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Autoayuda
Libro: Robin Silverman: Tus diez dones

«Robin Silverman ha escrito un libro espléndido. Las herramientas psicológicas que nos ofrece de forma sencilla y didáctica nos proporcionarán la paz, la alegria y el éxito en nuestra vida.» --Louise L. Hay

Ediciones Urano, Barcelona, PUBLICACIÓN: Abril 2001 FORMATO: 13,5 x 21,5 cm PÁGINAS: 272 TÍTULO ORIGINAL: The Ten Gifts ISBN: 84-7953-449-4

Todos tenemos diez dones maravillosos a nuestro alcance. Siempre han estado ahí y siempre los tendremos con nosotros. Por duras que sean las circunstancias, todos poseemos en nuestro interior lo necesario no sólo para salir adelante, sino también para obtener la felicidad.
Todos pasamos por experiencias de pérdida, por momentos de desesperación. Las palabras de la autora nos recuerdan que, en nuestro interior, tenemos algo maravilloso, unos dones divinos que nos llevan tener fe en la vida, en nosotros mismos y en los demás.

La autora sufrió las consecuencias de un desastre natural (una inundación) y se dió cuenta de lo que verdaderamente es importante y valioso en esta vida. No es lo que tenemos o lo que nos falta lo que nos hace felices o infelices, sino lo que poseemos en nuestro interior.
Todos, a lo largo de nuestra vida, hemos sufrido algún tipo de “desastre”; ya sea causado por la Naturaleza, por un divorcio, una enfermedad o cualquier otra situación.

Extracto de la Introducción

SI HAS RECURRIDO A este libro, es muy probable que estés harto: preocupaciones, miedo, sufrimiento, cansancio o una actitud defensiva. En realidad, lo que haya producido tu malestar no tiene ninguna importancia; lo que importa es que sabes que estás preparado para conseguir un poco de paz. Y este es un buen lugar para empezar a buscarla.

Yo soy muy parecida a ti y, como tú, en un momento de mi vida me di cuenta de que ésta era cualquier cosa menos tranquila. Nacida en plena explosión demográfica, al ir creciendo lo quería tener todo, y de hecho, tuve muchas cosas. Al llegar a los treinta tenía un marido y dos hijas y era copropietaria de tres tiendas. Además había comprado una casa preciosa, aunque algo destartalada, y la tenía llena de trastos. Mis parientes estaban esparcidos a lo largo de 2.200 kilómetros y yo les escribía con regularidad y los visitaba en vacaciones. También elegí dedicarme a la familia de mi sinagoga ejerciendo de maestra de religión voluntaria durante más de diez años, y más tarde, como presidenta de la junta directiva. Además tenía 39.000 lectores que esperaban que publicara material nuevo en mi columna del Grand Forks Herald cada domingo, y había miles de personas que buscaban nuevas perspectivas en mis seminarios. A medida que avanzaba la década de los noventa, mis hijas empezaron a desarrollar sus propias habilidades y sus intereses, yo asumí más responsabilidades en la comunidad y las cosas fueron complicándose.

Había llegado a los cuarenta y lo tenía todo menos tranquilidad. Iba como loca de una cosa a otra, y no paraba de repetirme: «En cuanto acabe esto estaré tranquila». Pero todo el tiempo mi mente estaba saturada de pensamientos sobre las cosas que no había terminado, lo que no había sabido apreciar y lo que no había podido hacer. El miedo a decepcionar a alguien (incluida yo misma) se convirtió en una angustia latente, y empecé a dormir mal y a tener ardores de estómago. Una vez y otra pensaba en la cita bíblica: «Pedid y recibiréis», y en la añadidura árabe: «Y pagaréis por ello».

Las cosas siguieron del mismo modo hasta el 18 de abril de 1997, cuando en cuestión de horas perdí mi posición, mis posesiones y la situación que durante un período de veinte años me había definido a mí misma. El río Rojo del Norte, que normalmente serpentea con lentitud entre Grand Forks, en Dakota del Norte, y East Grand Forks, en Minnesota, se convirtió en un mar tóxico lleno de animales muertos, residuos petroquímicos de los depósitos de aceite de automóviles y sistemas de calefacción, rocalla del lecho del río y aguas residuales. El río, que normalmente tenía apenas 15 metros de ancho, alcanzó una anchura de más de 20 kilómetros a causa del deshielo tras un invierno terrible que había dejado más de dos metros y medio de nieve en las llanuras. Aunque el Servicio Meteorológico Nacional advirtió que la riada sería «intensa», nadie podía suponer que la crecida que anunciaban iba a quedarse tan corta. Para desbordarse, el río Rojo ha de crecer hasta los ocho metros y medio; en 1997 subió hasta los 16.

El desastre destruyó la vida tal como yo la había conocido. Durante la noche, el río se llevó nuestra casa, mi lugar de trabajo y la sinagoga donde realizaba mi tarea como voluntaria. De repente, mi situación y las expectativas que conllevaba (para bien o para mal) se encontraban en la cuerda floja. Además, la riada nos obligó a mi marido y a mí a mandar lejos a nuestras hijas y a los padres de él, muy ancianos, por un período indefinido de tiempo, ya que no podíamos ocuparnos de ellos como era debido mientras tratábamos de volver a la normalidad. El mayor de mis temores (que de algún modo me quitaran todo lo que me importaba) se había hecho realidad.


Fue el momento más liberador de mi vida.


En un primer momento, saber que todos estábamos sanos y salvos fue suficiente. Simplemente haber sobrevivido era ya motivo de alegría. Habíamos conseguido escapar ilesos. Además, por primera vez en mi vida adulta, no había nada ni nadie que esperase o pidiese mi atención y mis cuidados. No teníamos ni idea de cuándo (o incluso de si) podríamos volver a casa, de modo que en un futuro inmediato no tenía ningún lugar adonde ir ni nadie que me esperara. Me había quitado de encima la carga que suponían las complicaciones de mi vida y me di cuenta de que iba a la deriva, pero que en ese momento gozaba de una sorprendente tranquilidad.

Sin embargo, esa pausa inicial se vio enseguida invadida por el alud de responsabilidades al que tuvimos que enfrentarnos. De un modo u otro, Steve y yo teníamos que apañárnoslas para encontrar un lugar en el que vivir mientras reparaban o demolían nuestra casa. Había facturas que pagar, de modo que necesitábamos unos ingresos regulares. Mi congregación recibía centenares de ofertas de cooperación de personas anónimas y de organizaciones de todo el país que tuvieron mi teléfono, mi fax y mi correo electrónico funcionando las veinticuatro horas del día. Además, el gobierno entró en nuestras vidas de forma ostensible, ya que la Asociación Federal de Gestión de Emergencias, la Asociación del Pequeño Comercio y los responsables de la Aseguradora Nacional contra Riadas pusieron sobre nuestra mesa montones de papeles y de normativas que eran el único medio por el que tal vez podríamos recuperar nuestro buque insignia, la tienda de Grand Forks, que, al fin y al cabo, era la fuente de la mayoría de nuestros ingresos.

Al enfrentarme a la desalentadora labor de reconstruir mi vida, supe que jamás sería capaz de hacerlo sin la tranquilidad que sabía que me faltaba. Y eso empezó a ser algo que no quería sólo para mí, sino también para las personas que me rodeaban y que estaban aterradas por lo que podía traer consigo el futuro. Y no era que tuviera uno o dos amigos que se sintieran así: éramos 60.000 las personas que nos encontrábamos en aquella situación, ya que esa riada fue el mayor desastre natural de la historia moderna de Estados Unidos. (Nota: las riadas producidas por el huracán Floyd en Carolina del Norte afectaron a más personas, pero no hubo ninguna ciudad que sufriera tantos daños como Grand Forks.)

Nuestra tienda de Fargo se convirtió enseguida en el lugar de reunión de la mayoría de evacuados de Grand Forks, y cada noche, cuando Steve volvía a nuestro apartamento provisional, nos contábamos historias sobre gente que conocíamos. Pronto quedó claro que algunos se recuperaban mientras que otros no conseguían levantar cabeza. Aunque trataba de ser compasiva con los que luchaban por salir adelante, el instinto me empujaba a prestar más atención a aquellos que pasaban por el proceso de recuperación con el humor, el amor y la bondad intactos. Sabía que en esas personas podía encontrar la respuesta a mi pregunta: «¿Cómo puedo hallar la paz?».

Antes de la riada, conté cientos de historias en mi columna, en otros escritos y en conferencias acerca de encontrar lo bueno en uno mismo y en los demás. Había visto a otras personas obrar sus propios milagros yendo a lo más profundo de su ser para lograr una fe inquebrantable, un coraje asombroso y una alegría sin límites. Había pasado más de diez años leyendo cualquier cosa que encontrara sobre qué es lo que hace que nuestro espíritu y la energía que surge de él sean libres. De modo que empecé a buscar, tanto en las ideas y las historias que recordaba como en las que veía a lo largo del día, qué cosas podían ayudarnos a consolidar una buena base para la paz interior. Y al cabo de un tiempo lo encontré: tus diez dones.
Lo que tienes entre las manos son las luces que me marcaron el camino hacia la certeza y la plenitud. Los dones son aspectos espirituales que vienen «con el lote» de la vida humana, por decirlo de algún modo; tesoros del Creador que nos aportan la base sólida que necesitamos para llegar a ser o para crear cualquier cosa que nos propongamos. Son la prueba de que somos más divinos y de que tenemos más valor para nosotros mismos y para otras personas de lo que jamás hayamos creído.
Aunque puede ser que con anterioridad ya hayas reparado en estos dones, tal vez nunca los hayas visto definidos de esta forma o quizá no hayas visto qué sucede si los utilizas de forma activa para mejorar tu vida, y no de forma reactiva simplemente para sobrevivir. Los dones ya los tienes, y eso lo demuestra el hecho de que, cuando algo falla, vas a las profundidades de tu ser y echas mano de ellos. Ahora bien, no hace falta que esperes a que suceda un desastre para utilizarlos. Una de las características de la naturaleza humana es que hasta que las cosas van tan mal que no pueden ir peor no nos damos cuenta de lo increíblemente buenos que somos. Uno de los objetivos de este libro es darte el placer (la satisfacción) de usar tus dones no porque tengas que hacerlo, sino porque elijas hacerlo. Estás a punto de comprobar que cuando empieces a actuar así, la vida dejará de preocuparte para siempre. Y esto te reportará lo que has venido a buscar: la paz interior.

Para lograr unos resultados óptimos, te recomiendo que veas este libro no como una buena lectura, sino como un buen amigo en el que puedes confiar. Lee sólo un capítulo cada vez y asegúrate de que comprendes bien cada uno de tus dones antes de seguir adelante. Repite varias veces los ejercicios que hay al final de los capítulos, en diferentes días y en situaciones distintas. No hay prisa: tienes toda la vida para disfrutar usando tus dones. Si te tomas el tiempo necesario y llegas a conocerlos bien, encontrarás la paz con la misma rapidez que alguien que asimile el libro más deprisa. Sea como sea, descubrirás que eres una persona muy afortunada y gozarás de la tranquilidad de conocer y poder usar tus dones para lograr la libertad.

Pero si eres de esas personas que no pueden esperar hasta el final para saber qué pasa, intenta hacer esto: siéntate en una silla cómoda con los dos pies en el suelo y el libro en el regazo. Cierra los ojos e inspira profundamente por la nariz, levantando el abdomen y llevando el oxígeno hasta detrás de los ojos antes de soltar el aire, esta vez por la boca. Hazlo tres o cuatro veces. Cuando te sientas relajado, pregúntate en voz alta: «¿Cuál es el don que necesito ahora?». Entonces abre el libro por una página al azar. Confía en que tu ser interior sabe para qué don estás preparado y te está mostrando exactamente lo que necesitas practicar en este momento. También puedes leer el libro de atrás hacia delante, empezando por el don de la intención y terminando por el de la fe. Los abordes como los abordes, los dones te harán un buen servicio.

Yo siempre recomiendo llevar un diario, pero si no eres muy amigo del bolígrafo y el papel, puedes conservar una historia oral muy fácilmente compartiendo con un buen amigo tus experiencias con los dones o grabando tus impresiones en una cinta. (Si quieres varias ideas divertidas sobre cómo llevar un diario, lee el capítulo 7: «El don de la alegría».)

Pronto te darás cuenta de que los dones que todos poseemos no están para utilizarlos solamente cuando las cosas van mal. Espero que te prometas que cuando las cosas te vayan bien y tengas una vida feliz y sana, también seguirás utilizando estos dones para que tu tranquilidad dure y aumente. Yo creo de todo corazón que Dios nos los concedió para que pudiéramos progresar cada día, cada año, durante todo el tiempo en que nuestro espíritu habite la tierra. Si utilizas y amplías tus dones, podrás ayudarte a ti mismo y ayudar al resto del mundo mucho mejor que si no lo haces. Si alguna vez has pasado un tiempo con una persona relajada y calmada y de pronto te has encontrado al lado de otra estresada e infeliz, ya sabrás que cuanto mejor nos sentimos, mejor se sienten las personas que nos rodean. Y eso hace que el mundo sea un lugar un poco más tranquilo para todos.

Usar tus diez dones no te garantiza que en el futuro vayas a gozar de una vida libre de problemas, pero si lo haces lograrás la confianza, la satisfacción y el control necesarios para salir airoso de cualquier dificultad. Recuerda que se trata de dones terrenales y no de sugerencias divinas ni de vagas promesas de un día mejor. Gracias a ellos sabrás encontrar respuestas a los problemas, y eso te hará tener menos miedo de la vida, con lo cual es también muy probable que te sientas mucho más tranquilo y feliz.

Además de los dones, he querido compartir contigo algunas de las oraciones, ideas y soluciones de las que me serví para poner freno al pánico y al desasosiego que sentí en medio de la agitación reinante durante esos días y noches. Espero que te resulten inspiradoras y que las utilices como trampolín para crear algo por tu cuenta.

Son especialmente útiles cuando nuestra situación es tan compleja que nos resulta del todo imposible recurrir a nuestros dones de forma consciente.

Al igual que toda la gente a la que evacuaron, perdí muchas cosas en la riada. No sólo los sofás, la cuna de mis hijas, los objetos que acumulaba encima de la chimenea, los recuerdos de tantas décadas y los muchos miles de dólares que invertimos en reparar la casa, que hace poco vendimos al Ayuntamiento porque estaba previsto demolerla para construir un nuevo dique de contención. Como tantos otros, yo perdí también el miedo al futuro, las dudas sobre si las cosas acabarían saliendo bien, la apatía, la arrogancia y la ira. Y todo esto lo perdí no porque lo hubiera decidido o porque lo quisiera, sino porque desde el momento en que empecé a hacer buen uso de mis dones, era algo inevitable. Hoy sigo utilizándolos, y en mi vida hay mucho más amor y mucho menos miedo. Y eso hace que una se sienta bien. Tranquila.

No hay nada en mi experiencia que no se pueda trasladar a la tuya. De hecho, a medida que vayas leyendo el libro verás ejemplos de la vida real de muchas otras personas que han hallado sus dones, junto con el placer y la tranquilidad que produce utilizarlos. Como ya he dicho, espero que este libro te ayude a decidirte a utilizar tus dones en vez de esperar a que la vida te proporcione una situación como la que yo viví y no te quede más remedio que recurrir a ellos. Saber que posees esos recursos te supondrá una gran satisfacción y aplicarlos hará que todo te resulte más cómodo.



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