¿Cambiar? ¿Para qué?

Foto: JoanM(LCC)

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Por JJ

Hace tiempo que los hombres se preocupan del cambio y disputan por su causa. Parménides, hace veintiséis siglos, sostenía ya la inmutabilidad del ser. Pero oponiéndose a él, Heráclito de Efeso asegura que nada es fijo y claro y que “todo llega a ser por discordia y por necesidad” El sol es “cada día nuevo”, el fuego “cambiando reposa”; “el frío se vuelve calor, el calor se vuelve frío, la humedad se vuelve seca, lo árido se vuelve húmedo”. A través de las metamorfosis, aparece una unidad en el movimiento: “a la naturaleza le gusta esconderse”, y la naturaleza es fuego y agua o movimiento que salvaguardan la identidad en las diversidades.

Precisamente “todo corre”, le atribuye y le declara que “los que descienden a los mismos ríos, aguas siempre nuevas los bañan”. Todo se vuelve todo, y cada cosa contiene en ella su propia negación; la ley del futuro será la de la identidad sucesiva de los contrarios; “ellos no saben cómo el discordante armoniza consigo mismo; armonía de tensiones inversas, como en el arco y la lira”. Y precisa: “el conflicto es padre de todas las cosas y rey de todas las cosas; en unos revela dioses, en los otros hombres; de los unos hace esclavos, de los otros hombres libres”.

Esta dialéctica de balance y de brusca vuelta, esta invocación de flujo irreprimible que hace “que no se pueda descender dos veces al mismo río”, debieron preocupar mucho a espíritus inquietos por la estabilidad: Heráclito fue llamado “el oscuro”.

En el siglo primero de nuestra era, un segundo Heráclito, evocando a su predecesor, tomó la defensa de las alegorías de Homero cuyos realismos ontológicos justificaba: “no ha denominado muy acertadamente el elemento líquido océano, nombre derivado de ‘correr de prisa’, y hace de este océano fuente y origen de todas las cosas”. La “carrera errante” de Ulises, la Odisea es la forma de la existencia. Y los mismos elementos no son indiferentes e inertes, sino movedizos y “unidos como padres” salidos de Cronos, el Tiempo, y de Rea, la Evolución: “el Tiempo es el padre de todas las cosas y es absolutamente imposible que cualquier ser nazca a la vida sin el Tiempo. He aquí, por qué es el origen de los cuatro elementos. Como madre, el poeta les asignó a Rea, puesto que una especie de derrame y movimiento sin fin es la ley del mundo”. La “tierra” misma se mueve. En esta visión temblorosa y líquida de las cosas, el poeta del cementerio marino y de la segunda gran Oda hubiera podido reconciliarse ante las civilizaciones mortales. Heráclito entonó el canto del cisne.

Más cercano a nosotros, Bergson había incitado a asociar “el pensamiento y el movimiento”. “Con qué derecho se sitúa primero la inercia”, preguntaba. Había denunciado tentaciones fijas de la inteligencia: “nuestra facultad normal de conocer es pues esencialmente un poder de extraer lo que hay de estabilidad y de regularidad en el flujo de la realidad”. Y había emprendido el describir “la evolución creadora”: “la vida es una evolución… lo que es real es el cambio continuo de forma: la forma no es más que una instantánea tomada sobre una transición”. Bergson alertó, sedujo y después desilusionó. Y fue fácilmente señalado con el dedo para luego caer en desgracia. Por una transparencia de estilo y de corazón que pareció sospechosa.

Por éstos y otros ejemplos se podría pretender que los “evolucionistas”, todos aquellos que intentan convencernos de ceder a favor del movimiento y del futuro, oscuro o claro, no fueran escuchados. Escandalizan fácilmente: por diversas causas, Einstein, Teilhard de Chardin, así como Bergson, adquirieron la experiencia. En tiempos, Galileo… Sin embargo, por otra parte los “revolucionarios” se denuncian, se dividen, se desgastan por recíprocas indagaciones y se neutralizan más y más naturalmente: como si temieran a su vez el cambio que invocan y del que se muestran demasiado decepcionados.

Hay que creer que no llegamos a consentir positivamente con la movilidad incesante de realidades y de situaciones: no solamente las mutaciones, sino los más simples cambios nos afectan, abstracción hecha de nuestras ideologías. Frecuentemente se habla de resistencia al cambio; y las dudas y aprehensiones que las modificaciones provocan parecen tomar la forma de miedo del futuro o de un “misoneísmo”.

¿Miedo o llamada?

De hecho reflexionar o calcular con miedo al cambio, ¿no significaría que se tiene un secreto deseo de cambio y que se formula un deseo consciente o inconsciente del futuro? No se hablaría tanto de este “miedo” si no se desease avezarse contra él, o fustigar a los que se oponen al cambio. Y, sin duda, muchos de los que se oponen lo hacen como reacción contra otras personas que les parecen que aspiran por un excesivo deseo de cambio. Los grupos sociales o los individuos ¿no están ellos tentados, de forma lacerante, por una necesidad de renovación: arrastrados inexorablemente por esta “evasión” actual y por el intervalo de presencias, sobre el cual Claudel nos enseñó en tiempos a leer El conocimiento del tiempo? Pues “el hombre ha sido hecho para transformarse con todo. Desde entonces debe poseer el medio de ser modificado en su forma, por todos lados, de ser informado sobre todo. Pero este elemento común, al que debe encontrar susceptible de proporcionarle información, no puede ser más que el más general, es decir, este movimiento mismo por el que toda cosa existe”.

La llamada del movimiento o el miedo al cambio: entre estos dos sentimientos, cada uno, dependiendo de las circunstancias, puede oscilar o debatirse contra sí mismo o contra los demás. “Un rey sin diversiones es un hombre lleno de miserias”, recordó Giono, contando la historia de un apacible montañero, que buscando eliminar el aburrimiento de un largo invierno de aislamiento, estranguló a los habitantes de un pueblo vecino, refugiándose en la provocadora bruma. Un ser sin cambios, una sociedad sin evolución, una historia sin movimientos, ¿no resultarían igualmente miserables y a merced de una solapada búsqueda de las agitaciones? ¿Se puede entonces elegir, en la precisión de un análisis, entre tomar el pulso al futuro o el miedo al cambio?

Podemos formular la hipótesis que no es posible desenredar impulsivamente la madeja de nuestros sentimientos y nuestras emociones con respecto al cambio. Este es tan deseado como temido, provocado y sufrido a la vez; está sostenido y frenado por personas diferentes en el propio seno del grupo, por cada uno en el fondo de sí mismo; al mismo tiempo es vivenciado y rechazado. Más generalmente, toda ciudad se defiende contra el cambio que ésta tiende a reprimir: pero ella lo llama secretamente, como lo llama Freud en su estudio, sobre el porvenir de una ilusión: “Un enorme número de hombres está descontento de la civilización, es desgraciado por su causa, la siente como un yugo que hay que sacudir. Y estos hombres, o bien hacen cuanto esté en su poder para cambiar esta civilización, o bien llegan tan lejos en su hostilidad hacia ésta que no quieren absolutamente oír hablar más de civilización ni de trabas a los instintos”.

Ambivalencia con respecto al cambio

Podemos, pues, fundar nuestras reflexiones, más que sobre el miedo o el atractivo del cambio, sobre la ambigüedad de nuestras reacciones con respecto a él. Es más exacto hablar de una ambivalencia de los sentimientos y de las emociones, individuales o colectivas, en relación al movimiento y al cambio social.

Una tal ambivalencia está inscrita en nuestro destino psicológico de seres animados, tanto autónomos como interdependientes. Pues no establecemos, gracias a nuestros procesos de regulación psicológica (de homeostasis), permanencias de estado y constancias en nuestro régimen de cambios, que para mejor afrontar el entorno físico; no afirmándonos nosotros mismos más que para desafiar la aventura, la desorientación, la expedición, el descubrimiento solitario de las terrae incognitae.

Pero esta ambivalencia está también asentada en la organización de la sociedad. Esta puede ser sentida como un destino social, una necesidad que nos limita el imprevisto; puede también ser tomada como una ayuda para afrontar los riesgos de la novedad en el Antártico, o en los desiertos, y hasta en la búsqueda con vistas a totalizar el mundo; en resumen y ante todo, esta organización puede estar concebida como provisional y como debiendo ser superada.

El cambio puede pues parecer indeseable, aventurado o incoercible; ¿puede influir sobre modos de conductas colectivas o sobre formas colectivas de relación y de propiedades?; puede, según los casos, exigir simples ajustes o modificaciones profundas, hasta por vértigo, subversiones? “Descendemos y no volvemos a descender al mismo río”, afirmaba Heráclito de Éfeso.

Y pretendemos al mismo tiempo controlar el movimiento social y volverlo incontrolable, descender sobre la agora, pero sin embargo encerrarnos en el “güero de los intelectuales”, denunciado por Jean Duvignaud, “prisión en la cual el hombre, que pretende intervenir en la trama de la vida social, o solamente interpretarla, se encierra por insuficiencia conceptual”.

¿De qué cambio se trata?

De hecho, la ambivalencia de nuestras disposiciones y de nuestras reacciones en relación con un cambio dado dependerá mucho de las características que presente respecto a cada uno de nosotros: ¿Es un cambio de entorno espacio-temporal o de situación moral? ¿Presentase como brusco o progresivo, discontinuo o persistente? ¿Aparece en concordancia con nuestras angustias, con nuestras miras del pasado o del porvenir, con nuestras estructuras imaginarias, o se presenta contrario a nuestras esperanzas? ¿Nos da la impresión de ser asequible a nosotros como un proyecto tratado, un progreso, o sufrido como una fatalidad, según un “terrorismo” de lo ineluctable?

A nivel de las relaciones, el cambio ¿nos aísla o, por el contrario, nos arrastra con los demás en una efervescencia de “pánico”? Analizando ¿se define ante nosotros con procesos de regresión (la vuelta al “seno materno”) y de arcaísmos o procesos de progresión, hasta de promoción (la identificación con los “padres”)? ¿Podemos estimar que nos reporta más bien beneficios o pérdidas? ¿Es en resumen compatible o no con la plasticidad de las estructuras de relaciones explícitas o implícitas, en el interior de las cuales permanecemos? ¿Y va a aligerar éstas, romperlas o tensarlas? ¿Se presenta, pues, como jugando en el interior de la elasticidad de las formas sociales o como arrastrando su transformación, si no su destrucción?

A propósito de la noción de mutación, Jean Duvignaud señala que hay que emplear este término siguiendo tres acepciones diferentes: “según se trate de una ruptura radical en la duración y de un esfuerzo para romper la totalidad de la organización social de un cambio económico con consecuencias infinitas, pero no directamente percibidas, porque no se formulan para una conciencia actual de una transformación política que puede ser superficial o engendrada por esfuerzos emocionales con implicaciones muy vastas”.

Las diversas características que potencialmente presenta un cambio pueden igualmente establecerse de manera variable en las diversas zonas del campo social: pueden igualmente afectar a los individuos y a cada individuo, ser diferentemente percibidas, conforme a las partes de la personalidad y conforme a los términos enfocados. Por ejemplo, un funcionario puede estar interesado respecto a su situación profesional por un cambio político, pero puede estar inquieto por las repercusiones ulteriores y ofuscado, en todo caso, en relación con algunos de sus valores, al mismo tiempo que preocupado por la incertidumbre sobre los riesgos provisionales de la acción emprendida; puede encontrarse de acuerdo con algún otro funcionario, discrepando al mismo tiempo sobre las concepciones y las previsiones. O bien, un profesor puede desear ideológicamente la revolución, pero temerla por sus consecuencias pedagógicas (y viceversa).

Tal pluralidad de posibilidades no hace más que reforzar por resonancia la ambivalencia de nuestras relaciones frente a cualquier cambio, y esta ambivalencia, por consiguiente, explícita la complejidad de nuestra situación en el mundo frente a los otros individuos y mide más precisamente la depresión hacia incertidumbres profundas que el cambio puede producir sobre nuestras relaciones sociales inmediatamente o a largo plazo. ¿Pero cada relación no es de por sí una prueba de incertidumbre, que está reducida por la interposición de los sistemas sociales?

Hay que llegar al análisis funcional de un sistema social: “su” economía esencial insiste en que coloque a los individuos a distancias recíprocas, para sus intercambios materiales o informativos, lo más firme posible. La presión o mejor dicho la “represión” de un sistema social, nos mantiene de hecho en puestos bastante estables para que la incertidumbre turbulenta relativa a nuestros sentimientos y en nuestras múltiples reacciones posibles, para los unos y, para los otros, se vuelva soportable, es decir, deja a cada uno un margen moderado de adaptaciones.

Emociones, estructuraciones y cambios

Es oportuno explorar, analizando primero, más que una estructura del miedo o del deseo de cambio, la estructura más general de los fenómenos emocionales o afectivos, tal como aparecen ligados a las posibilidades de cambio, en las relaciones entre los hombres. Lo que hace resaltar cómo todo cambio social nos emociona en tanto en cuanto modifica el equilibrio dinámico de nuestras relaciones con los demás y así, pues, de nuestras presiones mutuas y de nuestros soportes recíprocos.

En un segundo plano será posible, por consiguiente, explorar la estructuración sociológica de represiones e influencias; las distintas instituciones pretenden proteger a los hombres entre sí, regulando los choques, las “carambolas” de sus actividades recíprocas. Esta protección está asegurada por la presión de organismos que regulan los intercambios y los contactos con ánimo de evitar choques demasiado bruscos o demasiado incesantes, como los que aparecen en las carreras de stock-cars, pero la protección está igualmente garantizada por la intervención más discreta de influencias morales o de figuras de autoridad, estabilizando ciertos modos de comunicación.


 

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