Nadie es tímido en casa

Por Juana Laos

Podemos afirmar que la timidez es “un trastorno social”, en el sentido de que sólo se manifiesta en un entorno social.

Nadie es tímido en su casa, consigo mismo, en su propio entorno, con su familia más cercana.

La timidez comienza a desarrollarse cuando esa misma persona traspasa los límites de su intimidad y se adentra en los desconocidos parajes de las relaciones sociales.

La inseguridad y malestar que aquejan al tímido únicamente se manifiesta cuando se ve rodeado de extraños, o cuando menos gente con la que no tiene mucha confianza y a los que, a pesar de su complejo de inferioridad, confía en no causar mala impresión.

Para una persona tímida es muy difícil dejar de pensar en sí misma. Los tímidos se toman “demasiado en serio a sí mismos”, por lo que les resulta tremendamente difícil concentrarse en cualquier otra actividad.

El tímido no disfruta en una cena o en una fiesta, porque está constantemente preocupado de lo que los demás están pensando de él.

También tienen serias dificultades en la esfera profesional, puesto que, muchas veces, se encuentran más preocupados por “no desentonar”, que por “brillar”.

Todos, en general, tratamos de causar una buena impresión en los demás porque ese es el camino para conseguir reconocimiento y aprobación social. Es normal que esto nos preocupe puesto que gran parte de lo que sentimos que somos se lo debemos a lo que los demás piensan de nosotros mismos.

Sabiendo lo que piensan los demás procuraremos acentuar aquellos rasgos que consideremos positivos y atenuar o disimular lo que intuimos como negativo.

Intentamos provocar el interés de los demás resaltando nuestras virtudes y habilidades, nuestras bondades para intentar ser atractivos para ellos y que deseen acercarse a nosotros.

Muchos niños ofrecen sus juguetes para así atraer la atención de los demás y que se acerquen a jugar con ellos.

Sin embargo, dentro de este comportamiento generalizado de buscar el beneplácito de los demás, la persona tímida se caracteriza por buscar no tanto la aprobación de los demás, de la cual no se siente merecedor, sino por lo menos para “minimizar la desaprobación”.

La presión social repercute especialmente sobre la persona tímida que tiene un bajo concepto de sí misma, que considera de manera mucho más modesta sus virtudes y habilidades.

Se puede decir que el tímido no busca tanto el éxito, la recompensa, el reconocimiento en sociedad, como atenuar el fracaso o el castigo. Esto último lo da ya como algo asumido.

Asumiendo su inferioridad, menospreciándose a sí mismos, los tímidos intentan atenuar el juicio de los demás incluso antes de que este se produzca.

El razonamiento de un tímido es el siguiente: pienso que no valgo nada, por lo que cuando los demás lo piensen o lo expresen yo ya lo tendré asumido; nunca podrán ser más duros conmigo de lo que yo lo soy; de esta manera no podrán hacerme tanto daño.

La manifestación contraria estaría en el “tímido echado para adelante”, agresivo, provocador, bravucón, que por medio de su agresividad intenta mantener a raya esa presión social, las críticas de los demás mostrándose mucho más excesivo de lo que nadie pudiera nunca pensar.

Esta reacción provoca igualmente un efecto negativo para el tímido que ve como los demás rehuyen de él, y lo dejan solo, aislado.

Tanto una como otra son manifestaciones de un mismo problema: la timidez y de la dimensión social que indudablemente tiene.

Como ya hemos apuntado nadie es tímido ante sí mismo, sólo ante los demás.

La timidez es una percepción mental – Algunas personas sienten pánico por las alturas; otras no pueden soportar encerrarse en un ascensor; otros sienten un terrible agobio al verse rodeados de gente. Ciertos individuos no soportan la presencia de determinados animales, como serpientes , cucarachas o ratones. Muchos tienen miedo a la muerte, a las enfermedades o al dolor físico.


El arte de hablar en publico

F. Scott – El arte de hablar en público y tener habilidades sociales

Aunque probablemente usted no se verá precisado a ser orador y ni siquiera tendrá ocasión para ello, sin duda se le presentará alguna vez la ocasión para dirigir la palabra a un grupo más o menos numeroso de personas en diferentes ocasiones que la vida puede ofrecer: un banquete, una boda, un homenaje, etc. ¿Quien no se ha encontrado en el trance de intervenir en una conversación entre amigos, compañeros o colegas? ¿Y que tendría de raro que usted, amigo lector, tuviera que dirigir la palabra a un grupo de personas reunidas en una cena u homenaje a algún amigo o conocido? En tales casos, ¿habrá algún lector que no desee saber expresarse de modo que acredite sus méritos personales, aspirando a convencer, a gustar, a destacar, en una palabra?

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