Aprender y recordar

Foto: Hind(LCC)

Por Víctor Solorzano

Cuando hablamos de «aprendizaje» pensamos en el comienzo de una secuencia o serie, y cuando hablamos de «recuerdo» pensamos en el fin de esa serie, fin que no tiene por qué ser el último, sino quizá tan sólo el final de una etapa intermedia. Si aprendemos algo que solamente hemos de recordar en una ocasión, como, por ejemplo, algún artículo que debemos repetir de coro en un examen, entonces nuestro recordarlo en ese examen viene a ser un concluir la cuestión. Ya no nos hace falta retener por más tiempo tal artículo, aunque esto no quiere decir que lo olvidaremos inmediatamente. Pero podemos aprender, digamos, cómo ir a la estación, y esto quizá tengamos que recordarlo en repetidas ocasiones; querremos, pues, no olvidarlo ya nunca, a ser posible.

En todo aprendizaje se da un ingreso de informaciones, en el más amplio sentido; mientras que recordar, re-conocer o re-producir, es una salida, un gasto. Durante el período que media entre el ingreso y el gasto, los informes han de ser conservados, almacenados. Esta fase del almacenamiento puede ser breve o larga. Por ejemplo, un actor tal vez tenga que aprenderse en una tarde unos cuantos versos que haya de recitar por la noche de aquel mismo día y ya nunca más, o acaso esos mismos versos tenga que seguir recitándolos noche tras noche durante varios años, si la obra de que se trate obtiene un gran éxito.

Primero debemos considerar los ingresos, que son el aprendizaje propiamente dicho. Quien ha aprendido algo, por trivial que sea, experimenta un cambio duradero. No queremos decir con esto que haya aprendido algo si sufre los efectos temporales de la fatiga, o que haya aprendido a ver mejor en la oscuridad después de permanecer sentado media hora en el cine. El que ha aprendido algo puede que lo haya olvidado, en el sentido de que no sea capaz ni de recordarlo ni de reconocerlo cuando se le pide que lo haga así. Sin embargo, conserva una posibilidad de recordar o reconocer aquello en alguna fecha futura, quizá bajo los efectos de la hipnosis o durante un sueño. El que aprendió algo no puede ser ya nunca el mismo que era antes de aprenderlo: el proceso es irreversible.

Considerar el aprendizaje y el recuerdo como un ingreso, un almacenamiento y un gasto de información tiene la ventaja de que así los podemos comparar, por un lado, con los influjos hereditarios, y, por otro, con las máquinas computadoras. Resulta muy provechoso concebir el aprendizaje como algo continuo con los influjos hereditarios y, en cierto modo, similar a ellos.

En el ámbito de la herencia, la recepción o el ingreso (input) toma la forma de codificación bioquímica. Los padres trasmiten a sus hijos una información genética. Es como si dijesen: «Tú deberás tener los ojos azules, el pelo negro y la nariz respingona»; «Tú habrás de ser pecoso, alto y delgaducho, y un prodigio musical», etc. La información hereditaria se almacena en los genes y va siendo llamada a entrar gradualmente en acción durante los años del crecimiento.

Cuando a un niño se le enseña a leer se le está dando la información conveniente después del nacimiento, continuación de la que, semejante a un relámpago que rasga las tinieblas, se le dio en el momento mismo de la concepción. Tanto si la información es trasmitida genéticamente como si lo es por los padres o por el maestro, cabe pensar que el que aprende está, en muchos aspectos, como «programado» para actuar de determinados modos. Aquí pueden esbozarse útiles analogías dobles entre los métodos que se emplean para programar un computador y los procedimientos que hay para aprender con fruto.

A fin de evitar malentendidos, es importante advertir que las semejanzas y las diferencias entre los sistemas de almacenaje propio del cerebro humano y los de los computadores hechos por el hombre no estriban sólo en la cantidad de información que es capaz de acumular y retener.

La manera de almacenar y la variedad de métodos de recuperar los datos de que dispone el cerebro muestran que éste posee medios de codificación muy complejos que aún no se ha logrado imitar en la construcción de computadores.

Esta forma de describir los influjos hereditarios y los procesos de aprendizaje puede ser más que un recurso cómodo. Hay motivos para creer que la codificación de los informes genéticos prepara el camino para la de los informes que se adquieren con la percepción, así como para la codificación de los informes del aprendizaje y del recuerdo. La modalidad altamente diferenciada con que opera la retina en la percepción visual se debe a la codificación química del tejido retiniano. La codificación química rige también las fibras del nervio óptico hasta sus puntos terminales con el córtex del cerebro y hasta sus puntos de encuentro con las neuronas corticales, al paso que la codificación química de la retina posibilita la percepción de la dirección, del color y de la brillantez.

La pregunta más importante acerca del aprendizaje quizá sea la de “¿Cómo aprendemos?”. Tiene la misma importancia en el plano teórico que en el de la práctica del aprender. E implica otra: “¿Hay una o muchas maneras de aprender?”. (En vez de por «maneras» también cabría preguntar por «niveles».)

No dejemos de pensar en estas preguntas y observemos a un niño cuando está aprendiendo a andar y a hablar. El primero de estos dos aprendizajes incluye un mayor elemento de maduración. Aunque no se le ayude ni se le incite a andar, el niño adoptará espontáneamente, más pronto o más tarde, una postura erecta y moverá sus piernas para caminar, porque su cuerpo ha evolucionado para llegar a realizar esta clase de locomoción. En cambio, por su sola cuenta el niño jamás hablaría. Aunque el equipo muscular y nervioso necesario para la locución es innato, el conocimiento de algún lenguaje no lo es. El aprender a hablar es sólo el comienzo de una larga carrera de aprendizaje.

Supongamos que el niño está empezando a aprender a tocar el violín. Ante todo hay que contar con el importantísimo factor de la motivación: el niño deberá, hasta cierto punto, querer aprender; no se le podrá forzar a que coja debidamente el arco ni a que manipule con las cuerdas. Este deseo de tocar o de aprender a tocar podrá ser más o menos espontáneo o influido por el hecho de haber visto a otros niños tocar ese instrumento. También puede ser que la idea le haya sido impuesta por los padres o los profesores. Una vez tiene el niño suficiente voluntad de aprender, ha de adquirir destreza en sus dedos y el necesario conocimiento de la notación musical. La adquisición de tal habilidad y tales conocimientos requerirá normalmente mucha aplicación y muchos ejercicios y repeticiones. Se producirán más de una frustración y algunas satisfacciones por el éxito en dominar una técnica o en agradar al maestro o al padre. Para llegar a ser un violinista por lo menos pasable, nuestro niño deberá cultivar también su oído y su gusto musical.

A medida que vaya creciendo, tendrá que aprender los hábitos sociales exigidos por la costumbre y los convencionalismos, habilidades manuales y mentales en la escuela o colegio y en la universidad después, hábitos atléticos en el deporte y destreza en muchos juegos, y, en fin, habilidades en el trabajo en que se ocupe y que constituya su vocación. Esto no agota, ni mucho menos, la lista de cosas que tendrá que aprender. Evidentemente, pues, es muy importante saber un poco siquiera de cómo se realiza el aprendizaje, descubrir las «leyes» del aprender tal como se dan en su funcionamiento. Lo que sucede es que las teorías sobre el aprendizaje son, hoy por hoy, una de las partes más abstrusas de toda la psicología, debido a los esfuerzos que se han hecho para fundamentarlas en unas bases muy precisas, matemática y experimentalmente. Por desgracia, ni el maestro en la escuela ni el padre o la madre en el hogar sacarán mucho fruto práctico de esas teorías psicológicas sobre el aprender, que se han excogitado en su mayoría teniendo en cuenta unas cuantas especies de animales, sobre todo ratas.

 

Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia
Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.
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