La atención

Por Salvador Pérez

El número de detalles que captamos del exterior depende de la atención con que recogemos los estímulos. Para empezar, debemos distinguir entre atención voluntaria (activa) y atención involuntaria (pasiva). Cuando nos disponemos voluntariamente a percibir determinadas partes de nuestro alrededor, dirigimos de un modo consciente nuestra atención hacia ello. Recíprocamente, nuestra atención es atraída también por los estímulos que, procedentes del ambiente, actúan sobre nosotros. Los estímulos que hacen que un objeto nos llame la atención son: la intensidad, el tamaño, el movimiento, el color, su posición dentro de nuestro campo visual, la simetría, la novedad, la semejanza, etc. Los factores estimulantes se aprecian claramente en la publicidad, la cual —para ser útil— debe ser capaz de atraer la atención involuntariamente y, por lo tanto, de despertar el interés de las personas a quienes va dirigida.

La distinción entre atención voluntaria e involuntaria no es tajante, sino que, por el contrarío, existen términos intermedios. Las costumbres profesionales, las disposiciones y las necesidades actúan sobre nuestra atención de un modo totalmente inconsciente. Cuando varias personas circulan por una misma calle, percibe cada una de ellas detalles distintos del aspecto general, según sean sus intereses, su disposición de ánimo y su experiencia de la vida y del trabajo. El estudiante que busca habitación experimenta una calle determinada de modo distinto a como lo hace una señora que mira escaparates o un editor concentrado en sus publicaciones. Por otro lado, el barrendero, dado su oficio, se halla predispuesto a observar por todas partes las señales de limpieza.

También distinguiremos la intensidad de la atención clasificándola en atención concentrada y atención distributiva. Hablamos de concentración cuando nuestra atención se resume (concentra) hacia una zona pequeña y limitada del mundo exterior. En cambio «repartimos» (distribuimos) nuestra atención cuando nos dedicamos a un amplio campo de observación. Como ejemplo de atención concentrada tenemos el caso del relojero, y como ejemplo de distributiva nos servirá el caso del conductor de tranvía que debe observar de un vistazo toda una calle con su tránsito cambiante desde un vehículo en movimiento.

Dentro del campo de la atención existen, naturalmente, también diferencias individuales. Como promedio puede decirse que las personas mayores perciben unos ocho objetos cuando ponen su atención en un campo de observación. Esta cifra puede variar entre seis y doce, pero en general no se sobrepasa este límite. Con todo, debemos decir también, que la velocidad de captación es muy grande. Por esta causa, existen personas que pueden trasladar su atención con gran rapidez de un objeto a otro. Por este mecanismo se comprende que puedan llevar a cabo varios trabajos al mismo tiempo.

La percepción como proceso

Tanto si la percepción se realiza a través de una atención voluntaria como si lo hace a través de una involuntaria, el fenómeno tiene lugar en el transcurso de varias fases. No se trata, pues, de un acto instantáneo como sucede al tomar una fotografía, sino de un verdadero proceso, aunque de extrema rapidez.

Sander estudió detenidamente este proceso y lanzó su teoría de la «génesis actual». Según esta teoría, la percepción no es un acto momentáneo sino un proceso en el que, en primer lugar, se notan impresiones muy complejas que se originan en las capas psicosomáticas más antiguas y primitivas. Por la fisiología sabemos que la historia de la humanidad ha transcurrido a través de una evolución, la cual se repite en el desarrollo de cada individuo.

Así el cerebelo es por su evolución mucho más primitivo que lo que llamamos cerebro. El cerebelo corresponde a la vida animal y vegetativa, o sea, a la que tenemos en común con los animales. Se le superpone después la acción más evolucionada del cerebro, que es el que dirige el entendimiento y la voluntad, es decir las funciones del Yo consciente. Desde el punto de vista anatómico las capas más recientes envuelven, por así decirlo, a las capas más antiguas. El niño de pecho experimenta sólo las funciones vegetativo-animales, el niño posee una vida afectivo-impulsiva y los mayores se mueven, por lo menos en parte, dentro de la esfera del Yo consciente. Pero incluso en él, siguen actuando todavía las capas cerebrales más primitivas. Por todo lo dicho, comprendemos que en la percepción actúen primero las capas de la vida animal y con sus complejas impresiones, después la capa afectivo-emocional finalmente la comprehensión consciente e intelectual.

Estos conocimientos, que significan una corrección esencial de la primitiva concepción de la vida humana, tienen una importancia no sólo teórica –en el sentido de que significan un conocimiento de la verdad- sino también práctica, puesto que ayudan a la comprensión de las vivencias artísticas, a la percepción de los medios publicitarios y propagandísticos, y a las motivaciones de la conducta humana.

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia

Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.

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