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Libro: Willian Barrett La Ilusión de la Técnica

La búsqueda de sentido dentro de una civilización tecnológica

Ediciones Cuatro vientos, 2005. 350 páginas. ISBN 956-242-073-6

Barrett sostiene que la libertad individual está ligada en forma inseparable a la presencia o ausencia de alguna sensación de sentido en la vida. Por eso la libertad humana se convierte en la pregunta sobre qué da sentido o no a una vida, y también en el asunto central de la filosofía. ¿Para qué vivo? Esa es la pregunta en cuyas garras estamos cogidos y nos coloca a todos en la misma situación de ser honrados por sobre nosotros mismos y enfrentar el nuevo día que amanece.

En un momento como el actual, donde la vida humana aparece cada día más determinada y dependiente de las técnicas que dominamos, hasta el punto de definir nuestro oficio ¿son estas técnicas las que le dan sentido a nuestras vidas? ¿Hemos de ser optimistas o pesimistas ante el progreso? Mirando hacia atrás, ¿qué rituales, amuletos, encantamientos o amores nos ayudan a continuar? Es posible que en último término estas cosas no sean más reales que cualquiera de nuestras impresionantes y grandiosas ideas. ¿Serán las respuestas de la filosofía más importantes que la fe o el misticismo?

Este es el tema central y proyecto de este libro. Una exploración profundamente sentida por un filósofo que en el otoño de su vida no evita temas tan centrales como la religiosidad y la voluntad moral en una civilización eminentemente tecnológica, temas ya presentes en el pensamiento de los hombres que más lo inspiraron a este trabajo: Ludwig Wittgenstein, Martin Heidegger y William James. William Barrett ( 1913- 1992) tuvo una larga y productiva carrera que culminó como Profesor de Filosofía en New York University. Previamente había sido crítico literario para Atlantic Monthly y editor del Partisan Review . Es considerado uno de los responsables de la introducción del existencialismo europeo en la filosofía estadounidense. La amplitud de sus intereses - filosofía técnica y humanismo - lo convierte en uno de los pensadores contemporáneos más indicados para el tema central de esta obra. Autor de varios libros entre ellos: The Irrational Man (El Hombre Irracional (1958) y Death of the Soul, from Descartes to the Computer (La muerte del alma: de Descartes a la Computadora) y traducidos recientemente al castellano: Visiones en el momento de la muerte y Al filo de lo invisible.

Comentario del libro, por Marcos García de la Huerta
El título de este libro de William Barret "La ilusión de la técnica", alude a una desilusión pues, al igual que los engaños, las ilusiones aparecen tras los desengaños. Sin embargo, la promesa de nuevos inventos no está en absoluto agotada. La desilusión se refiere no a las expectativas sino al significado atribuido a la técnica. El siglo XIX se conoce como el siglo del progreso, aunque el XX fue quizá más prolífico en inventos. Pero sus logros se vieron ensombrecidos por los descalabros. La Primera Gran Guerra mostró que las armas de destrucción masiva podían hacer que las matanzas se volvieran recíprocas. La Segunda Guerra cambió una vez más la escala de los perjuicios e inició prácticas de guerra irregular en cierto modo premonitorias de las que ahora conocemos. La fabricación y uso del arma atómica y más recientemente de las químicas y biológicas, muestra un perfeccionamiento en el diseño de la muerte, que confirma un principio o imperativo técnico bien conocido: todo lo experimentable es experimentado y todo lo realizable tiende a ser realizado. A eso también alude Barret cuando habla de "ilusión" técnica: "Todo lo que conocemos como cultura moderna ha estallado como un maremoto de negación. Por todas partes sus trabajos y triunfos nos han ido despojando de todas nuestras ilusiones" (pág. 270). El subtítulo del libro reza: "la búsqueda de sentido dentro de una civilización tecnológica". Se trata, en efecto, más de una desilusión en cuanto al significado atribuido a la técnica que no en cuanto a sus posibilidades y performances, que siguen siendo enormes.

Desde Descartes y Bacon, se tiende a consagrar la técnica como expresión de un saber racional y benéfico, susceptible de ser universalmente aplicado. La ciencia, ella, busca el conocimiento y la verdad: no podría apartarse de la moral, el bien y la felicidad. Debe incluso, gracias a sus "aplicaciones", "liberar al hombre de los apremios y servidumbres naturales" (Descartes). Tal era el significado asignado a la tecno-ciencia en los inicios de la edad moderna. Pero a fines del XIX, Nietzsche ya advertía algo mucho más sombrío: "un siglo de barbarie se avecina y las ciencias estarán a su servicio". El carácter "técnico" de la ciencia moderna había sido puesto de manifiesto por Bacon en la exposición del método de la nueva ciencia. Barret lo reafirma a la luz de la simbiosis entre ambas producida posteriormente: "estamos equivocados si pensamos que la tecnología es solo una aplicación externa e incidental de la ciencia, porque la tecnología habita el corazón mismo de la nueva ciencia" (p. 321)

Entonces, la "desilusión" se refiere sobre todo a que la técnica no nos ayuda en la búsqueda de sentido, antes bien, la obstaculiza. Ella caracteriza esta civilización, precisamente porque suplanta la pregunta por el sentido y tiende a convertirse ella misma en la fuente de dotación de sentido, orientando la vida en su conjunto con un sesgo cada vez más exclusivamente instrumental. El paisaje que aparece en la portada del libro puede ilustrar quizá esta idea. Lo primero que llama la atención es que sea un cuadro de vida rural, cuando el tema del libro es la civilización técnica. El terreno sembrado del primer plano muestra un campo de girasoles. El nombre de esta flor viene de que la planta sigue con su corola el periplo solar en su desplazamiento por la bóveda celeste. La flor misma tiene todo el aspecto de un sol y quizá por eso se le llama también "maravilla", porque sigue a su modelo como un Narciso fascinado con su imagen. En la tradición metafísica occidental el sol es la metáfora para el Bien, la Idea Suprema que orienta la acción y le procura justamente sentido a la existencia cuando ella se encauza hacia él. Para Aristóteles, por ejemplo, la buena vida consiste en eso. La civilización técnica está, pues, signada por un predominio de la razón instrumental, que tiende progresivamente a erradicar de la existencia todo vestigio de gratuidad. La época moderna en general ha vivido de dos grandes mitos o utopías: en primer lugar, el mito del progreso. Según él, con el desarrollo tecno-científico se logrará un cabal señorío sobre la naturaleza, que redundará en la superación del atraso y la erradicación de la pobreza. De allí ha de surgir una sociedad más armónica, más segura y estable, una humanidad, en suma, más plena y feliz. En el lenguaje y orden de preocupaciones actual, eso es lo que anticipaban Bacon, Descartes y Galileo.

El otro gran mito del imaginario moderno consiste en la idea de una sociedad regulada científicamente, donde el "gobierno de los hombres" sea reemplazado por "la simple administración de las cosas", según la célebre fórmula de Saint-Simon, retomada luego por Engels. Es decir, una sociedad liberada de la política, la "tragedia moderna" como la llamó Napoleón. La sociedad automatizada supone, en efecto, el Estado "técnico", cuya dirección corresponde a las tecno-ciencias de la administración. Tanto el liberalismo como el marxismo clásico vieron el Estado respectivamente como un estorbo que es preciso reducir, o como un aparato de opresión que es necesario suprimir. Si la sociedad ha de ser racional, se debe abolir la política. Se trata, pues, no solo de sacudir las cadenas de la penuria material sino de suprimir el Estado mismo e imponer en la acción la regla de una instrumentalidad omnívora. Las ciencias de la administración, la Economía Política en particular, como las ciencias exactas en el dominio de la naturaleza, serían los agentes responsables de llevar a cabo estas dos grandes demandas del imaginario moderno. Notemos que Barret emplea a menudo la palabra technique y no la más corriente de technology.

Se puede entender que lo hace para evitar que se comprenda lo técnico como sinónimo de apertrechamiento de artefactos, máquinas y útiles, en lugar de como una orientación de la razón. La técnica sería, más que un producto externo de la razón, lo que Hegel llamaba "espíritu objetivo" u objetivado, un principio de estructuración interno que informa el conjunto de la existencia, lo que Heidegger llamó armazón, Gestell. Esta interpretación se ve reforzada por el hecho de que Barret dedica tres de las cuatro secciones de su libro al análisis del pensamiento. Lo hace a través de sendos autores que él estima especialmente significativos: Wittgenstein, Heidegger y William James. Aunque este último, a mi juicio, no está a la altura de los otros dos. En la primera parte, Barret hace una luminosa exposición del itinerario que condujo a Wittgenstein desde el período inicial del Tractatus hasta sus Investigaciones filosóficas de madurez, enfatizando la crítica del filósofo austríaco a la propuesta fundamental de Bertrand Russell de convertir la lógica matemática en el método de la filosofía. Wittgenstein comparte hasta cierto punto la reserva de Russell frente a la metafísica, pero rechaza su prurito logicista y su concepto de las matemáticas. El piensa que las dificultades y embrollos de la metafísica se pueden resolver con ayuda del lenguaje común, el verdadero instrumento de la crítica, según él. Algo equivalente ocurre en el caso de Heidegger, quien se formó inicialmente en el método fenomenológico de Husserl. Este propone suspender imaginariamente la validez del mundo común, para crear un espacio de idealidades o esencias puras. El conocimiento ha de limitarse a la descripción de lo que aparece a la conciencia reducida, lo que garantizaría la certeza. Heidegger, en cambio, repone el mundo suspendido y lo postula como consustancial a la realidad humana.

El hombre se define precisamente como "ser en el mundo", de modo que éste no es para él un agregado que se pueda suprimir o recuperar a voluntad. La mundanidad, lo mismo que el lenguaje en que habitamos, es inherente a nuestra existencia. Su revocación es un artificio del entendimiento, que procura solo un mundo artificial de certezas, o sea, una certeza artificial. No es ese, en todo caso, el sentido originario y más hondo del saber. Se puede establecer una relativa proximidad en las propuestas de Heidegger y de Wittgenstein respecto al método y la pretensión cientista de allí derivada. Ellos se apartaron, cada cual a su manera, de esa pretensión de sus respectivos antecesores. Por eso Barret puede caracterizar la "civilización tecnológica" a través de tres filósofos, cuando solo uno de ellos, Heidegger, dedicó una reflexión especial a la cuestión de la técnica. Barret mira a través de ellos y junto con ellos, en un lenguaje propio suyo, más accesible al no especialista, hace su propio arreglo de cuentas con la época.



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