El castigo durante los siglos

Por Marta Betanzos

La punición es una práctica social que tiene remotísimos orígenes y ha sido re-interpretada muchas veces a través de las épocas, a medida que los sentimientos humanos han pugnado por expresarse. Los castigos que se infligen en el hogar reflejan la severidad o la blandura del Código penal contemporáneo. Cuando el ambiente social es duro e intolerante al niño se le educa a base de azotes; cuando en la calle reinan la amabilidad y la libertad este espíritu trasciende también a los hogares. Para entender lo que implica el castigo impuesto a un niño debemos acudir a la historia del castigo y tener en cuenta todas las vicisitudes por las que éste ha ido pasando a lo largo de
los siglos.

En el estadio más arcaico en que lo podemos identificar, el castigo podía ser totalmente desproporcionado a la falta; entre los antiguos germanos, por ejemplo, se degollaba a quien corriese los mojones de su finca para agrandarla a costa de la del vecino. En el estadio siguiente rigió el principio de la retribución compensadora, la lex talionis que decían los romanos, el «ojo por ojo y diente por diente», pues se daba por supuesto que la pena debía contrarestar equivalentemente los daños del crimen. Esto nos parece hoy bárbaro, pero en comparación con lo que le precedió fue un gran avance por los caminos del humanitarismo, ya que ahora podían serle impuestos al castigo unos límites. Dicho sea de paso que la ley de la estricta equivalencia se aplicaba no sólo a los delitos y a su castigo, sino a todas las formas de toma y daca entre los individuos: quien recibía un favor tenía que mostrar su agradecimiento haciendo otro o regalando algo valioso. La conducta diaria de los japoneses se gobierna aún en grandísima proporción por esta «ley».

En el tercer estadio, el castigo no fue ya expresión vindicativa sino que tuvo por finalidad disuadir al culpable, y a los demás, de todo deseo de repetir el delito. Este principio inspiró la reforma de las prisiones inglesas hace un siglo.

Actualmente, la idea del castigo está siendo reinterpretada en algunos sectores y entendida como reeducación o rehabilitación. Los padres y maestros que lo vean así, solamente como un medio de educar a sus hijos, tratarán a éstos de tal modo que sus órdenes sean respetadas aunque ellos se ausenten. Su disciplina, que al principio le parece al niño caprichosamente impuesta desde fuera, va pasando poco a poco a ser autoimpuesta. La disciplina externa siempre corre el riesgo de que se la rechace.

Aunque estos estadios han aparecido históricamente en el orden indicado, de tiempo en tiempo ha habido también retrocesos. Hace unos ciento cincuenta años eran todavía punibles con la pena capital en Inglaterra cerca de trescientos delitos, sin que se atendiese a su significación moral y sin atenuantes de ninguna clase en favor de los menores de edad, que podían ser condenados a muerte y ejecutados por robar cosas de escaso valor. ¡Y todavía hoy se encuentran familias en las que los padres se jactan de imponer castigos con el espíritu del tercer estadio, si no con el del primero! La National Society for the Prevention of Cruelty to Children tiene que considerar cada año unos cien mil casos.

Sin embargo, se ha progresado bastante. Comparemos, si no, los métodos punitivos vigentes en los hogares de hoy con los que se seguían en los de nuestros abuelos y en los de nuestros padres. Todo el que haya leído la obra de Samuel Butler titulada The Way of all Flesh, tiene cierta idea de lo que prevalecía la severidad en la época victoriana. Una generación atrás el péndulo pasó al otro extremo y, por reacción contra los rigores Victorianos, se dio en el dogma de que a los niños hay que permitirles todo, blandenguería pedagógica que sumió en el confusionismo a una generación de padres y maestros. Sostienen los propugnadores de este error que el niño es algo así como una planta dotada de sensibilidad humana que florece espontáneamente y produce el fruto de un ser civilizado. Se supone que el niño alberga en su interior una «personalidad» en miniatura que reclama la libre expresión de sí y debe ser protegida de cualquier represiva interferencia con los adultos. Por lo tanto, hay que descartar toda medida disciplinaria. Sólo así —dicen— podrá desplegarse intacta la tierna y genuina personalidad de cada niño.

El contraste entre la severidad victoriana y el tolerantismo posterior está patente en los extraordinarios cambios que se han producido en Norteamérica respecto de los métodos pedagógicos. Antes de la primera guerra mundial, enseñaban allí los manuales oficiales que el niño se halla a merced de peligrosos impulsos cuyo control fácilmente llega a hacerse imposible. En consecuencia, se aconsejaba a la madre que reprimiese por medios mecánicos las tendencias de su pequeño a chuparse el dedo pulgar y cualquier otro mal hábito, que si era preciso le atara los píes uno a cada lado de la cuna, le sujetara con imperdibles las mangas de su camisita de dormir, y, en general, que librara una batalla incesante contra sus inclinaciones torcidas y contra cualquier asomo de perversión de su naturaleza.

Después de la segunda guerra mundial, evidentemente el nene norteamericano tuvo que sufrir la dramática reviviscencia de la moral «espontánea». Lejos de tenérsele por vicioso en potencia, se le consideró ingenuo explorador de su cuerpo inocente, se insistió en lo saludable de su actividad muscular y se recomendó a su madre que le estimulase a desplegarla lo más posible. Por lo visto, esta nueva orientación guió en seguida todos los pasos del norteamericano desde la cuna hasta el sepulcro: la culpabilidad de ser alegre y regalón fue sustituida por la de no serlo bastante.

Al reflexionar sobre los castigos conviene que tengamos presente que el hogar es regido por los padres, que son legisladores, jueces, jurado, testigos, acusadores, defensores, policías y guardianes de prisión, todo ello a la vez. El padre que maneja la férula se siente, por lo tanto, inclinado a justificar sus medidas punitivas recurriendo a la sagrada fórmula: «A mí me duele más que a ti, hijo». Igual que en las lides políticas, el poder se convierte en derecho. Uno se pregunta qué método adoptaría tal padre si su hijo pudiese devolverle los golpes. Pero, no siendo esto posible, la familia viene a ser «el criadero y el terreno de entrenamiento del poder». «En ningún otro ámbito —escribió J. A. Hobson— puede ser el despotismo tan absoluto o tan íntimo, en ningún otro lugar puede darse tan impunemente pábulo al egoísta afán de someter la voluntad ajena a la propia.» No es raro que los padres estén dispuestos a dar por sentado que solamente ellos tienen el «derecho a tener derecho». Y su «sistema legal» pocas veces es algo muy ordenado, aunque esto se debe en parte a la enorme diversidad de situaciones confusas que se presentan a menudo, para no referirnos a los prontos temperamentales, a los intereses contrapuestos y a la necesidad de hacer algo rápidamente a seguida de las crisis menores que amenazan y perturban la paz doméstica.

El gobierno del hogar es difícil por otra razón, porque, paradójicamente, educar un hijo es al mismo tiempo la cosa más sencilla y la más ardua del mundo. Después de todo ¿qué puede haber tan simple? Incontables millones de madres han educado a sus hijos con más o menos éxito, pero en definitiva bien. La inmensa mayoría de esas madres eran analfabetas e ignoraban totalmente los recursos, de eficacia un tanto dudosa, brindados por la psicología. Por otra parte, al criar a su hijo cada madre ha de regular una pieza del equipo humano que es diez mil veces más compleja que la más complicada máquina del mundo. Supóngase que una madre hubiera de tomar a su cargo el funcionamiento de una planta atómica de la que nada entendiese. Pues no muy otra es, mutatis mutandis, la posición en que se encuentra respecto de la educación de su hijo. Cualquier palabra que le dirija, cualquier gesto, acción, amenaza o promesa puede desencadenar toda una serie de ignotas y poderosísimas «explosiones». De aquí que, para la educación del niño, seguramente serán más valiosos el instinto o la intuición de su madre que la pretensión de que todas las consecuencias de cuanto se le haga al niño pueden saberse de antemano con exactitud.

En lo que atañe al castigo corporal, conservemos un sentido de la perspectiva. Para empezar, digamos que un azotito que se le dé al chico para que no vuelva a ocurrírsele jugar con la lavadora y romperla no es de la misma categoría que una fuerte tunda propinada con el cinto. En segundo lugar, hay grandes diferencias entre los modos como unos chicos u otros responden al empleo de la fuerza. Algunos se quedan tan campantes, otros se afectan hondamente. Un muchacho sentirá más una oportuna mirada fulminante que otro una brutal paliza. El hiriente reproche que produce una humillación duradera puede ser mucho más cruel que un bofetón. Siempre es la significación del castigo para el niño lo que determina los efectos de ese castigo sobre su ánimo.

Y no olvidemos el puesto que le corresponde al humor en el hogar y en la escuela. Ninguna situación debe extremarse hasta el punto de que su única salida sea la alternativa entre castigar o perdonar. La estrategia de la vida normal tanto en casa como en las aulas debe consistir más bien en crear y cultivar una atmósfera en la que la cuestión del castigo surja raras veces…, si ha de surgir alguna. A conseguir esto contribuye mucho el buen humor: en un hogar alegre, un cantar, un chiste, un juego de palabras;, un ademán cómico u otro cualquiera de los infinitos recursos de un humor ágil y ocurrente pueden hacer mucho por crear tal atmósfera sana y optimista.

Existen pocos estudios sistemáticos sobre las relaciones entre el castigo corporal y la delincuencia. Los resultados de un análisis llevado a cabo en los años ochenta en 30 establecimientos escolares del distrito occidental de Yorkshire son, por ello, del mayor interés. Dichos establecimientos fueron clasificados en tres grupos: aquellos en los que no se había usado en absoluto el palo; aquellos en que sólo se había golpeado en ocasiones a menos de dos por ciento de los alumnos; y aquellos en que más de dos por ciento de los alumnos (hasta un máximo de 10 %) habían recibido golpes. Esta clasificación no daba base alguna para poder afirmar que las escuelas en que más se usaba el palo produjesen el menor número de delincuentes, ni tampoco para deducir que los chicos de mejor conducta procedieran de las áreas socialmente más favorecidas. Pero, de hecho, la delincuencia era menor en aquellas escuelas en las que más raramente se recurría al castigo corporal.

Si negamos que el niño deba proceder en todo como le dé la realísima gana, no podemos consentir que así proceda. Alguna especie de disciplina y de autocontrol es necesario que la haya, aunque no ha de ser excesiva, pues de lo contrario se irá al fracaso: el niño se rebelará. El castigo puede ser sustituido por una disciplina que esté basada en el ejemplo más que en los preceptos, ganándose al chico para que acepte de buen grado ciertas reglas mediante la alegría y el buen humor, disipadores de tensiones y tristezas; la coerción, llegado el caso, deberá ser el último resorte al que se eche mano.

El problema del castigo conduce naturalmente a la cuestión de la disciplina, de las normas o «reglas» que han de estar vigentes en el hogar y en la escuela. Imaginémonos una situación como ésta: una madre que va a salir de casa para ir de compras se dirige a sus gemelitos de cinco años diciéndoles: «Ahora, nenes, portaos bien mientras yo estoy fuera. No me hagáis disparates como untar de mermelada la alfombra». Al volver una hora después se encuentra, con desesperación, que la alfombra está totalmente cubierta de mermelada. ¡Y no se le ocurre que la idea de tal hazaña se la deben sus gemelitos precisamente a ella misma! Aun suponiendo que tamaño entretenimiento les hubiese pasado ya antes por las mientes a los niños, su madre se lo hizo más atractivo enunciándolo con solemnidad como cosa rigurosamente prohibida. O pongamos este otro ejemplo: En una guardería infantil se colgaron varios carteles magníficos que representaban diversos peligros de la vida hogareña. En uno de ellos se veía a un niñito metiendo las dos puntas de unas tijeras en los orificios de una toma de corriente eléctrica. Angustiosas llamadas telefónicas pidieron en seguida que se retirase el cartel, pues su efecto en algunos pequeños había sido el contrario del pretendido: aquella pintura les tentó a hacer la misma prueba, en algunos casos con resultados graves.

Las experiencias psicológicas avalan la sabiduría popular que nos advierte que la mera prohibición de algo lo hace deseable: «Nada hay tan apetitoso como el fruto prohibido», dice un proverbio, y muchos otros abundan en igual sentir. Todas las madres avisan á sus hijos y todos los maestros a sus discípulos docenas de veces al día: «¡No hagas esto! ¡Evita aquello!».
Pues bien, el número de noes que al chico se le pueden decir con esperanza de buenos resultados tiene sus límites, pues de lo contrario, si se rebasa ese número, cada nuevo «no» equivaldrá ya a un «sí» efectivo. Y el límite se alcanza cuando el pequeño obedece con reluctancia, o se niega en redondo a obedecer o hace todo al revés de como su madre le ordena que lo haga.

Un número excesivo de noes coarta la espontaneidad y el ansia de libertad, que al niño le son tan vitales como el aire que respira. El niño sano experimenta un sentido de la libertad no sólo como natural exuberancia, sino también como algo que le faculta para negarse a cumplir los deseos de otra persona. Entraña cierta resistencia a todo control no deseado, y hasta, en alguna proporción, un cuestionarse acerca del orden de cosas existente. El chiquillo que llora o que destruye algo y «hace nada más lo que quiere», no actúa sólo en virtud de impulsos ciegos y meramente animales. Al contrario, sus acciones tienen el sentido de la rebeldía. Va adquiriendo gradualmente la libertad, preparándose y entrenándose más cada vez para ser responsable de todo cuanto quiera hacer en el futuro.

Supongamos que una madre siguiera a su hijito de tres años en sus correrías alrededor de la casa desde el momento en que el niño se levanta y sale hasta la hora de retirarse por la noche, y que le fuese diciendo a cada paso: «¡No debes hacer esto! ¡No hagas aquello! ¡Eso es malo! ¡No digas eso! No toques aquello!». ¿Cuál sería probablemente el resultado? Si el niño se tomase en serio todos esos avisos y prohibiciones, se convertiría en una especie de prisionero recluido en la estrecha celda de un campo de acción rodeado de murallas de noes. Fuera de esa celda no se atrevería a dar un paso, por la angustia que le produciría el violar uno solo de los preceptos de su madre aun estando ésta ausente.

Objetará alguien: «¡A buen seguro que al niño no se le deberá permitir que ande jugando con objetos peligrosos, como la cocina o la estufa de gas o los interruptores y enchufes eléctricos!». A esto responderé que el ambiente en que el niño haya de desenvolverse convendrá que esté libre de peligros de esta clase, y en este aspecto es preciso reconocer que el diseño de nuestras casas y el de los instrumentos y utensilios de uso común, la posición de picaportes, cerraduras y fallebas, y la de las llaves de gas y los interruptores de la luz, así como otras cosas por el estilo dejan bastante que desear.

Teóricamente hay un número ideal de noes, de prohibiciones, aunque no pueda fijarse con precisión. Una buena práctica consiste en compensar cada «No hagas…» con un «Haz esto…», de tal manera que por cada palmo de libertad que el niño pierda en una dirección gane otro palmo en otra. Si no le dejas que te abra un huevo cuando vas a hacer la pasta del bizcocho, ¡consiéntele por lo menos que eche en ella las pasas de Corinto! El dicho de «Toda ley crea un criminal» es tan verdadero aplicado al hogar como a la sociedad entera. Generalmente, cuantas menos leyes, mejor, pero hay un número óptimo de normas. Esto no significa que propugnemos la abolición de todas las leyes en la escuela y en el hogar. Quiere decir tan sólo que hay que procurar evitar que se produzcan situaciones que tienten al niño a hacer aquello que se le prohíbe. Una regla que esté expuesta a ser ignorada o violada es preferible que no exista.

Conviene recordar tres puntos importantes sobre las reglas que se le impongan al niño. Primeramente, la regla deberá significar poco más o menos lo mismo para el que la dé que para el niño. De otro modo, éste podrá pensar que es obediente cuando no lo es, o no sabrá dónde termina la obediencia y empieza la desobediencia. Y, a la inversa, tal vez se considere malo cuando no lo sea. En resumen, que el que ponga la regla y el niño a quien se le ponga habrán de reconocer una misma frontera entre el obedecerla y el desobedecerla.

En segundo lugar, la regla no deberá ser vaga, imprecisa. La mayoría de los niños disfrutan llegando hasta el límite de lo permitido, deteniéndose, por decirlo así, al borde mismo del abismo. La afición a ir bordeando precipicios no es prerrogativa exclusiva de los diplomáticos adultos. Y si el niño no sabe a ciencia cierta dónde termina la zona de lo lícito y dónde comienzan las prohibiciones, tampoco sabrá si se halla o no en terreno vedado, y puede que el educador le mire como si hubiese transgredido ya una regla cuando en realidad el pequeño ha obrado inocentemente. Ahora bien, sabido es que nada le amarga tanto a un niño como el verse reprendido o castigado por una acción que él quizá no pudo saber que era mala. Por otro lado, también se ha de evitar la pedantería al establecer reglas. «En el instante mismo en que el reloj dé las nueve, deberás meterte en la cama»; esta clase de regulaciones estrictas crean niños obsesos.

Los resultados patológicos a que pueden conducir los educadores demasiado rígidos en el fijar y hacer observar reglas ilústralos el ejemplo siguiente: A un niño de cinco años se le llevó a una clínica porque desde el nacimiento venía mostrando grandes dificultades para comer y, además, era desobediente, agresivo y asustadizo. Era un hijo no deseado, y su madre no le había podido amamantar. El rechazaba el biberón, pero se le forzaba a tragar la leche «según los procedimientos de rigor». A veces este ejercicio se prolongaba durante hora y media. La madre no solía ceder hasta que el díscolo niño había acabado la última gota, y nunca le cogió en brazos durante la crianza porque creía que esto le estropearía. Tan inflexible sistema fue puesto en práctica invariablemente. Si el niño se negaba a tomar un alimento, se le presentaba una y otra vez hasta que terminaba por tomarlo. A menudo el niño lo vomitaba. Y a todo esto se iba haciendo cada día más agresivo y obstinado. En sus pesadillas se veía perseguido por una bruja que intentaba asfixiarle. Su madre estaba convencida de que le quería, pero el examen psiquiátrico reveló que desde el primer momento le había rechazado y le había comparado desfavorablemente con otros niños.

Siempre que sea posible, al pequeño deberá dársele alguna razón de por qué tiene que hacer o no hacer esto o aquello, y la razón habrá de ser bastante comprensible para él. Hay que evitar las órdenes arbitrarias, por más que muchos niños, que en esto parecerán viejos, se resignen a aceptar incuestionablemente el convencionalismo del «¡Esto no se hace!». Recuérdese también que cada vez que a un hijo o alumno se le prohíbe hacer algo, el que así le manda está creándose una posible fuente de enfado y molestia para sí mismo, habida cuenta con la probabilidad de la desobediencia.

Es útil imaginarse el mundo de un niño como un mapa que consta de zonas (señaladas en verde) a las que se le permite entrar y de otras zonas (señaladas en rojo) que quedan fuera de su alcance. Habrá igualmente rutas que le esté permitido seguir y otras que le estén vedadas. Las zonas del mapa no sólo representarán lugares, sino todas las cosas que a un niño podría gustarle hacer o decir y que le son permitidas o prohibidas. El cometido del padre y del maestro consistirá en regular el número y la extensión de las zonas rojas, procurando que el niño rara vez tenga la sensación de que su libertad está siendo gravemente recortada. Tolerará el rojo con tal que no invada lo que él cree que son terrenos de legítima libertad. Respetará el mapa si él se siente cartógrafo adjunto, y lo aceptará con mayor facilidad si ve que contiene bastantes espacios verdes. Muchos problemas tocantes a la disciplina se solucionan y esfuman si dejamos al niño meterse de lleno en sus gozosas y no fatigantes actividades, y si le damos las cosas que pide con derecho.

Para concluir, llamemos la atención sobre una idea que a padres y maestros les puede servir de guía: desde los primeros meses de su vida empieza a formarse en la mente del niño una imagen ó noción de sus padres con la que después se identifica él mismo a base de copiarles e imitarles. Y lo que los padres dicen cuenta mucho menos que lo que hacen. A los padres y a los educadores no se les oculta el hecho de que el niño busca en ellos un modelo o ejemplo de conducta que imitar. Y aquí cabe traer a colación que todos los pueblos, en sus mitos y leyendas, tienen sus héroes y semidioses que les sirven de modelos ideales: un Hércules, un Guillermo Tell, un Robin Hood… Parece cierto también que lo que modela el carácter del niño son ante todo sus propias acciones más que sus palabras. Si está hecho nada más que para rendir acatamiento a la moral convencional, se va entrenando en la hipocresía, porque desde muy pronto aprende que lo que haga tendrá escasas consecuencias mientras hable con palabras sinceras.

Para que las relaciones entre los padres y su hijo y entre el maestro y su discípulo den sus mejores frutos han de basarse en la estima y la confianza mutuas. Sólo entonces verá el chico en sus mentores modelos dignos de imitar y de emular.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.

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