¡Estoy agotado!

Por R. Ingrasci

Algunas veces atravesamos periodos de agotamiento en los que a los achaques físicos se añade un malestar psíquico general. Este texto puede ayudar a prevenir o resolver tales situaciones. Algunos días, al finalizar el trabajo, hay una frasecita que repiquetea en el pensamiento: “Esto no puede seguir así”. Nos sentimos extenuados, irascibles, acabados, agotados. Sin embargo, hacemos acopio de fuerzas para arrastrarnos a casa, pasar quizá una velada agradable y obtener un sueño reparador. Al día siguiente despertamos con nuevos bríos y ánimo para enfrentar la jornada como si estuviéramos con el cuentakilómetros a cero.

Pero, ¿qué ocurre si a la mañana siguiente, y las que le siguen, continuamos con esa sensación de agotamiento y lo único que anhelamos es poder dormir muchas horas; si al menor impedimento nos hundimos en la desesperación; si las lágrimas fluyen con facilidad; si advertimos que nuestra capacidad de resistencia ha desaparecido Junto con la alegría de vivir?

Primero comenzamos a preguntarnos: “¿Qué me parecía tan fascinante de este trabajo un tiempo atrás?”. Antes de encontrar una respuesta ya notamos síntomas físicos: nos duele la espalda, estamos rendidos pese a no haber hecho grandes esfuerzos… Si esto llega a ser la descripción de nuestra vida —no de vez en cuando, sino frecuentemente—, puede significar que estamos agotados o en camino de estarlo.

A principios de la década de los setenta, un grupo de psiquiatras que estudió diferentes casos de personas que se encargaban de tareas difíciles con horarios sobrecargados llegó a la conclusión de que en el sentimiento de estar agotado se combinan la fatiga mental y la física. Hoy sabemos que en cualquier profesión se puede padecer tal estado, aunque no se trabaje. Los más propensos, según el Dr. Kenneth Pelletier (autor de un libro sobre el tema) son los idealistas que encaran el trabajo con “expectativas irreales de transformar el mundo en un lugar mejor”.

La sensación de estar agotado es básicamente una respuesta al estrés laboral, que se refleja en una incapacidad para enfrentar las presiones externas e internas. Los investigadores han distinguido tres etapas del proceso. En la primera, quienes comienzan a sufrir los síntomas se sienten irremediablemente fatigados, sin resistencia emocional, desgastados y vacíos. Las soluciones más obvias se les escapan. La razón cede paso a la irritabilidad. Comienza a brotar la paranoia: se sienten atacados y atrapados por el trabajo. Sueñan con ausentarse o huir pero no vislumbran por cuál camino. En la segunda etapa la frustración y la insatisfacción crónicas llevan al cinismo, a la negligencia y al descuido. Son comunes las declaraciones de enajenación, como por ejemplo: “Estoy en esto sólo por el dinero”. “No tengo por qué molestarme tanto” o “trabajar no sirve para nada”. Al llegar al tercer estadio, la persona se siente una fracasada, como si todos su afanes laborales fuesen inútiles. Puede quedar con la mirada perdida en el espacio, incapaz de centrarse. La depresión afecta su capacidad para luchar contra la enfermedad; su desazón es tan profunda que corre serio peligro de desarrollar una enfermedad física.

Tipología de las personas “agotadas”
Es importante tener en cuenta que el agotamiento no es un virus que se contrae sino un proceso en el cual participamos activamente. Muchos pueden ser los factores externos que contribuyen a nuestra sensación de agotamiento (por ejemplo, horarios sobrecargados, poco tiempo de vacaciones, exceso de trabajo o falta de respaldo social). Pero los principales factores son internos: nuestra actitud, nuestra autoestima o nuestra sensación de poder personal determinan una respuesta al estrés laboral. La tendencia a agotarse está enraizada en autoimágenes negativas y limitadoras, que generan múltiples variantes. A continuación, enumero alguna de las tipologías y actitudes más comunes.

• Los eternos preocupados. Son los que padecen una constante ansiedad por su nivel de rendimiento. Viven diciéndose: “No podré hacer esto correctamente” o debiera haber imaginado tal cosa”, etc. Es frecuente encontrar algunos que trabajan poco y, sin embargo, quedan totalmente exhaustos al acabar el día. También hay aquellos que rinden mucho pero se sienten defraudados por considerar que debieran haber hecho más y mejor. Todos tendemos a la preocupación, pero cuando ésta es la actitud que predomina, el miedo y la inseguridad desgastan y resultan extenuantes. A la larga, paralizan. La preocupación absorbe mucha energía.

• Los hiper ambiciosos. Estas personas son fáciles de distinguir: son aquéllas cuyas agendas están, con seis meses de adelanto, repletas con suficiente actividad para ocupar a tres personas como mínimo. Se exigen en demasía y se obligan a hacer todo, cualquier cosa interesante que aparezca, no saben decir no. Su autoestima depende de sus logros. A menos que estén ocupados en sus conquistas laborales, tienden a sentir que no valen nada. Descartan la relajación por considerarla un desperdicio de tiempo. Si acceden a un descanso, no pueden evitar el sentimiento de culpa.

• Los complacientes. Son los que buscan agradar a todo el mundo. Muchas personas crecen sintiendo que es malo atender las necesidades y deseos propios. Sin embargo, es fundamental ponerle límites al mundo externo y no dejar que desborde nuestras posibilidades. El riesgo final es terminar no agradando a nadie, ni siquiera a uno mismo.

• Los autocriticones. Estas personas se sienten culpables o nerviosas si se las excluye de la acción. Debido a la pobre imagen que tienen de si, se obligan a trabajar sin freno; no les importa cuánto han conseguido ya ni cuánto les falta por hacer. La excesiva autocrítica excluye el sentido del ritmo, derrocha energía y nunca da tiempo para inspirarse verdaderamente. Los individuos que sufren sus efectos se exigen sin piedad y no pueden gozar de los frutos de sus esfuerzos: para ellos nada es suficientemente bueno.

• Los “prefiero hacerlo yo”. Estos individuos tienen un lema que se presenta convincente pero resulta también autoanulante: “nadie lo hace tan bien como yo”. Puede ser. Aunque son autosuficientes, a estos inseguros les cuesta delegar incluso las tareas más simples. Tienden a sospechar de la capacidad de los demás e, irónicamente, sus expectativas negativas atraen con frecuencia a personas que de hecho les fallan. Al proyectar su falta de autoconfianza y seguridad sobre los demás se preparan el campo para la propia derrota.

• Los salvavidas. Abundan en las profesiones de asistencia y servicio que incluyen algún grado de sacrificio personal. Muchos de estos sujetos aprendieron de chicos a ser “pequeños ayudantes”, de grandes continúan identificándose con ese papel. Se sumergen en el trabajo, haciendo cosas que ni quieren ni necesitan hacer. El verdadero altruismo es loable y maravilloso, pero “hacer por los demás” es a veces una forma de evitar un miedo secreto: hacer para mí. Su lema: “Los otros antes. Sólo ocupándome de ellos podré valorarme”.

El remedio es posible
El sentimiento de estar agotado se disfraza de mil maneras, pero puede remediarse en cualquiera de sus etapas. Dennis Jaffe, un psicólogo californiano autor de un libro sobre el tema, sugiere tres acciones para ello:

1. Tomar conciencia. Parece un poco obvio, pero sorprende con qué facilidad nos perdemos no bien los síntomas comienzan a envolvernos. “no estoy ansioso”, nos repetimos mientras caminamos por la oficina y retorcemos las manos. “¿De dónde sacaste que estoy irritado?”, le gritamos a un compañero de trabajo. En estas circunstancias, lo mejor que podemos hacer es sentarnos y evaluar serenamente la situación. Desde ese momento estamos preparando el terreno para el cambio. Este contacto implica tomar conciencia de cómo muchos esquemas de nuestra personalidad y carácter se reflejan en el trabajo. ¿Estamos bebiendo de más, mirando demasiado la televisión, comiendo en exceso, conduciendo muy rápido? Estos y otros mecanismos compensatorios son señales del grado de estrés que vamos acumulando. Al percibirlo debemos buscar formas de solucionar el problema. ¿Sufrimos muchos dolores de cabeza, insomnio, dolor de estómago u otras molestias físicas? Atendidos a tiempo, los síntomas relacionados con el estrés tienen menos probabilidad de convertirse en algo más serio. Pero para que no se reproduzcan requieren un examen y revisión de las causas que los provocaron.

2. Autodirección. Es la llave para cambiar esquemas personales que desembocan en el sentimiento de estar agotado. Cambiar ciertos aspectos de nuestro medio laboral es difícil, pero podemos cambiar nuestra respuesta a ellos. Un buen comienzo es asumir actitudes más flexibles hacia nosotros y nuestro trabajo. Quizá sea necesario pasar por un período de reflexión o terapia o ambos a la vez. A veces ayuda crear un grupo de apoyo con amigos o compañeros de trabajo para discutir nuevos objetivos y ventilar frustraciones y sentimientos. En algunos casos ciertos libros especializados reorganizan la mente y abren nuevos caminos y perspectivas. Es imprescindible aprender a manejar nuestro tiempo. Jaffe considera que por lo menos el 25% del trabajo que nos obligamos a realizar es innecesario. Sugiere reemplazar la frase “tengo que hacer…” aplicada a las tareas por un más personal “quiero hacer…”. Este aprendizaje enseña a establecer prioridades, delegar trabajo y pedir ayuda cuando es necesario.

3. Renovación. Alternar trabajo con relajación es todo un arte. Tomémonos tiempo para el disfrute y la distensión. Tal vez necesitemos más que un fin de semana para recargar las pilas, quizá unas pequeñas vacaciones. Durante este paréntesis, en vez de abrumarnos de actividades (visitas, deportes, espectáculos…) dediquemos tiempo a la familia y a los amigos. Anima iniciar algún nuevo hobby, o investigar técnicas para minimizar la tensión:
por ejemplo, meditar. A medida que se van recuperando fuerzas, es prioritario dormir y alimentarse de forma adecuada. De este modo, es probable que desarrollemos hábitos que nos ayuden a reducir el nivel de estrés cuando retornemos al trabajo.

Estas tres sugerencias comparten una premisa básica: que el trabajo que hacemos nos satisface, a pesar de que a veces resulte exigente. ¿Qué sucede si no nos gusta lo que hacemos? ¿Qué ocurre, por ejemplo, si nuestra tarea es muy aburrida, o si la realizamos más por dinero que por ganas, o si estamos enredados en una telaraña de política oficinesca sin miras de mejorar? En tal caso, se impone considerar un cambio o una reestructuración en el empleo. Evaluemos primero y con la mayor claridad posible si nuestro malestar surge de una dificultad personal. De ser así, aunque cambiemos de trabajo repetiremos la misma situación conflictiva en el nuevo, y al poco tiempo reaparecerá la incomodidad. Esta es una oportunidad para reflexionar y enfrentar a “nuestro enemigo” interno en forma positiva, aprendiendo algo sobre nosotros mismos. De paso, tal vez podamos descubrir nuevas fuentes de fuerza que nos ayudarán a superar el sentimiento de estar agotado.

Algunas señales de alerta: Un interrogatorio para detectar el agotamiento:
1. ¿Me canso con más facilidad de lo acostumbrado? ¿Suelo sentirme más fatigado que vital?
2. ¿Me irrito cuando alguien me dice que tengo mala cara?
3. ¿Trabajo duro y produzco cada vez menos?
4. ¿Cada día me torno más escéptico y desilusionado?
5. ¿Olvido a menudo citas, plazos de entrega y asuntos personales?
6. ¿Crece mi enfado y desengaño con quienes me rodean?
7. ¿Los encuentros y llamadas a amigos o familiares son cada vez menos regulares?
8. ¿Tengo muchos achaques físicos (dolores varios, jaquecas, resfriados) que no se curan?
9. ¿Me siento desorientado al acabar las tareas del día?
10. ¿El goce se ha vuelto escurridizo?
11. ¿He perdido la capacidad de reírme de mi mismo?
12. ¿Hacer el amor me resulta más trabajoso que gratificante?
13. ¿Tengo poco que decirle a la gente?

No sume puntos: trate de ser honesto. SI ha podido leer este artículo hasta aquí es porque no está totalmente agotado aún tiene energía para salir adelante.

 

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