Ahora recuerdo el primer día que conocí a mi amigo Spencer me dijo: "...de ahora en adelante tu vida no va a ser la misma" ¡Cómo tenia razón en sus palabras!
Esta es una historia (metáfora) escrita por Mary Fahy, que nos ayuda a explicar lo anterior, espero la disfruten como yo lo he hecho conmigo y con mis clientes.
El árbol que sobrevisió al invierno
Una mañana el árbol despertó más temprano que de costumbre y estiró los brazos hacia el horizonte, como si invitara a los primeros rayos del amanecer a su mundo. Tembló de alegría y sacudió sus raíces en la tierra lodosa que abandonaba apenas su helada dureza.
Sintió que algo era diferente. Sus raíces parecían extenderse más profunda y firmemente en la tierra. Sus ramas parecían abarcar más el mundo, no con los tímidos gestos de un árbol joven que teme enredarse con el viento, sino más bien con la libertad de saber que el viento no podría derribarlo.
–¡Sobreviví al invierno! –se maravilló en voz alta.
–¡Qué maravilloso! –susurró el amanecer, que tenía facilidad para apreciar nuevos milagros, aunque se repitieran con frecuencia. Giró alrededor del joven árbol, en un ritual de bendición, envolviéndolo suavemente, haciéndolo sentir muy especial.
–¡Qué distinto se siente esto! –murmuró el árbol, pues unas pocas semanas antes la tierra, que se derretía bajo sus raíces, le había provocado estremecimientos de pánico que llegaron a cada una de sus ramas. Se asustó mucho entonces, sintió que podría perderse a sí mismo y hundirse en una honda oscuridad.
– ¡Qué tonto parece todo eso ahora! – pensó, pero los sentimientos habían sido reales y no podía negarlos. No eran diferentes a la desesperación que experimentara antes, cuando lo retiraron de su vivero seguro y confortable para transplantarlo en esta loma solitaria. Recordó vívamente el dolor que sintió, tan aislado de todo cuanto le era familiar y valioso, tan atrapado en su temor, sin saber quién era ni qué sería de él. Pero mezclada con el temor, también estuvo presente esa innegable sensación redentora de que lo habían transplantado con amor y convicción en este sitio.
Con frecuencia, durante el frío invierno, cuestionó la razón, pero incluso mientras temblaba de ansiedad había sentido una voz interior –una voz tenue pero constante– que se mantuvo fluida y viva cuando todo lo demás en su interior parecía congelado. Pero ¡ahora! Se sentía realizado al comprender que su vida interior estaba en armonía con el mundo externo. Relajó las endurecidas fibras de su ser que, involuntariamente, mantuvo rígidas a lo largo de los meses fríos y grises.
–¡Sobreviví al invierno! – exclamó.
–¡Sobreviviste al invierno! – repitieron los pájaros, que saltaban ansiosamente de una rama a otra y brincaban en las tiernas extensiones de sí mismo que el árbol ni siquiera había percibido.
–¡Oh!... – esta sola palabra, pronunciada con suavidad y reverencia, fue cuanto pudo decir.
–¡Sobreviví al invierno! – suspiró el árbol – ...¡y crecí!
–¡Sobreviviste al invierno y creciste! –dijeron a coro las brisas que juguetearon suavemente con el, haciéndolo bailar a su ritmo entrecortado.
Los días pasaron y su energía en su interior prácticamente explotó, derramándose en bellos ramilletes de flores. Los observó crecer cada día más y más hermosos. Las lluvias primaverales lo inundaron de felicitaciones y entusiasmo: Sobreviviste al invierno y estas creciendo...–¡Creciendo! Si estoy creciendo –reconoció el árbol. –Sobreviví al invierno y crezco. Se estremeció de satisfacción mientras admiraba su nueva apariencia, y al hacerlo dejó caer algunas gotas de lluvia sobre las violetas que disfrutaban la protección de su tronco... –Es bueno estar vivo– les dijo. –Es cierto– dijo el sol, apareciendo de pronto por detrás de una gran nube que anunciaba la lluvia, –¡sobreviviste al invierno por que eres muy amado!–
El árbol sintió que el calor del sol entraba profundamente en sus ramas, e incluso a través de la corteza de su tronco. Se estiro firme y orgulloso, como si aguardara una inspección. –¿Soy bastante bonito, verdad?– preguntó con ingenuidad a sus flores mientras las saludaba cortésmente con sus ramas –. Miren qué bien sobreviví al invierno.
Entonces se detuvo. El recuerdo del duro invierno reabrió una puñalada de ira y dolor que creía cicatrizada con la primavera.
–¿Donde estabas cuando te necesite? – exclamó mirando al sol, y de pronto su angustia reprimida encontró alivio en unas gotas que brotaban a través de las hendiduras de su corteza y corrían por todos los lados de su tronco.
–¡Te necesité!. Te necesité tanto y no estabas ahí –sollozó– te fuiste tanto tiempo, y yo sentía tanto frío, estaba tan solo y tenía tanto miedo. Los días eran tan grises cuando estabas ausente, e incluso cuando podía verte a lo lejos no podía sentir tu calor ni alcanzarte con mi voz ¿No me viste temblar? Me volví tan frágil que temí romperme, y mis raíces se paralizaron bajo la tierra, y mi corteza se abrió, y... No puedo continuar –exclamó–
–¡...y te extrañé terriblemente! –
El brillo del sol fue más intenso y el mensaje se repitió: –Sobreviviste al invierno porque eres muy amado... –¿Amado? –titubeó, pues no quería dudar de la afirmación del sol, pero necesitaba sentirse más seguro. –Es cierto –contestó el sol– hubo días en que las nubes parecían separarnos, pero en realidad yo estaba allí, incluso cuando no podías verme. Y en esos días, en los que yo era visible pero estaba lejos, y no podías sentir mi calor, fue precisamente cuando envié una mayor concentración de luz. Hasta hubo momentos en los que te di luz y nieve al mismo tiempo para que mi resplandor pudiera reflejarse hacia a ti desde otras partes. Esos fueron los días en que pensabas que el resplandor era muy fuerte y la luz muy brillante. Estabas viendo más de lo que deseabas ver. ¿Te acuerdas?– El árbol estaba atónito. .El sol continuó: – El frío, el hielo y el crudo invierno endurecieron tu madera en la medida justa, pues necesitabas ser fuerte para cargar los frutos que aparecerán en tus ramas. Si yo hubiera estado cerca de ti todo el invierno no te habrías fortalecido tanto. De hecho, nunca te hubieras parecido, ni de lejos, a todo lo que esperaba y soñaba para ti. Pero ahora...,¡Solo tienes que mirarte!... El árbol enmudeció. Un toque de rubor atravesó sus pétalos.
–Sobreviviste al invierno por que eres, fuiste, y siempre serás muy amado –dijo el sol–. Porque en ese pequeño lugar en lo profundo de ti, que nunca se congeló, y se mantuvo abierto al misterio, es en donde he construido mi hogar. Y antes, mucho antes de que sintieras mi calor a tu alrededor, te estaba liberando y formando desde adentro de una manera tan intensa y profunda que no tenías posibilidad alguna de saber lo que ocurría.
–Yo...yo...creí... –murmuró el árbol, sintiendo que las palabras salían de ese espacio muy adentro de sí. –Sí. Creíste– resplandeció el sol. –Siempre has creído, y eso te permitió crecer, pues de no haber conservado la fe en mí dentro de tí, nunca habrías florecido para convertirte en lo que eres.
El árbol no pudo soportar tanta alegría. Alzó los brazos en alabanza, pero ninguna palabra acudía, y ninguna era necesaria.
Se acercaron unos niños al árbol a jugar. Le dijeron "Te llamaremos amigo"
Unos jóvenes que se sentaban en su sombra le murmuraron "Te llamaremos Protector de secretos"
Una mujer cansada y angustiada que pasaba junto del árbol, se apoyó en el árbol a meditar sobre sus preocupaciones... El árbol se encogió , pues la mujer tocaba un punto que no sanaba de los estragos del invierno...Y en ese momento hubo un sentido de unidad, un sentimiento de comprensión entre la mujer angustiada y el árbol...
–Te llamaré esperanza –dijo la mujer– y le tocó con afecto y gratitud.
Mucho después de haber compartido sus frutos, y cuando ya empezaba a notar tonos carmesíes en sus hojas, el árbol aún conservaba en lo más profundo de sí el recuerdo de todas sus experiencias.
–¿Quién podría imaginar todo lo que me ha sucedido?– dijo, sin dirigirse a nadie en particular.
Y entonces mirando al sol, exclamó: –¡Excepto tú!–
– ¿Has visto, escuchaste? –pregunto con insistencia– ¡Me necesitan! ¡Me quieren!
– Estoy compartiendo la vida en un nuevo nivel. Y lo más importante: me nombran. ¿No te parecen nombres maravillosos? Me llaman Amigo, Protector de secretos y Esperanza.
–Sin duda – respondió el sol– salpicando una sonrisa a lo largo del atardecer,
–¿Y cual es al nombre que yo te puse?
–¿Me pusiste un nombre...? –Tu nombre es Fe –dijo la tenue voz de su interior.
–Tu nombre es Fe –parpadeó la estrella de la tarde, para confirmarlo.
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