Camaleón

Metáfora

Toby era un camaleón que tenía un problema. Constantemente cambiaba de idea. En primer lugar, por la mañana no conseguía ordenar su cabeza y tener la decisión suficiente para levantarse de la cama. Una vez que lo hacía, se enfrentaba al dilema de qué tomar para desayunar. A continuación, tenía que intentar decidir cuándo, dónde y con quién comería. Las decisiones que debía tomar eran tan numerosas y complejas que le daba pavor enfrentarse al día que tenía ante si. Incluso el hecho de decidirse a elegir constituía un reto para él.

Y cada nueva emoción que experimentaba implicaba un cambio de color. Cuando se enfadaba, su piel adquiría un color rojo sangre intenso. Si se sentía tranquilo, la tonalidad era azulada. Al entusiasmarse, el color era amarillo y brillante como los rayos del sol.

Todo esto no habría sido tan negativo si no fuera por el hecho de que sus indecisiones y su falta de determinación le conducían en muchas ocasiones a no hacer nada. Y esto no era lo peor. Su indecisión le hacía estar abatido, y en ese estado se volvía de color azul oscuro.

Toby pensaba que necesitaba ayuda pero, obviamente, decidirse a buscarla implicaba otro reto. Cuando estaba a punto de tomar la decisión, se sentía tan satisfecho que, de forma casi invariable, decidía que no debía hacer nada. Si, con la finalidad de buscar ayuda, optaba por dar una vuelta, la cuestión que se le planteaba era a quién reclamar esa ayuda. Inmediatamente después de pensar en un animal amigo con quien charlar, le venía otro a la cabeza. En estos casos, su piel reaccionaba mostrando una abigarrada gama de colores.

De alguna forma conseguía enfilar la puerta de su hogar, pero entonces dudaba acerca del camino que debía tomar. Cuando giraba su vista a la derecha, pensaba que lo mejor era ir hacia la izquierda. Y al dar el primer paso en dirección a la izquierda, le invadían las dudas y pensaba que hacia donde realmente se debía dirigir era hacia la derecha.
Cada paso al frente venía acompañado de un sinfín de vacilaciones, de forma que terminaba trazando círculos sin dirigirse a ningún lugar. «¿Qué estás haciendo?», le preguntó una jirafa que se cruzó con él. Cuando Toby le explicó su problema, la jirafa le dio un decidido y resuelto consejo. «Necesitas estar igual de alto que yo», le dijo el animal de largo cuello. «De esta forma verás lo que tienes treme a ti y sabrás dónde te diriges. No te sentirás atrapado en medio de todas las pequeñas cosas que te rodean. Tienes que tratar de ver lo que hay más allá de ellas. Entonces conocerás cuál es tu destino.»

Toby intentó levantar la cabeza a la misma altura que la jirafa. Miró tan lejos como pudo, y realmente fue capaz de avanzar unos cuantos pasos. Pero entonces, las dudas volvieron a apoderarse de él.

Era incapaz de decidir si tenía que seguir adelante, o si en cambio lo mejor era regresar a casa. Iba alternando pasos hacia atrás con pasos al frente, con un balanceo similar al de un caballito de juguete. De repente, unas risas interrumpieron sus pensamientos. El camaleón descubrió que una hiena se estaba riendo de sus payasadas. «Pareces tan estúpido», le dijo, antes de echarse a reír de nuevo. «No seas idiota. Sencillamente, dirígete al lugar adonde quieres ir y haz lo que tienes que hacer.»

Toby se sintió humillado. Estaba tan furioso que se volvió de un color rojo purpúreo y se marchó del lugar, deseando alejarse de la hiena y de sus antipáticos desaires. Cuando hubo dado tres o cuatro pasos en línea recta, empezó a titubear respecto a la dirección que debía tomar.

Tras adoptar un tono verde similar al del follaje que estaba esparcido por el suelo de la jungla, se encontró con una gorila que estaba cruzando con determinación la maleza y que llevaba un joven cachorro asido firmemente a su pelo. La gorila se detuvo justo en el momento en el que iba a pisar a Toby, y le dijo: «Lo siento. No me había dado cuenta de que estabas ahí.»

«No te preocupes», contestó Toby. «Hay mucha gente que no me ve, y si lo hacen se limitan a darme órdenes o a burlarse de mí.»

La gorila se sentó sobre un tronco caído y se dispuso a escuchar la historia de Toby. Su mirada era dulce y llena de empatía. Toby tuvo la sensación de que podía hablar de cosas sobre las que nunca había hablado. «Puedo entender tu dilema», dijo la gorila, «pero no puedo decirte lo que has de hacer. Has de encontrar tu propio camino. Las respuestas están en tu interior». La piel de Toby comenzó a brillar en una demostración de su afecto. Tenía la impresión de que la gorila le comprendía y se preocupaba por él. Con una sensación de paz interior, dio cinco o seis pasos al frente. Y entonces empezó a dudar. Lo único que le había ofrecido la gorila había sido cariño. «Indudablemente, estando solo no sabré adonde dirigirme.» Y se detuvo frustrado.

El siguiente animal con el que se encontró Toby fue un guepardo, el cual, al escuchar su historia, le dijo: «Es sencillo. Al principio limítate a sentarte y observar. Escoge algo en lo que centrar tus sencidos. Cuando lo hayas hecho dirígete derecho hacia tu objetivo. Emplea en tu empeño todas tus energías. No frenes tu avance. Ésta es la forma en que conseguirás alcanzar tu meta.» Después de haber dado este consejo, el guepardo se marchó corriendo.

«Esto no ha sido de gran ayuda», pensó. «Nunca he sido un guepardo y nunca lo seré.» Pero absorto en sus pensamientos había estado recorriendo un camino; hasta que un grito proveniente de encima de él distrajo su atención. Observándolo con benevolencia había un búho de grandes ojos.

El búho escuchó pacientemente la historia de Toby y a continuación se puso a reflexionar durante unos instantes. Sólo después de haber valorado todas las circunstancias, el búho habló. Se expresaba con una voz profunda, y de forma compasiva y sabia.

«Has hecho bien en escuchar los consejos de tus animales amigos», dijo el búho. «Todos te han dicho algo que te puede ayudar un poco en tu viaje. También has estado acertado al darte cuenta de que lo bueno para ellos no tenía por qué ser lo mejor para ti. Experimentar con sus consejos, a fin de comprobar si podían serle útiles, ha sido una buena decisión. Pero hay un aspecto que has pasado por alto. Tú no tienes por qué imitarlos. Posees una habilidad de la que ningún otro animal dispone.»

«En la jungla hay un dicho», continuó el búho, «que dice que el leopardo no puede cambiar su piel moteada. Y eso es cieno. Cada animal tiene el color que continuará teniendo siempre. Tú, sin embargo, eres único y especial. De entre todos los animales del planeta, tú eres el único que puede cambiar de color. Has de saber dónde estriba tu fuerza y estar orgulloso de ella».

Toby había estado tan preocupado con su problema que había olvidado lo mucho que apreciaba su singularidad. Se sintió entusiasmado y feliz por la forma en que el búho lo había alabado. Esa opinión lo llenó de confianza. Durante todo el camino de regreso hacia su casa estuvo cambiando de color. Se tomó veteado como las sombras de la jungla; después, ocre oro al cruzar la sabana y gris granito al pasar sobre las piedras. Del todo ensimismado en su diversión, se olvidó de sus titubeos. De hecho, ames de llegar a su casa, ya había decidido lo que quería para cenar. Una vez hubo comido, cayó en un plácido sueño. Naturalmente, no podía ver el color que adoptaba al quedarse dormido, pero le constaba que era un color precioso. Tenía que serlo. Y se puso a soñar en Toby, el camaleón seguro de sí mismo.

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