente desde el plano de las respuestas voluntarias al de las involuntarias. Cuando la secuencia es rápida, como en las experiencias hipnóticas teatrales, el hipnotizador pide rápidamente al sujeto que se siente, que coloque sus manos sobre las rodillas, que mueva la cabeza, etc. Después de solicitar estas respuestas voluntarias, le dice el sujeto que no puede abrir los ojos, mover la mano o doblar el brazo o le ordena alguna otra conducta involuntaria similar. En la inducción por relajación la secuencia es más lenta, ya que el hipnotizador repite interminablemente frases que inducen a relajar deliberadamente los diversos músculos del cuerpo y continúa con sugestiones sobre un sentimiento de cansancio físico o alguna otra respuesta involuntaria. La inducción hipnótica más típica —la fijación de la mirada— implica pedir al sujeto que adopte voluntariamente cierta posición y mire un punto o una luz, tras lo cual se le ordena una pesadez involuntaria de los párpados. La inducción verbal pasa de pedir al sujeto que piense en algo, experimente cierto sentimiento o mire aquí o allí, a sugestiones que requieren una modificación de sus percepciones o sensaciones. El estado de trance se define habitualmente como el cambio que experimenta el sujeto cuando empieza a obedecer las sugestiones involuntariamente, ya se trate de que intenta mover una mano y se lo impide la oposición involuntaria de los músculos o de que experimente una percepción o sentimiento que no pueda ser producida voluntariamente.
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